CÓRDOBA / Brahms y Sibelius de pura emoción

Córdoba. Gran Teatro. 18-VI-2026. Orquesta de Córdoba. Ellinor D’Melon, violín. Salvador Vázquez, director. Obras de Brahms y Sibelius.
La clausura de la temporada de abono de la Orquesta de Córdoba ofrecía una oportunidad propicia para hacer balance de los dos primeros años de Salvador Vázquez al frente de la formación. Tras una primera temporada que tuvo mucho de transición —con una presencia abundante del gran repertorio que probablemente respondía tanto a razones artísticas como a la necesidad de devolver estabilidad a la institución tras la abrupta salida de Carlos Domínguez-Nieto—, la recién concluida ha permitido apreciar con mayor claridad los perfiles de un proyecto artístico en consolidación. La programación ha ganado ambición, la orquesta ha seguido progresando técnicamente y, sobre todo, ha mostrado una capacidad cada vez mayor para adaptarse a las exigencias expresivas de directores y repertorios diversos, sin que hayan desaparecido aún ciertas limitaciones: la formación sigue sin poseer un sonido especialmente pulido o brillante, circunstancia a la que no es ajena la desventaja de desarrollar su actividad en un espacio tan árido para la música sinfónica como el Gran Teatro. Se trata de una cuestión particularmente relevante en repertorios como los del presente concierto donde la profundidad de campo sonora y la riqueza de planos tímbricos desempeñan un papel esencial.
Tras dos temporadas, también comienza a definirse con mayor nitidez la personalidad musical de Salvador Vázquez. Su afinidad con el repertorio postromántico parece evidente. Hay en su manera flexible y apasionada de frasear, en su tendencia a pensar la música desde la línea melódica y la tensión emocional, una disposición natural hacia las grandes expansiones líricas del romanticismo tardío. Se percibe un pulso melódico casi amoroso que, en sus mejores momentos, dota al discurso de una notable capacidad comunicativa, aunque ocasionalmente pueda desembocar en ciertos desenfrenos expresivos. Con todo, el director ha mostrado igualmente una visión certera del siempre escurridizo lenguaje clásico, como nos ha demostrado en sustanciosas interpretaciones beethoveniana.
El Concierto para violín en Re mayor, op. 77 de Johannes Brahms permitió comprobar desde los primeros compases la coherencia de ese enfoque. Los acordes iniciales sonaron más auténticamente brahmsianos que algunas aproximaciones recientes al compositor escuchadas en esta misma temporada. El primer movimiento, Allegro non troppo, estuvo primorosamente fraseado, articulado mediante rubati sutiles y lógicos, y desarrollado a través de un tratamiento plástico y creativo de sus diferentes secciones. Vázquez pareció interesado ante todo en resaltar la ternura y la belleza melódica de la partitura, subrayando su dimensión más cálida y humana.
La violinista Ellinor D’Melon se integró plenamente en esa visión. Su sonido, penetrante y de notable capacidad de proyección, quizá no posea la voluptuosidad tímbrica que otros intérpretes aportan a esta obra, pero encontró en cambio una gran eficacia expresiva. Sobre todo, impresionó la naturalidad con la que resolvió las enormes exigencias técnicas de la escritura brahmsiana. Las dificultades parecían desaparecer bajo sus dedos con una facilidad pasmosa, convertidas en mero vehículo para el discurso musical. Lejos de cualquier exhibicionismo gratuito, el virtuosismo estuvo siempre subordinado a una concepción compartida con el director.
Especialmente logrado resultó el diálogo entre solista y orquesta, que alcanzó momentos de verdadera compenetración. El Adagio permitió a Vázquez traducir en sonidos esa congoja al borde de la angustia que tantas veces asoma en la música de Brahms. Quizá aquí, como sucedería más tarde en Sibelius, se echó en falta algo más de reposo en determinados pasajes, una respiración más amplia que permitiera a la emoción desplegarse con mayor naturalidad. El célebre comienzo del movimiento habría agradecido una atmósfera algo más contemplativa.
Con el Allegro giocoso, ma non troppo vivace final se confirmaron tanto las virtudes como los riesgos del planteamiento. La pasión recorrió toda la interpretación, por momentos hasta el atropello, pero el resultado mantuvo una intensidad contagiosa. Solista y orquesta llegaron a fundirse de manera sobresaliente, como si ambos participaran de un único corazón latente. El entusiasmo del público encontró prolongación en una propina tan inesperada como simpática: unas variaciones para dos violines sobre el popular tema de “La cucaracha”, interpretadas por D’Melon junto al concertino Evgeny Syrkin, en una muestra de virtuosismo desenfadado que permitió relajar la tensión acumulada durante el concierto.
La segunda parte estuvo dedicada íntegramente a la Sinfonía nº 2 en re mayor, op. 43 de Jean Sibelius, probablemente la realización más lograda de Salvador Vázquez desde su llegada a Córdoba. La lectura se situó claramente del lado de la tensión emocional y del impulso melódico, pero sin perder por ello el sentido orgánico de la construcción. Desde el Allegretto inicial, el director supo hacer crecer el discurso mediante un fraseo flexible y una efectiva capacidad para retener el tempo en las resoluciones de determinados pasajes, otorgando peso y sentido a cada llegada. La exposición del primer movimiento alcanzó una admirable sensación de plenitud antes de desembocar en un clímax de enorme intensidad. La arquitectura general permaneció siempre visible, incluso cuando el discurso se abandonaba a una expresividad particularmente intensa. El Tempo andante, ma rubato profundizó aún más en esa dimensión emocional. Vázquez otorgó a la música un acusado carácter expresionista, exacerbando los contrastes y llevando la congoja inherente a estas páginas hasta territorios casi angustiosos. Fue quizá aquí donde aparecieron algunos de los excesos de la interpretación. Ciertos arrebatos comprometieron parcialmente la limpieza del tejido orquestal y la claridad de algunos planos sonoros. Algo que también ocurriría en determinados momentos del Finale: Allegro moderato. Sin embargo, esos episodios no llegaron a empañar el resultado global gracias a la inteligencia con la que fue concebido el arco general de la obra.
La transición desde el Vivacissimo hacia el movimiento final se construyó con sorprendente pericia. La música avanzó entonces hacia la conclusión con impulso torrencial, pero también con una notable conciencia de dirección. Y fue precisamente en la conclusión donde la interpretación alcanzó sus cotas más altas. Tras la tempestad emocional, Vázquez supo encontrar el tempo justo para construir una coda final de extraordinaria eficacia. Los acordes conclusivos sonaron con verdadera grandeza, recordando por momentos aquella memorable Puerta de Kiev que inauguró la temporada. Allí donde en otros momentos había aparecido cierta tendencia al exceso, ahora todo parecía asentarse en un equilibrio convincente entre emoción y control.
Al término de la obra, director y orquesta transmitían esa mezcla de agotamiento y satisfacción que sólo acompaña a los logros importantes. El éxito pertenecía en primer lugar al concierto que acababa de concluir, pero resultaba difícil no percibir también en él un signo de algo más amplio: una asociación entre Salvador Vázquez y la Orquesta de Córdoba en proceso de maduración. Quedan aspectos por perfeccionar y retos artísticos por afrontar, pero veladas como ésta permiten pensar que las sorpresas más interesantes de esta colaboración quizá estén todavía por llegar.
C. Crespo García
(fotos: Rafa Alcaide)


