CÓRDOBA / Las Highlands no se avistan desde el Guadalquivir

Córdoba. Gran Teatro. 20-III-2025. Orquesta de Córdoba. Javier Comesaña, violín. Salvador Vázquez director. Obras de Bruch y Mendelssohn.
Interesante, pero nada sorprendente, digamos que por demasiado trillado ya, programa «escocés» de la Orquesta de Córdoba —la Fantasía Escocesa para violín y orquesta de Max Bruch y la sempiterna e inmarcesible Tercera sinfonía de Felix Mendelssohn— para superar el ecuador de una temporada de transición que se está caracterizando por ofrecer un poco de todo. La pura inmediatez del programa refleja a las claras el anhelo de las mentes rectoras de la Orquesta de transitar, al menos este curso, con la mayor tranquilidad posible en lo tocante a conexión con el público mientras orquesta y titular se van cogiendo mutuamente la horma. Pero, claro, poner en atriles la Cuarta de Schumann, la Pastoral y la Quinta de Beethoven o esta misma Escocesa de Mendelssohn en una temporada de sólo doce conciertos de abono corre el riesgo de que lo seguro-conservador trascienda acabe convertido en una misión suicida. Son obras del repertorio esencial, escuchadas una y mil veces, en salas de conciertos y en grabaciones. Hay mucho material para la comparación.
Decía que la temporada está teniendo de todo. Si sorprendente resultó una Pastoral de manual, con esa manera tan cabal de exponer el primer tema, ese saber dónde y cuánto retener el tempo, que acabó impregnando el resto de la interpretación a partir de ese impulso inicial acertado en fluidez y vida, la Sinfonía Escocesa, por el contrario, arrancó mal. Esos acordes iniciales del Andante con moto introductorio son capitales para establecer el mood de la obra, la inflamación melancólica del alma del joven compositor por la contemplación del desolado paisaje escocés. Esos acordes, digo, sonaron demasiado intensos, demasiado directos, faltos de claroscuros y sin ese sentido último de la inspiración y la poesía elegíaca que podemos encontrar en las referencias históricas, un Peter Maag o un Abbado, por ejemplo, y que ya presagiaba lo que iba a venir a continuación: una interpretación áspera, rígida, tendente al trazo grueso y a la explosión decibélica. Los temas y el contrapunto, expuestos de forma tan unilateral, carecían de una idea expresiva nítida, idea que solo puede surgir de la síntesis que sucede a todo proceso de asimilación. Vimos al titular, Salvador Vázquez, muy pendiente de la partitura y de la ejecución en sí misma. No sabemos si ha podido ser falta de preparación o cansancio, o ambas cosas. Con estas premisas, el Adagio sufrió especialmente, ayuno de recogimiento y poesía. En el Allegro vivacissimo, la tónica general emborronó el discurso, que hubiéramos querido más aéreo y jubiloso, más mendelssohniano. No hubo bruma, ni anhelo ni ligereza. Un chasco.
Mejores resultados se obtuvieron en la Fantasía sobre temas escoceses de Max Bruch que ocupó la primera parte del concierto. Se trata de un pastiche musical hecho a retazos de melodías escocesas auténticas —a diferencia de las sinfonía mendelssohniana— agradable al oído, pero ligeramente intrascendente. No deja huella. En nada alcanza las cotas de lirismo inspirado del conocidísimo Concierto nº1 para violín y orquesta, lo cual sirva para comprobar la dimensión original, académica y correcta, del músico renano. El mejor desempeño de Orquesta y director puede explicarse por la facilidad de la obra y al reparto de la responsabilidad con el violín solista, sobre el que recae el peso del discurso. Ahí, el andaluz Javier Comesaña discurrió por la obra con gran exactitud tímbrica y agilidad debida, aunque la escasez de proyección sonora del violín —¿sería una nueva trampa acústica del Gran Teatro cordobés?— y cierto pudor a coger las riendas del discurso en una obra como ésta, dejara caer finalmente un velo de discreción sobre el conjunto de su interpretación.
Por más que el público insistió, no hubo propina del violinista sorprendentemente, cosa que sí hubo al día siguiente en la repetición del concierto. También fuentes fiables hablan de una interpretación emocionante de la Escocesa y de una satisfacción generalizada de público, orquesta y maestro. Desde luego que a veces pasan cosas, y que en esta temporada está cabiendo de todo.
C. Crespo García
Fotos: Rafa Alcaide


