CÓRDOBA / Pura pulsión pianística

CÓRDOBA / Pura pulsión pianística

Córdoba. Gran Teatro. 28-XI-2019. XVIII Festival de Piano Rafael Orozco. Jorge Luis Prats, piano. Orquesta de Córdoba. Director: Carlos Domínguez-Nieto. Obras de Rachmaninov y Chaikovski.

Para su concierto de clausura, el Festival de Piano Rafael Orozco ha contado con la valiosa participación de un intérprete que despierta siempre admiración: el cubano Jorge Luis Prats que, desde que consiguió el año 1977 el famoso Concurso de Piano Marguerite Long de París, se situó entre las grandes figuras de su país como Horacio Gutiérrez o Jorge Bolet, que marcaron un nivel de excelencia en el panorama internacional durante el último tercio del pasado siglo. Se presentaba con una de las obras cumbres del repertorio concertante como es el Tercer concierto, Op. 30 de Sergei Rachmaninov que requiere de unos recursos musicales y pianísticos sólo al alcance de aquellos privilegiados del parnaso del piano.

Con una pulsación que acariciaba el teclado inició el allegro que abre la obra produciendo un sonido de efectos místicos que llevaban al oyente a percibir la materialización de una profunda reflexión sobre el contenido de sus pentagramas, partiendo del aire melancólico de su ondulante primer tema que, a lo largo del discurso, Prats moduló en sus repeticiones como idea unificadora de este tiempo, ante la serie de melodías yustapuestas que se suceden en su desarrollo, teniendo su momento más significativo en la siempre esperada cadencia central con la que el pianista demostró sus enormes capacidades, llegando a un grado de vehemencia que precipitó uno de los problemas sobrevenidos de este concierto como fue la progresiva desentonación del instrumento, que forzaba a un escuchante atento a usar la imaginación para poder disfrutar de las excelencias de un intérprete como Prats, que se introdujo en el pensamiento del compositor con original y certera resolución de sus planteamientos en los que el paroxismo termina convirtiéndose en arte.

La expresa serenidad cambiante que transmitió en el Adagio fue compartida con el maestro Domínguez-Nieto con significativa anuencia de criterios, que traspasaba la lectura para adentrarse en la esencia romántica del compositor, impulsando ambos su instinto musical a ese grado de virtuosismo que hacía que el público, en un atento silencio, quedara absorto ante la belleza de la música que se producía en el escenario, de manera muy singular en esos pasajes en los que el piano contrasta con las inspiradas líneas relajantes de la orquesta, muy acentuadas por el director en la sección de madera.

La pulsión pianística de Jorge Luis Prats alcanzó su momento culminante en el Finale: Alla breve con la toma de decisiones armónicas de complicada solución técnica, para llegar a esa sinceridad sinfónica que propone Rachmaninov contraponiendo los dos elementos concertantes en igualdad de responsabilidad expositiva. El director contribuyó al resultado embridando la orquesta con precisión técnica y sentido estético, sabiendo equilibrar estos dos ámbitos de su función atento a esos imponderables que suelen presentarse en toda actuación como contados desajustes contrapuntísticos que fueron diluyéndose conforme avanzaba la tensión de tan concentrado tiempo final.

Jorge Luis Prats, ante la entusiasta respuesta del público, se permitió hacer un pequeño recital con varios bises encabezados por una paráfrasis propia de ese final asombroso del Tristán e Isolda de Richard Wagner, Libestod, con el que encendió aún más los ánimos, que le llevaron a justificar otra intervención con una serie de pequeñas pinceladas de compositores cubanos como Félix Guerrero, Ignacio Cervantes y Ernesto Lecuona del que, para terminar definitivamente, interpretó su Mazurca en glissando, posiblemente una de las más destacadas de sus Ocho piezas características. Se ponía propiamente así final a la décimo octava edición del Festival de Piano ‘Rafael Orozco’ en la que han vuelto a lucir un diverso elenco de pianistas siempre muy bien seleccionados por Juan Miguel Moreno Calderón, catedrático del conservatorio cordobés y, desde su creación, verdadero impulsor de este evento musical de primer nivel en la vida cultural de la capital cordobesa, realizado en colaboración con el Instituto Municipal de las Artes Escénicas de la ciudad.

En concordancia con el título dado a este concierto, “Las mil y una Rusias”,  tercera cita a la programación de abono de la Orquesta de Córdoba, continuó esta velada sinfónica con una escrupulosa lectura de Carlos Domínguez-Nieto de la Quinta sinfonía, Op. 64 de Chaikovski desde su inquietante inicio, que planteó como el alfa de un continuo arco expresivo que orientó hacia una acusada levedad en su conclusión.

Transmitió el lirismo del segundo sabiendo discriminar el protagonismo de cada instrumento en los variados diálogos que se suceden, motivándolos desde su “anacrúsicas” indicaciones que servían para preparar la acción de cada músico alertándolos en métrica y musicalidad. El susurro final de los arcos lo marcó con distinción, hecho que iba predisponiendo al plácido discurso de la coda de este movimiento que tradujo a modo de sereno canto amoroso.

La elegancia fue la principal intención en la ejecución del vals, del que destacó el insinuante humor que encierra como contraste a su staccato central que desarrolló con un cierto aire de nostalgia, demostrando su capacidad de transmitir sentimientos y emociones desde la orquesta.

En el cuarto se transformó en una especie de oráculo cinético al dibujar los detalles de su contenido con absoluta eficacia formal y gran sensibilidad, identificándose plenamente con la insistencia de su tema central tratado como elemento catalizador de este tiempo donde el compositor echa el resto de su inventiva. Se cerraba así una velada sinfónica en la que se ha mantenido la línea de superación trazada por el maestro Carlos Domínguez-Nieto a la Orquesta de Córdoba desde que tomó la responsabilidad artística de esta formación