CÓRDOBA / Hope hace las ‘Estaciones’ de Max Richter y Víctor Pablo descubre el prodigioso Mendelssohn juvenil

Córdoba. Gran Teatro. Orquesta de Córdoba. 6-VI-2024. Irene Mas, soprano. Tànit Bono, mezzo. Joan Francesc Folqué, tenor. Daniel Morales, barítono. Daniel Hope, violín y director. Obras de Bernstein, Ramírez y Richter. 20-VI-2024. Adolfo Gutiérrez, violonchelo. Víctor Pablo Pérez, director. Obras de Schumann y Mendelssohn.
A estas alturas del año, ni usted ni yo andamos sobrados de fuerzas para, en mi caso, escribir extensamente sobre cada uno de los dos últimos conciertos de la temporada de la Orquesta de Córdoba ni, en el suyo, embarcarse a leer, por enésima vez, esa retahíla de frases hechas y adjetivos resonantes que componen el asidero de quien se ve en el trance de tener que comunicar asiduamente la experiencia de la música en vivo. Yo le propongo, amable lector, amable lectora, concentrar las impresiones de estos dos conciertos en algunos titulares e ideas que, no robándonos mucho tiempo, nos permita abocetar muy alla prima, pero suficientemente, la memoria de lo acontecido esos dos días en el Gran Teatro de Córdoba:
I. Superadas las turbulencias no tan lejanas —descabezamiento de la dirección artística, espantada en la gerencia— y camino de una nueva temporada que se barrunta de mayor tranquilidad y estabilidad, la Orquesta de Córdoba se mantiene en el óptimo nivel técnico alcanzado, ofreciendo en cada concierto pruebas de una seguridad, una flexibilidad y una depuración sonora estables. La parroquia cruza dedos para esta sea la tónica del futuro inmediato. Veremos.
II. Con el espectáculo pirotécnico de Daniel Hope y la clase magistral de Víctor Pablo Pérez se remata una temporada inteligente e interesantísima, bien dosificada en su variedad de artistas invitados —vaya sucesión de batutas a seguir— y obras —y que avala que otros públicos son posibles cuando otros repertorios son posibles—, mérito sin duda de Daniel Broncano, que nos recuerda aquello que se decía del Cid y aquellas batallas que ganaba desde el más allá…
III. Por dos veces se han escuchado esta temporada las Danzas de West Side Story, primero arregladas para dúo de piano con las Labèque y, ahora, para violín y orquesta de cuerda con Hope. Estas melodías están tan clavadas en la memoria popular que cualquier oportunidad de escucha pulsa teclas emocionales que trascienden la estética musical. Vibrante y pleno de idioma Hope con la cuerda cordobesa.
IV. Mas, Bono, Folquè y Morales, solistas del Cor de Cambra del Palau de la Música Catalana, fueron un lujo como cuarteto solista en la curiosidad que fue la Misa Criolla (1964) de Ariel Ramírez, mestizaje del espíritu postconciliar con el pulso vital de los ritmos y danzas indígenas. No está mal recordar que estos lujos que se presentan de vez en cuando por nuestra ciudad son el día a día en otras latitudes.
V. La operación de “recomposición” que Max Richter realizó de Las Cuatro Estaciones de Vivaldi tiene algo de traición al espíritu original de la inmarcesible obra del prete veneciano. Al aislar motivos o adornos puntuales de la obra original y trabajarlos como unidades celulares que, a base de su repetición, se convierten en material-textura creadora de paisajes sonoros, prevalecía una sensación de estatismo que nada tiene que ver con el curso cambiante y luminoso, base de su verdadera condición revolucionaria, de la escritura vivaldiana. Mientras el numeroso público que acudió exprofeso convocado por una obra tan principal del mainstream ponía los ojos en blanco de éxtasis, yo solo podía enarcar una ceja.

VI. Daniel Hope es un cross-over de ley de la clásica. Más allá del marketing de Deutsche Grammophon, algo de la que uno desconfía a priori, el violinista germano-irlandés alardeó de un dominio exacto del instrumento haciéndolo cantar como si se tratara de una voz humana.
VII. [EXCURSO: Entre medias hubo oportunidad de viajar a Granada para presenciar qué Bruckner se puede esperar de Kirill Petrenko. Como en Melancholia de Lars von Trier, fue avistar la caída de un meteorito desde el punto mismo donde va a impactar]
VIII. Desconozco qué pasó para sustituir un programa tan redondo como el Concierto para chelo y la Sinfonía ‘del Nuevo Mundo’ de Dvorák por el Concierto de chelo de Schumann y la Primera de Mendelssohn, menos redondo, la verdad, pero con el cambio perdimos jolgorio para una velada que tenía que cerrar y abrochar la temporada. Estábamos acostumbrados de temporadas anteriores a acabar con una fiesta y asistimos, sin saberlo, a una exposición.
IX. Gutiérrez fue musical, cabal y concentrado, puede que más comedido de la cuenta en lo expresivo y el rango sonoro en una obra que es, en sí, un problema, por muy Schumann que sea su autor. Recuerdo a Gutman naufragar en esta obra en el Maestranza de Sevilla acompañada por el mismísimo Abbado. Esta obra, con su desigual desarrollo y su equilibrio problemático entre solista y orquesta, es prueba inequívoca de un estado desenfocado, sin entrar en las razones para ello. Pero es Schumann. Y eso significa que en mitad del páramo más marchito brota inesperadamente la mayor poesía—dúo de Gutiérrez con Rodrigo García en el Langsam, por ejemplo—.
X. También por la sección de chelo de la Orquesta detectamos ese día una vida, una inquietud inusual. La sutil e infrafina diferencia entre tocar la música y vivirla.
XI. Víctor Pablo no es que sea un gran director. Es en sí mismo una institución.
XII. Mendelssohn tenía 15 años cuando compuso su Primera Sinfonía. Pocos ejemplos mejores para definir la capacidad prodigiosa que puede alcanzar el ser humano teniendo en cuenta las cumbres a las que llegaría solo un par de años más tarde.
XIII. Fin de temporada y fin de etapa. Como jugaba la selección española, hubo la habitual deserción de público durante la pausa. El Teatro quedó muy disminuido de público. La nueva temporada, la primera de la dupla Pálmer-Vázquez, promete volver a la «esencia». Usted posiblemente ya sepa de qué se trate. Procure descansar. Feliz verano.
C. Crespo García
(fotos: Rafa Alcaide)


