CÓRDOBA / Iván Martín y la Orquesta de Córdoba disfrutan y hacen disfrutar en Do mayor

Córdoba. Gran Teatro. 19-III-2026. Orquesta de Córdoba. Iván Martín, director y piano. Obras de J.C.Bach, Mozart y Beethoven.
Cuando Iván Martín entra al escenario y saluda por primera vez ya trae del camerino una enorme sonrisa puesta. Si algo caracteriza al músico canario, como podremos comprobar a lo largo de todo el concierto, será, precisamente, esa manera tan propia de hacer música que sólo puede ser descrita como concentración alegre, un sentido del gozo que acaba contagiando a la orquesta y al público. Siempre es, de entrada, un placer ser invitado a un concierto en estos términos, pero, claro, a ello se suman luego un arte interpretativo sobresaliente, como el que lució nuestro pianista y compositor, y un programa delicioso de puro espíritu clásico para terminar de redondear otra noche más de gran satisfacción para la melomanía cordobesa.
El «más pequeño» y también el «más tonto» de los hijos de Bach, Johann Christian Bach, «se abrirá paso en la vida por sus tonterías», profetizó su padre. Y así fue gracias a su interés y dedicación constante a la ópera, género ignoto para el «viejo peluca» pero que proyectaría a su hijo a una vida nómada e internacional que él no conocería y que le llevaría a visitar las principales cortes y teatros europeos. De su última etapa de madurez, establecido en Londres, es el Amadis de Gaule (1779), reconocida como su ópera más ambiciosa y una de las más innovadoras y experimentales en lo musical. La obertura, una sinfonía en sí misma con su estructura tripartita y su movimiento central lento, es una pieza destacada por su orquestación, especialmente en el uso de instrumentos de viento, y un lenguaje netamente clásico de reminiscencias mozartianas por el tratamiento audaz de los contrastes y el contrapunto. Con ella abrió Martín la velada e hizo su presentación como director en un depurado ejercicio estilístico de tempi vivos y baquetas duras. Texturas ágiles y destacadas intervenciones de los vientos madera redondearon una brillante introducción.
En términos interpretativos similares se desarrolló el Concierto para piano nº 13 en Do mayor, K 415 de Mozart, solo que éste se benefició de toda la contribución de Iván Martín en la parte solista. Al piano, nuestro músico se reveló como un mozartiano de pura cepa con esa difícil cuadratura entre limpieza ejecutiva, agilidad digital, sentido del canto y la virilidad exacta para sostener el entramado de luces y sombras con el que está urdida cualquier obra del genio de Salzburgo. El Allegro inicial tuvo el todo el sentido de la grandeza que la partitura pide. El Andante fue lírico y expresivo y el Rondó tuvo el suficiente atrevimiento para revelar el carácter juguetón del compositor que se arriesgar a presentar en modo menor al piano tras un arranque orquestal con el mayor de los desenfados.
La segunda parte, con la obertura Egmont y el Concierto para piano nº 1 en Do mayor op. 15 de Beethoven, planteaba un desafío mayor en materia de aliento. Así se sintió en los acordes iniciales de la obertura, que sonaron más breves y cortos de lo esperado. Aunque la obertura estuvo irreprochablemente interpretada echamos en falta, precisamente, esa amplitud de la respiración que engrandece la dimensión del drama beethoveniano. Aún así, la sección revolucionaria final contó con la energía suficiente para desplegar la electricidad que encendió al público. Desde esa óptica, era natural esperar una lectura del concierto visto desde la óptica más clásica. Así se comprueba en la grabación con la Sinfonía de Galicia con su propia edición de la obra —que sirve de testimonio de la inquietud intelectual del pianista canario— y así fue en Córdoba. Puede que por número de opus sea más correcto este enfoque, pero el oyente atento nota como, a diferencia de su homólogo mozartiano, las costuras se sienten apretadas desde el inicio. Un introspectivo Largo y un humorístico Rondó se beneficiaron del toque perlado de Martín, que, sin embargo, reservó los momentos de mayor autenticidad beethoveniana en una cadenza del primer movimiento de enorme densidad y poderío. El cariño final mostrado entre orquesta y director-pianista en medio de una fuerte ovación fue la mejor prueba de que la preparación de este concierto tuvo que ser tan satisfactorio como sus resultados.
C. Crespo García
(Foto: Rafa Alcaide)


