CÓRDOBA / Grandes esperanzas en la nueva temporada de la Orquesta de Córdoba

Córdoba. Gran Teatro. 10-X-2025. Orquesta de Córdoba. Judith Jáuregui, piano. Salvador Vázquez, director. Obras de Ravel, Falla y Musorgski-Ravel.
Inicio venturoso de la nueva temporada de la Orquesta de Córdoba. Arranques así alimentan la ilusión del público para el resto de la travesía, que, bajo el sugestivo título de «Sinergias», ofrece programas e invitados de gran atractivo, mayor —a criterio de quien esto firma— que los del curso anterior y muestra de la voluntad de dar pasos adelante. No siempre es esa la tónica, así que felicitémonos. Por ahí se cuelan entre los habituales irrenunciables —los Beethoven, Brahms, Mozart, Schumann y compañía de siempre— destellos de Takemitsu, de Rautavaara, la Novena de Shostakovich, el Concierto para viola de Bartók o la exhumación de una comedia lírica ignota de Joaquín Turina, Margot (1914). El pico de mayor interés, o morbo según se considere, será escuchar a la orquesta y su titular, Salvador Vázquez, la Novena de Mahler en versión de cámara. Una opción inteligente pero también de enorme riesgo. Veremos.
Avancemos sobre lo escuchado y ordenemos pues algunas ideas. El primer logro lo constituía desde luego la confección del programa. Escuchar la Pavana para una infanta difunta de Maurice Ravel, seguida de las Noches en los jardines de España de Manuel de Falla para culminar con los Cuadros de una exposición de Modest Musorgski en la orquestación de Ravel dibuja una exquisita triangulación de vectores en donde las evidentes proximidades espirituales entre el alma rusa y el alma española —que glosara Unamuno—, resumidas en el duende que se embosca tanto en la música del gaditano como en la del compositor ruso, se abre, primero, por la mirada siempre admirada de Falla hacia el arte de precisión del francés, y se cierra por la fascinación de éste, a su vez, por la invención primitiva e intuitiva de Musorgski a la que Ravel presta sus colores orquestales.
Fue un enorme placer auditivo escuchar reforzada a la Orquesta de Córdoba durante todo el concierto. En la Pavana raveliana, los resonantes pizzicati de la cuerda grave y el pulso relajado y flexible, sostuvieron una interpretación escorada hacia lo lírico —¿amoroso?— gracias al hábil juego de tensiones y distensiones. Que fallara esporádicamente alguna trompa no terminó de romper el hechizo de una música engañosa: como en todo Ravel, hasta la más pequeña miniatura es un campo de minas.
Lirismo y romanticismo se prolongaron en una Noche en los jardines de España hiperexpresiva, donde la batuta se recreó en la creación de atmósferas, en el subrayado de efectos tímbricos y rítmicos. Exagerando los rasgos más oscuros de la partitura, salió un En el Generalife amenazante, hecho a fogonazos llenos de desasosiego. Desafortunadamente, una versión de tanta potencia orquestal escoró a la solista, una Judith Jáuregui de mecanismo ágil, preciso pero escaso de volumen y riqueza tímbrica—¿sería problema de la acústica de mi asiento?— a un plano subordinado. La limpidez de los arpegios no fue suficiente para dar con el carácter cristalino y borboteante de la parte del piano. La impresión final fue de estar asistiendo a un gran concierto para orquesta con piano obligado. La tibieza con la que se saludó al final terminó de corroborar que no se habían colmado las expectativas iniciales.
La sorpresa vino con la obra de cierre. Córdoba ha tenido mucha fortuna con los Cuadros musorgskianos. A la apabullante interpretación que el rumano Daniel Ciobanu hizo en el Festival Orozco de 2021 de la partitura original, que fue un alarde de fantasía virtuosa, se suma ahora esta notabilísima versión orquestal donde, sin caídas de tensión ni excentricidades, la formación cordobesa y los jóvenes músicos que la completaban se emplearon a fondo para dejar otra colección de Cuadros para el recuerdo. Vázquez, a diferencia de lo que hizo en las dos obras anteriores, imprimió mayor rigidez a los tempi generando un nervio constante desde el principio. De esta forma, las Promenades fueron más rápidas de lo que uno hubiera deseado o que Bydlo pasara como una exhalación aplastante. Al Gnomo le faltó un poco más de aspereza. Pero Tullerías, los Polluelos o Samuel Goldenberg y Schmuyle estuvieron dibujados a la perfección. En el Viejo castillo, Irene Fernández Mena hipnotizó al público con la crema melancólica de su saxo alto. Y así, cuadro tras cuadro, sobre los que siempre se podría hacer algún apunte crítico aquí o allá, llegamos a una desarmante Gran puerta de Kiev donde, sin esperarse, el nervio abandonó a la batuta y la música sonó con la naturalidad, transparencia y grandeza que pide, alcanzando grandes cotas de emoción precisamente por el abandono de cualquier amago de retórica. El éxito final y la satisfacción generalizada permiten albergar para lo que viene, como en novela de Dickens, grandes esperanzas.
C. Crespo García
(foto: Rafa Alcaide)


