CÓRDOBA / Orquesta de Córdoba: la primavera y el violín exaltado de Ellinor D’Mellon

Córdoba. Gran Teatro. 23-X-2025. Orquesta de Córdoba. Ellinor D’Mellon, violín. Beatriz Fernández, directora. Obras de Mendelssohn, Mozart y Schumann
Sobre el papel, el programa era una delicia: la Obertura en Do mayor de Fanny Mendelssohn, el Concierto para violín y orquesta n. 3 de Mozart y, para acabar, la Sinfonía n. 1 Primavera de Robert Schumann. Tres obras en tonalidades mayores que se mueven en el rango entre el clasicismo romantizado mozartiano y el romanticismo clásico de Schumann, siendo Mendelssohn —cualquiera de los dos Mendelssohn en realidad, Felix o Fanny— un posible punto a caballo entre ambos. Todo el concierto participaba de lo primaveral si esta, como recientemente recordaban que apuntaba Jünger, exalta la vida. La belleza diatónica, la exaltación jovial o la efusión lírica sólo pueden relacionarse con esa precisa estación del año y no con otra.
La Obertura en Do mayor (c. 1832) de Fanny Mendelssohn constituye una pieza singular en su producción musical: es, de hecho, su única obra compuesta exclusivamente para orquesta. En ella demuestra una notable habilidad para la orquestación, reconociéndose aquí y allá figuras, cadencias y combinaciones instrumentales que asociamos a su hermano Félix, lo que refuerza que la pieza nos resulte vagamente familiar. La melodía principal irrumpe con energía en las cuerdas y se ve alternada por diálogos entre vientos y metales, culminando en un final donde el Do mayor brilla en plenitud. Al mismo tiempo, el carácter de la obra evita la grandilocuencia gratuita: mantiene una elegancia y delicadeza acordes al espíritu de la compositora. Mi compañero de butaca, venido de fuera, me apuntaba sottovoce la superioridad en ductilidad de la cuerda de la formación cordobesa sobre otras formaciones no muy lejanas geográficamente. ¿Será así? Realmente mostró la entonación y flexibilidad de todos los días —al menos los más recientes—, pero, como siempre pasa en el Gran Teatro, la verdadera fisonomía del resultado sonoro sigue siendo una incógnita por causa de una acústica que es una lija de frecuencias. Sobresalió desde luego una sólida cuerda grave. Y los chelos tuvieron su noche: emocionante fue el fraseo cuando retomaron el sujeto principal en el Largetto de la sinfonía de Schumann.
El maravilloso Concierto para violín n. 3 en Sol mayor, K. 216 de Mozart resulta, en su perfección y equilibrio, impropio de un joven de 19 años. Es un Mozart completo, dueño de todos sus resortes melódicos e instrumentales, ajeno aún a las sombras venideras que la vida arrojaría sobre su obra. La jovencísima violinista jamaicana Ellinor D’Mellon, formada en la Escuela Superior de Música Reina Sofía de Madrid, dio una lección de afinación, agilidad y volumen, discurriendo por las acrobacias mozartianas con una facilidad pasmosa e insultante. A destacar el carácter aéreo y lírico otorgado al Andante, donde el salzburgués trata el violín como si de una voz humana se tratara. De propina, la violinista se fajó con el Andante de la Sonata nº2 para violín BWV 1003 de Bach donde en unos pocos minutos lució un dominio de la regulación de las intensidades pasmoso. Menos afortunado resultó el acompañamiento orquestal, que, bajo unas premisas estilísticas moderadas y sensatas planteadas por la directora, Beatriz Fernández, de gesto amplio y expresivo, no terminó de hilvanar el continuum del discurso, que se presentaba pálido y sin tensión.
Esta situación volvió a hacer acto de presencia en la Sinfonía n.º 1 en si bemol mayor, Op. 38 de Robert Schumann, aunque aquí la pujanza de los pasajes triunfales de la partitura y sus innumerables bellezas consiguieran arrancar del público una ovación al final. Quizás un exceso de foco centrado en el fraseo de la cuerda y la necesidad de marcar todas las entradas hicieron que Fernández no cuidara lo suficiente la línea global y la estructura general de la obra. No obstante, en el Larguetto, con el concurso de la orquesta, se consiguieron momentos de gran introspección y el Allegro animato e grazioso final se animó lo suficiente gracias al impulso de la propia música.
C. Crespo García
Fotos: Rafa Alcaide


