CÓRDOBA / Clasicismo en tensión

Córdoba. Gran Teatro. 4-VI-2026. Orquesta de Córdoba. Guillem Gràcia, violonchelo. Christian Vásquez, director. Obras de Haydn, Mozart y Brahms
El undécimo concierto de la temporada de abono de la Orquesta de Córdoba se articuló como un recorrido estilístico que, cohesionado bajo el parámetro de lo «clásico», exigía en realidad un delicado equilibrio interpretativo. La presencia por primera vez del director Christian Vásquez y del violonchelista Guillem Gràcia introducía además un componente de expectativa: el descubrimiento de dos perfiles musicales llamados a dialogar con un repertorio de alta exigencia estilística.
La velada se abrió con la obertura de L’isola disabitata de Haydn, donde reapareció una orquesta sólida y un director de marcada personalidad. Vásquez construyó su lectura desde una vibración expresiva y una gestión consciente de las tensiones armónicas propias del lenguaje haydniano. La cuerda, con un vibrato contenido en clave de cierta historicidad, no renunció sin embargo a momentos de intensidad y contundencia. El resultado fue una lectura viva, en la que la energía dramática convivió con un sentido estructural claro, aunque ya se apuntaba una tendencia a privilegiar la intensidad sobre la depuración o una mayor atención al detalle.
Ese mismo equilibrio se reveló con mayor claridad en el Concierto para violonchelo nº 2 de Haydn, donde Guillem Gràcia se erigió como la revelación indiscutible de la noche. Desde su entrada, el joven violonchelista catalán desplegó una presencia escénica natural, unida a un virtuosismo técnico de notable madurez. En una obra que exige la ilusión de ligereza dentro de una escritura de enorme complejidad, Gràcia resolvió escalas, arpegios y pasajes de gran dificultad con una limpieza ejemplar, proyectando la sensación de dominio absoluto del instrumento. Su aproximación al violonchelo —un Caussin de hacia 1840— evitó cualquier veleidad tímbrica: lejos de apoyarse en la densidad sonora del instrumento, optó por reducir la vibración en favor de una articulación más transparente, adecuada al carácter contrapuntístico de la escritura. Este planteamiento no le impidió, sin embargo, desplegar un sonido más expansivo en los momentos cantábiles, donde el instrumento adquiría la calidez y el terciopelo necesarios. El resultado fue una interpretación estilísticamente coherente, de gran inteligencia musical.
El acompañamiento de Vásquez se mantuvo en una línea de contención clásica, en el sentido más pleno del término: equilibrado, atento y sin excesos ni en la prisa ni en la dilatación del discurso. Sin embargo, su presencia resultó más discreta en el plano del diálogo solista, donde la orquesta tendió a una función más acompañante que verdaderamente interlocutora.
La segunda parte del programa, dedicada a Mozart y Brahms, mostró un perfil más irregular de la propuesta. En la Sinfonía n.º 25 en sol menor, el gesto expresivo de Vásquez se mantuvo en su línea de energía y contundencia, pero no todas sus decisiones alcanzaron el mismo grado de coherencia musical. En el Allegro con brio inicial, los reguladores dinámicos en las repeticiones de las figuras, aunque sugerentes desde el punto de vista expresivo, afectaron por momentos a la continuidad del discurso. Del mismo modo, el tratamiento del segundo movimiento Andante no logró desplegar plenamente la dimensión poética y suspendida que suele asociarse a la escritura lenta de Mozart.
Las Variaciones sobre un tema de Haydn op. 56 de Brahms acentuaron esta impresión de una lectura más directa que contemplativa. La interpretación, rápida y enérgica, tendió en ocasiones a un carácter combativo, con una percusión especialmente presente que llegó a desdibujar parte del entramado tímbrico. La orquesta respondió con solvencia técnica, pero sin margen suficiente para desplegar la riqueza de matices atmosféricos que esta partitura encierra.
Al final, el programa, que en un principio se presentaba como atractivo y gozoso paseo por un conjunto de obras de fácil escucha, se reveló como una propuesta de enorme riesgo. Y como ocurre con las lecturas que se atreven a tensar los márgenes del estilo, como pasó con el maestro Vásquez, el resultado fue por fuerza desigual: momentos de gran vitalidad y convicción convivieron con otros de menor equilibrio o definición. En medio de esa tensión general, sin embargo, queda la oportunidad de habernos encontrado con Guillem Gràcia. Su solvencia técnica, su a inteligencia musical, permiten intuir en él a un intérprete de gran recorrido. Un talento al que conviene seguir la pista. Se le adivina un gran Don Quixote.
C. Crespo García
(fotos: Rafa Alcaide)


