CÓRDOBA / Pablo González y el Brahms de nuestro tiempo

Córdoba. Gran Teatro. 28-XI-2024. Orquesta de Córdoba. Pablo González, director. Obras de Beethoven y Brahms.
“El Brahms de nuestro tiempo es el Brahms de su tiempo”, pensé. “O el Brahms que pensamos que lo fue”, concluí mientras escuchaba la interpretación de la Segunda Sinfonía del compositor de Hamburgo que brindó la Orquesta de Córdoba bajo la batuta invitada de Pablo González. Fue una Segunda sorprendente. No hubo nada de otoñal, de pastoral, de brumas, de claroscuros o iluminaciones tornasoladas. Desde el arranque en dolce de la trompa fue una propuesta de control extremo, proporciones clásicas, con una asombrosa transparencia que dejaba escuchar todas las partes, todas las familias, todos los timbres. Un Brahms, en suma, ajeno a esos desafueros wagnerianos que todos tenemos en la cabeza tras la escucha de miles de discos con los grandes nombres de la tradición alemana. Esta deconstrucción filológica de la tradición que intenta ofrecer una imagen sonora más acorde a cómo tuvo que ser en la época que la vio nacer llega gracias al impulso revolucionario del movimiento historicista, y bajos estas premisas, por ejemplo, se explican integrales recientes de postín como las de Paavo Järvi o Yannick Nézet-Séguin. Ahora llegaba este impulso a Córdoba: ausencia de vibrato, equilibrio orquestal, brevedad y prudencia en los acordes explosivos. El Brahms de su tiempo —dicen—es el del nuestro.
De esta forma, el primer movimiento desconcertó por inesperado, nada emotivo, pero de ejecución formidable. Todo se oía. El Adagio non troppo sonó muy convincente convertido en una confesión íntima donde González se lució con un fraseo flexible y delicado, aunque en los puntos de mayor intensidad cierta timidez en el desgarro se compensara con una sobresaliente claridad polifónica. Modélicos Allegretto grazioso, quasi andante —gran trabajo con las maderas— y Allegro con spirito, aunque en este último, donde conclusiones más paroxísticas se han escuchado, la jovialidad no llegara a desbordarse del todo. La Orquesta estuvo implicadísima y alcanzó un rendimiento pocas veces escuchado en tiempos recientes, y eso que su nivel técnico ha mejorado sustancialmente en estos años, fruto sin duda de lo que habrá sido una concienzuda labor de ensayos con González. Fenomenal fue el equilibro logrado en todo el espectro de la cuerda, con unos graves rotundos y presentes en todo momento.
La Segunda Sinfonía de Beethoven que la precedió en la primera parte fue, sin embargo, otra cosa. Como pasaría en Brahms, prevaleció en toda la ejecución una limpieza ejecutiva sobresaliente, un equilibrio de familias y una atención a lo constructivo sin pesanteces. Pero la manera de abordar ciertos acordes, la seriedad y hasta un punto de agresividad, hacían sonar la sinfonía más al Beethoven maduro —el de la Octava, por ejemplo—, que al treintañero que incursionaba por segunda vez en el territorio sinfónico bajo el influjo aún de la sombra de Haydn. De nuevo, se acertó con un bien delineado Larghetto, planteado como divagación meditativa ligera, llena de momentos contrastantes y deliciosos diálogos instrumentales, que remitía al carácter improvisatorio del quehacer musical del músico de Bonn. El Scherzo y el Allegro molto sonaron con objetividad y fuerza, siendo desmenuzados en todos sus detalles.
Triunfó Pablo González con un concierto de enorme interés por el derroche de capacidad técnica y la pertinencia de mover su propuesta dentro de unas coordenadas artísticas tan actuales. El público supo verlo y lo premió con una gran ovación al final. Fue todo tan rotundamente aplastante que solo faltó algún abandono puntual de tanta planificación para que aflorara una chispita de duende. En cualquier caso, admirable.
C. Crespo García
(foto: Rafa Alcaide)


