CÓRDOBA / El bombón y los raros

Córdoba. Gran Teatro. 9-III-2023. Orquesta de Córdoba. Director: Christoph König. Obras de Berwald, Kraus y Grieg.
No tiene el melómano muchas oportunidades de escuchar en vivo la obra de Franz Berwald (1796-1868) o la de Joseph Martin Kraus (1756-1792). De ahí el interés que presentaba a priori el programa titulado Sirenas Nórdicas, sexto concierto de la temporada de abono de la Orquesta de Córdoba. Compositores periféricos, nacidos bajo el influjo de la todopoderosa música alemana, a la que abren geográficamente apuntes al margen que, con el paso del tiempo, y del cruce fructífero con las músicas autóctonas, desembocarán en esos gigantes de la música que todos identificamos con las esencias sonoras de esas latitudes (Grieg, Nielsen, Sibelius…). Del sueco Berwald, su Sinfonía nº 2, “Caprichosa”, partitura de 1842, perdida y reconstruida posteriormente por el compositor Ernst Ellberg en 1913 a partir de unos bosquejos autógrafos. Del alemán Kraus, su Sinfonía en Do menor VB.142, obra que se inscribe de lleno en las coordenadas de ese lenguaje clásico paneuropeo de la segunda mitad del XVIII cuyo epicentro se localizaba en Austria (Haydn-Mozart). De postre, la sempiterna Suite de Peer Gynt de Grieg, un bombón auditivo abusivamente escuchado por mor de sus celebérrimas melodías, y que, como colofón a un programa de ‘raros’, puede llegar a tornarse ligeramente impertinente.
Volvía al podio de la Orquesta de Córdoba el alemán Christoph König, flamante nuevo titular de la Orquesta de RTVE a partir de la temporada que viene. Músico serio y riguroso, de técnica incontestable y precisa. Se nota que se trata del tipo de músico que las orquestas aman a tenor de la expresión de felicidad de los profesores al acabar el concierto y por el rendimiento extraído a la orquesta. El sonido de ésta fue rotundo y seguro toda la noche, cimentado en un evidente trabajo de articulación y empaste de la sección de cuerda, que rindió estupendamente. En ese sentido, fue admirable el vibrato reducido y los acentos ‘HIPs’ conseguidos en la sinfonía de Kraus o el músculo sonoro logrado en la suite de Grieg. Otra cosa sería hablar de la expresividad, y en eso nuestro director invitado no traspasó una fría corrección. Hubo intensidad y sentido del ritmo, pero faltó poesía en los detalles o magia en la plasticidad del tempo que hace que la música traspase y caliente emocionalmente al oyente.
La Sinfonía de Berwald arrancó con sobriedad para, inmediatamente, levantar el vuelo con una exposición ordenada sobre un ritmo base implacablemente subrayado. Ni siquiera la expansión lírica del segundo tema, más contenida de lo que la misma música parece pedir, evitó dejar una impresión global de agitación fruto del exceso de intensidad rítmica, sobre todo en el desarrollo, donde todo apareció excesivamente sincopado. Mejoró la situación con un bello Andante, muy medido en las intensidades, con un tramo final donde la cuerda se empleó a fondo para lograr un sonido susurrado. De nuevo fue la cuerda protagonista absoluta en esa tarantela encubierta que es el ágil y saltarín Allegro assai conclusivo.
Musicalmente orquesta y director lograron la atmósfera desasosegada, como de tragedia presentida o recordada, de la Sinfonía en Do menor de Kraus, que tanto nos remitía al KV 183 mozartiano. No había terminado de irse el regusto de la límpida ejecución y las proporciones clásicas cuando empezó a sonar la celebérrima Mañana de la Suite de Peer Gynt de Grieg. En la sala, de repente, se expandió un murmullo ahogado de placer del público pillado in fraganti por la inmortal melodía. Hay que vivir estos instantes del diario de una vida concertística para saber cómo son. Tras una Mañana musculada, nada ensoñada ni brumosa, directa como una mañana de verano, el punto álgido fue una Muerte de Aase de gran hondura. La ligereza bailable de la Danza de Anitra o el enfebrecido crescendo de En el salón del rey de la montaña remataron un concierto que fue de menos a más y en donde primó el orden y, sobre todo, el excelente rendimiento de la orquesta.
C. Crespo García
(Foto: Rafa Alcaide)


