CÓRDOBA / Arcadi Volodos, de Schubert a Schubert

Córdoba. Teatro Góngora. 23-XI-2024. 22º Orozco Piano Festival. Arcadi Volodos, piano. Obras de Schubert: Sonata para piano en La menor, D 845); Schumann: Danzas de la cofradía de David, opus 6); Liszt-Volodos: Rapsodia húngara nº 13, en La menor.
Tras veintidós ediciones, el “Orozco Piano Festival” se ha convertido en cita pianística de primer orden. En la geografía española, sí, pero también en el mapa internacional del teclado. A la luz e inspiración del eterno pianista cordobés Rafael Orozco (1946-1996), su biógrafo y amigo, Juan Miguel Moreno Calderón, ha logrado consolidar en Córdoba, la ciudad natal del legendario intérprete de Iberia y de tantas otras obras, una cita anual que combina nombres consolidados del teclado mundial con nuevos y jóvenes valores. Ha sido el caso de la actual edición, clausurada el sábado con un recital en el que Arcadi Volodos (1972) se adentró en un recital de alto voltaje pianístico y expresivo. Un recorrido de Schubert a Schubert, con recaladas en Schumann, Liszt, Lecuona y Mompou. Rafael Orozco se hubiera quedado tan maravillado como el público joven, paisano y entusiasta que abarrotó las 600 localidades del Teatro Góngora. Faltó poco para que el adusto Volodos saliera a hombros de las decenas de jóvenes pianistas y aprendices de pianistas que esperaban a la salida para foto y autógrafo.
El artista petersburgués volcó su pianismo cargado de colores, sentidos, registros, ideas y respeto. En la penumbra del silencio, ante un público selecto que se percibía que aprehendía cada nota, silencio y articulación del piano, cargó todo de sutilezas y vigor, de verdad y lealtad a la partitura y a cuanto no aparece en ella. En la silla de siempre, en la penumbra del escenario, Volodos enfoca su arte puro en la esencia de la obra de arte. Pura verdad. Puro Schubert. Entendido sin remilgos, desde la sonoridad y posibilidades que brinda el moderno piano ‒un formidable Steinway de Hinves‒; de infinitos colores, y dinámicas extremas, desde el más sonoro y sutil superpianísimo a unos fortísimos poderosos que en su vigor y lógica nunca se perciben fuera del discurso ni del universo schubertiano. No es arriesgado aventurar que el Schubert sutil y coloreado de la Sonata en La menor con la que Volodos abrió el recital se hubiera quedado tan fascinado como nos quedamos todos los que sentimos y vivimos la experiencia oficiada por el schubertiano excelso y fiel.

Luego, como cuarta y última propina de este recital para los anales de un festival en el que pasan y han pasado los mejores del teclado, Volodos volvió a los compases schubertianos con la magia del “Andantino” de la Sonata D 959. Expresión hecha verdad. Música en esencia. Lejos de artificio o verborreas. Schubert en estado puro, como el que grabó Orozco en su gran etapa final, en aquella inolvidable D 960, de junio de 1992. Entre estos Schubert inolvidables, Volodos volcó imaginación, virtuosismo y sentido en las particulares y disímiles 18 páginas que integran las Danzas de la Cofradía de David, opus 6 (Davidsbündlertanze) que compone Schumann en 1837, con 27 años. Fue la penúltima página de un programa cuyo contenido “oficial” se cerró con el virtuosismo apabullante y nada gratuito de la versión que el propio Volodos realizó de la Rapsodia húngara nº 13 de Liszt. ¡La apoteosis!
Volodos, adusto en los gestos y las formas, en la penumbra de la ceremonia del recital, se llevó una mano al corazón mientras el público en pie se desgañitaba en bravos. ¡No era para menos! El oficiante templó los ánimos con los prodigios susurrados de la canción Pájaro triste de Mompou y el Tercer Momento musical de Schubert, pero echó leña al fuego del entusiasmo con su transcripción, honda, jonda y espectacular de la Malagueña de Lecuona. ¡Imagínense! El público, tan enfervorizado como cuando la tocó en Salzburgo, el pasado verano, en el Grosses Festspielhaus. Es la universalidad sin fronteras de quien es uno de los verdaderamente grandes del teclado contemporáneo. ¡Inolvidable en verdad!
Justo Romero


