CÓRDOBA / Orquesta de Córdoba: el ruido que no fue

Córdoba. Gran Teatro. 8-II-2024. Orquesta de Córdoba. Aarón Zapico, director. Obras de Avison, Basset, Conforto, Arriaga, Nebra, Castel y Brunetti.
Recalaba Aarón Zapico, el clavecinista asturiano fundador del grupo historicista Forma Antiqua junto a sus hermanos Pablo —guitarra y laud— y Daniel —tiorba— y uno de los nuestros campeones actuales de la música antigua, al podio de la Orquesta de Córdoba para el sexto concierto de abono de la temporada con una propuesta de gran interés: un festín de músicas dieciochescas, compuestas o escuchadas en la España del XVIII, para atestiguar que las coordenadas musicales de la corte española no diferían mucho de las grandes casas aristocráticas centroeuropeas. Nombres como Vicente Basset (1719-1764), Niccolò Conforto (1718-1793), Cayetano Brunetti (1744-1798) o José Castel (1737-1807), ignotos para la melomanía común, conformaban una velada titulada “Fiesta viva y ruidosa” que prometía barroca ebullición y diversión. También José de Nebra (1702-1768) o Arriaga (1806-1826), nómbres más difundidos, y un excurso inglés, Charles Avison (1709-1770), traído un poco por los pelos por emplear en su Concerto grosso Nº5 temas madrileños de Domenico Scarlatti.
Zapico, junto a los Alqhai, López-Banzo, Mena, Pinteño, Rico o Magraner, forma parte de esa generación de artistas que transita por la amplia senda de la interpretación informada abierta por el maestro Savall, faro y referencia incuestionable, de la cual destaca la misión voluntariamente heredada del catalán de exhumar el riquísimo legado musical hispano, tantas músicas, tantos cancioneros, misas, cantigas, sinfonías que cuestionan el relato comprado de haber sido un país de sordos sin comparación posible a otros centros europeos reconocidos por su riqueza musical. No es así. Y para desmentirlo venía Zapico al Gran Teatro con un interesante programa bajo el brazo para demostrarlo. El problema fue que, finalmente, no fue tanta la fiesta que se prometía, y en la ligera desazón final pesaron circunstancias del planteamiento y consecuencias del resultado.
El planteamiento: la posición, es decir, la localización —estancias, salones, palacios…, espacios, en definitiva, pero también tiempos: veladas, recepciones, soirées, representaciones teatrales…—, determinaba, según las circunstancias, la forma más acorde de la música, que se pensaba entonces como lenguaje, es decir, como código, y, por tanto, disponía de una retórica propia compartida. De ahí la similitud sonora de todas estas músicas. Hasta la revolución subjetiva de la segunda mitad del siglo XVIII, como recientemente ha resumido con brillantez el filósofo Javier Gomá en su último libro, Universal concreto, la humanidad se pensaba y se sentía dentro de un cosmos completo y ordenado en el que el papel del individuo era colocarse y colocar su trabajo en el lugar que le correspondía. Todas estas músicas de Basset, Conforto, Nebra, Castel o Brunetti adolecen de esa homogeneidad de lenguaje y, salvo algunos detalles —esa luminosidad melódica mediterránea de Basset, el teatral crescendo del Con superbia de la Sinfonía La Nitteti de Conforto—, el oyente acaban mezclando a la curiosidad inicial una vaga sensación de falta de contraste. La pequeña Obertura en fa menor de Arriaga irrumpió como un fogonazo en mitad de la noche, porque ahí, de forma irregular aunque tentativa, sí latía la vida. Es lógico. Es ya siglo XIX. Y aunque el programa de mano seguía insistiendo en aquello del Mozart español, las sonoridades y la emoción recordaron al Beethoven primerizo.
Los resultados: con una plantilla reducida y variable según las necesidades instrumentales de cada obra, la Orquesta de Córdoba se enfrentó al desafío de poner en pie estas músicas tan necesitadas de impulso y brío por las razones apuntadas. Zapico, implicado y atento en todo momento, tendió a prestar más atención a la línea general y expresiva de la música que a la precisión de los ataques. Ya en la obra inicial del concierto de Avison hubo problemas de empaste, de agilidad, con algunas imprecisiones y borrosidades de la cuerda aguda, sumada a la sonoridad musculada del instrumento moderno que, pese al evidente intento de reducir el vibrato, añadía un exceso de peso a los resultados sonoros. El momento donde hubo una alineación entre obra, orquesta y director fue, afortunadamente justo antes de la pausa, en la obrita de Arriaga, que señaló el punto más alto del concierto. A la vuelta, la tensión fue desinflándose poco a poco, pese a la evidente implicación de Zapico y al descubrimiento de que la música de Castel podía pasar por un Haydn en ciertos tramos, llegando a la obra final, la Sinfonía en do menor de Brunetti donde problemas diversos impidieron un remate más apropiado a una velada que tanto prometía a nivel de vida y ruido y que no fue así.
C. Crespo García
(foto: Rafael Alcaide)


