CÓRDOBA / Orquesta de Córdoba: paisajes ibéricos para celebrar Andalucía

Córdoba. Gran Teatro. 27-II-2025. Orquesta de Córdoba. Rocío Bazán, cantaora. Salvador Vázquez, director. Obras de García Ascot, Albéniz-Guinovart y Lorca-Hernández Bellido.
Es tradición en vísperas del 28 de febrero, Día de Andalucía, que la Orquesta de Córdoba ofrezca un concierto de músicas españolas. En ellas suele entreverarse lo castizo español con lo orientalizante y lo aflamencado, rasgos definitorios de lo andaluz, desdibujando los límites entre ambos y acabando así, confundidos y fusionados, lo uno con lo otro. Así ocurría en el interesante programa propuesto: desde luego en los cuatro Paisajes Ibéricos de Isaac Albéniz, orquestados en 2008 por Albert Guinovart, pero, sobre todo, en las Canciones Españolas Antiguas compiladas y armonizadas por Federico García Lorca, nueva muestra de la inagotable y polifacética personalidad del poeta granadino y su fascinación por el arte popular y el duende anónimo y racial que lo anima. Para la ocasión se estrenaba de paso la adaptación para voz y orquesta sinfónica preparada por el jerezano José Ramón Hernández Bellido (1969). Completaba el programa una miniatura de una de esas figuras de la historia oculta de nuestra cultura reciente: la madrileña Rosa García Ascot (1902-2002).
Tras el sempiterno Himno de Andalucía que abrió el concierto, tocado con sorprendente mesura para lo que suelen ser estas concesiones al protocolo, sonó la breve Suite para orquesta de Rosa García Ascot. Alumna de Falla y de Nadia Boulanger, fue la única mujer que perteneció al reformador Grupo de los Ocho (los Halffter, Pittaluga…), «Generación del 27» musical en aquellos años tan especiales —paraíso de plata— para la cultura española que fueron los finales 20 y comienzos de los 30. García Ascot, como tanta España ilustrada, acabaría en el exilio en México junto a su marido, Jesús Bal y Gay, tras la Guerra Civil. La España que pudo ser y no fue, una vez más. Siendo una pianista de renombre desde su juventud —estrenó junto a Falla la adaptación para dos pianos de las Noches en los Jardines de España en París—, ella se sentía, ante todo, compositora y esta Suite, que orquesta para formación de cámara una composición propia original para piano, acredita la solidez de un oficio y una inspiración musical de ley, no tanto en la animada Giga inicial, pero rotundamente en la delicada Zarabanda central, que se elevó de forma inesperada a alturas de amargura y dolor trascendentes. Los tonos soleados y alegres del Rondo final no pudieron escapar a la sombra oscura que la Zarabanda proyectaba hasta el final mismo de la obra. Música de su tiempo, de influencias detectables en las formas y en el fondo, situada en las coordenadas del neoclasicismo mediterráneo cruzado de leve melancolía del Tombeau raveliano. En los tres movimientos el maestro Vázquez y la Orquesta de Córdoba dieron muestras de idoneidad idiomática por el acertado sentido del ritmo, el fraseo y el peculiar color que todos asociamos a estas músicas.
Estas virtudes de orquesta y titular ser percibieron con mayor nitidez en la brillante orquestación de Albert Guinovart de cuatro Paisajes Ibéricos de Isaac Albéniz: Cádiz, Asturias, Córdoba y Castilla. El material origen de las piezas de Albéniz, toda su magia descriptiva y melódica, se expandía gracias a la acertada orquestación de Guinovart en lo que constituyó, sin género de duda, el meollo musical más intenso de la velada. A una rubateada Cádiz, con un fraseo tan elástico que hacía aún más decadente los aires de la milenaria ciudad, siguió una Asturias bien trabajada en su ritmo obsesivo. La sección central, sin embargo, hubiera admitido una matización mayor y una mayor dosis de misterio. Una Córdoba sugerente, aquí sí, donde los vientos madera y, en especial, el oboe de Pau Rodríguez, destacaron, dio paso a la seguidilla luminosa final de Castilla que cerró brillantemente la obra y la primera parte con una sensación generalizada de que las cosas marchaban estupendamente.
Tengo mis reservas acerca del cancionero de Lorca que ocupó íntegramente la segunda parte. Son músicas populares, formas sencillas de estructuras repetitivas y armonías básicas. Amplificar sinfónicamente unos materiales tan escuetos implica un reto creativo imposible por la falta de referencias para producir la escritura contrapuntística que demanda una plantilla orquestal: en los originales la melodía tiende a recaer en la voz y el acompañamiento a reducirse a un fondo rítmico. Más allá del compromiso y la solvencia profesional de Hernández Bellido, uno tiene la sensación de que estas músicas no toleran bien el cinemascope sonoro de una formación sinfónica. Justo lo contrario de lo que había sucedido con la obra anterior de Albéniz. Aparte, el concurso de la cantaora Rocío Bazán, entregada y efectiva, fue desigual: voz de timbre atractivo, broncíneo cuando emitía cupa, el centro sonaba ligeramente fatigado y la línea de canto se resentía a causa de un corto fiato. Tampoco nos pareció que el sonido pulido de la orquesta terminara de empastar con su forma de cantar tan racial, tan hecha a base de fogonazos y arrebatos. Aun con estas salvedades, De los cuatro muleros y El café de chinitas, particularmente, funcionaron muy bien interpretadas, con carácter y teatralidad, y en la octava canción, Los pelegrinitos, Hernández Bellido sorprendió con unos instantes mágicos de repicar de campanas al final de la pieza. La recepción afectuosa pero tibia del público enfrió unos ánimos que se habían caldeado a mitad de programa con los paisajes ibéricos.
C. Crespo García
(foto: Rafa Alcaide)


