CÓRDOBA / Ana María Valderrama y Lucas Macías: El secreto de la plusvalía

Córdoba. Gran Teatro. 04-IV-2024. Ana María Valderrama, violín. Orquesta de Córdoba. Lucas Macías, dirección. Obras de Bruch y Mendelssohn.
Recientemente, en un conocido espacio de la blogosfera dedicado a la valoración de grabaciones de música clásica, se reabría por enésima vez el viejo debate sobre la naturaleza de la crítica musical, de si es condición necesaria para la persona que la ejerce saber técnica musical, diferenciar los tonos, resolver acordes, distinguir frecuencias, etc. Hay una querencia, procedente principalmente del mundo profesional o académico, por reivindicar la crítica desde el interior del «hacer música», es decir, desde el conjunto de recursos y conocimientos movilizados para la ejecución musical, de tal manera que el juicio crítico tiene que partir necesariamente del análisis de las decisiones interpretativas adoptadas por el intérprete, que, para ser apreciadas en toda su amplitud, exige ese conocimiento especializado.
Pero, cuando se escribe de música, ¿sobre qué se está escribiendo realmente? O dicho de otro modo, cuando se lee sobre música, ¿qué es aquello que el lector desea que se le transmita? Si quien lee tiene formación o interés musicológico o historiográfico parece no caber duda. Pero cuando se trata de transmitir la experiencia del hecho musical vivido, ahí entramos en un terreno resbaladizo. Para salir del atolladero puede sernos útil la sutil diferencia que el filósofo Eugenio Trías reconoce entre «música» y «materia sonora». Se pregunta Trías: «¿qué añade la música a la materia sonora?, (…) si es verdad que el sonido no necesita de la música, pero esta es impensable del sonido: ¿en qué estriba la plusvalía de sentido, de emoción, de conocimiento que la música proporciona, teniendo siempre por sustento la materia fónica (siempre en movimiento, siempre en el tiempo)?».
Plusvalía de sentido, de emoción, de conocimiento, fue lo que aportó la joven violinista Ana María Valderrama al Concierto para violín y orquesta nº 1 en sol menor, Op.26, de Max Bruch en la primera parte del noveno concierto de abono de la Orquesta de Córdoba. Desde el arranque, concentrado y emocionante, la violinista madrileña sumió al auditorio en una especie de trance colectivo donde era imposible sustraerse a la manera en la que fue desgranando su parte frase a frase. La atención quedaba atrapada en una mágica red invisible, tal era el despliegue de magnetismo. El sonido de su instrumento, en el contexto inclemente de la acústica del Gran Teatro, no fue el más grande, pero sí el más humano. Su técnica, sobrada de agilidad y virtuosismo, estuvo en todo momento al servicio de los pliegues expresivos de la partitura. Una maravilla. Con estos mimbres, el Adagio tenía que ser, y fue, el núcleo dorado de la velada. Irreprochable igualmente el Finale: allegro enérgico, arrebatado, alegre, que, con la complicidad de la orquesta, llevó en volandas al público hasta la ovación final. Con el pirotécnico final de los Aires Bohemios de Sarasate y la abstracta Sarabande de la Partita I de Bach quiso la violinista madrileña agradecer al público su enloquecimiento.
El serio, atento y musculoso, a la par que flexible, desempeño de la Orquesta de Córdoba y Lucas Macías al mando durante la primera parte hacía presagiar una velada redonda, con una segunda parte reservada en su integridad a la Sinfonía Italiana de Felix Mendelssohn, obra que esconde detrás de su perfil juvenil, sonriente e impetuoso un campo minado para la sección de cuerda, especialmente para los violines primeros. Si el abstruso preámbulo de este escrito daba pie para identificar los atributos de la música en la interpretación del concierto de Bruch, en la segunda parte del concierto, por contraste, nos encontramos un ejercicio de pura materia sonora. Una interpretación técnica irreprochable, atenta a lo formal, pero, en comparación con lo vivido en la primera parte, emocionalmente distanciada e inerte en lo expresivo. El trepidante Allegro vivace inicial se vio perjudicado por la entonación borrosa de la cuerda, no todo lo limpia ni aérea que deseamos en este movimiento. El Andante con moto —esa procesión nocturna— careció de recogimiento y sentido del misterio. Tras un bien delineado Con moto moderato, el Saltarello final percutió pero no remontó una interpretación correcta que dejaba a las claras que la técnica, los tonos, la resolución de acordes o la diferenciación de frecuencias no son suficientes para hacer música. El secreto de la plusvalía se lo llevó de vuelta a su casa Ana María Valderrama escondido entre las cuerdas de su violín.
C. Crespo García
(foto: Rafael Alcaide)


