CÓRDOBA / La naturalidad asombrosa de Valero-Terribas

Córdoba. Gran Teatro. 17-X-2024. Orquesta de Córdoba. Francisco Valero-Terribas, director. Obras de Amaro, Fauré y Poulenc.
Con los terribles acordes beethovenianos aún resonantes por los espacios y galerías del Gran Teatro, la segunda propuesta programática de la Orquesta de Córdoba planteaba un radical cambio de registro por las coordenadas de contención, belleza y, digamos, buen gusto por las que se iba a mover. Programa todo él de aires afrancesados —una de las vías más efectivas a la hora exorcizar las densidades centroeuropeas del concierto inaugural—, la obra que de manera inequívoca más remitiera a lo que el común de la melomanía asocia con «lo francés» estuviera escrita, curiosamente, por una cordobesa de veinticinco años.
Le Rêve de Daphné, de María Jesús Amaro (1999), es una colección de estampas, casi miniaturas, sin más intención programática que dibujar las atmósferas líquidas y evanescentes de la apacible vida de la ninfa según Ovidio antes de verse violentada por el deseo del divino Apolo. La referencia a las maneras compositivas de Debussy o Gabriel Fauré fue, quizás, demasiado explícita, pero el inteligente manejo de los recursos tímbricos y melódicos acertó para que la atención no decayera en ningún momento y la impresión final sea la de haber pasado un momento de puro placer auditivo. Completaba el programa la Suite de 1898 de Pelléas et Mélisande de Fauré, de actualidad a raíz de la última revelación discográfica del Barenboim crepuscular, y la interesante Sinfonietta (1947-48) de Francis Poulenc, obra de mérito —«más inteligente que otra cosa», decía con acierto mi butaca derecha—, cierto, pero no tanto como para ser oída por segunda vez en un concierto de abono con menos de tres años de diferencia entre ambas audiciones.
No siendo, reconozcámoslo, de esos programas que uno subraya cuando repasa el avance de una temporada, el concierto sorprendió porque fue un conciertazo gracias a la extraordinaria labor de la batuta invitada. El joven Francisco Valero-Terribas puede presumir a día de hoy de una trayectoria musical intachable y en clara progresión. Instrumentista de clarinete de formación, pronto evolucionó de la manera más natural al mundo de la dirección de orquesta. El mismo Lorin Maazel señaló sus capacidades innatas para ello y lo presentó como una de las batutas a seguir en el futuro inmediato. Que otros nombres ilustres como David Zinman, Bernard Haitink o Kurt Masur formen parte de la nómina de maestros con los que ha tenido oportunidad de trabajar evidencia el talento que atesora.
Declara Valero-Terribas que la capacidad más importante de un director es sintetizar la idea principal de una partitura y comunicarla, a la orquesta y a la audiencia. Por lo visto y oído en Córdoba, Valero-Terribas hace del movimiento corporal el vehículo esencial de esa comunicación. El cuerpo a través de sus gestos, señalando entradas, acompañando el fluir melódico, dibujando acentos, inscribe espacialmente la música, y la orquesta, imantada por la magia del momento, la transcribe a sonidos. La música fluye de esta manera de forma precisa, fluida y ordenada, y uno asiste asombrado a la impresión continuada de naturalidad conseguida. Pocos han sido los conciertos presenciados en el Gran Teatro con un rendimiento orquestal semejante.
Le Rêve de Daphné pasó con la levedad de un suspiro. En Fauré, los primeros instantes del Preludio sirvieron para alertarnos de que íbamos a escuchar una versión de muchos quilates, con un control preciso de la intensidad —emoción contenida— y de la respiración —silencios exactos—. En la Siciliana el juego elástico del fraseo cuadró el círculo de lo elegante y lo popular. El sonido vivía y la música se desplegaba en la sala dejando una inexplicable sensación de que la manera en que se presentaba era como tenía que ser. Rotunda La Mort de Mélisande: una atmósfera fúnebre serena y dramática a la vez. Pocos aplausos recibió una interpretación de tanta altura artística. En la segunda parte, y con una obra compleja en su aparente simplicidad, la Sinfonietta de Poulenc, Valero-Terribas tuvo que emplearse aún más clarificando texturas, efectos, timbres y ritmos. La obra, repleta de ideas procedentes de la vida mundana, estuvo atravesada por un espíritu danzarín efervescente hasta el Très vite et très gai final, donde el público, esta vez sí, reconoció la demostración de imaginación y simbiosis mostrada por director y orquesta y la recompensó con ovaciones. Satisfacción generalizada a la salida y deseo de un reencuentro no muy lejano con un músico que se ha presentado en Córdoba dando pruebas de su enorme clase. Pocas ocasiones como ésta.
C. Crespo García
(fotos: Rafa Alcaide)


