¿Como si fuéramos niños?

Quienes entren en la web del bien conocido Festival de Glyndebourne se encontrarán con que una de las óperas programadas es tan atractiva como bien conocida: Las bodas de Fïgaro, una de las tres genialidades salidas de la pluma de Mozart y con el estupendo libreto de Da Ponte. La sorpresa viene después, cuando tras repasar la detallada sinopsis de la obra, el reparto y equipo artístico, encontramos el siguiente mensaje: “Información sobre Las bodas de Fígaro – La historia de Las bodas de Fígaro juega con los desequilibrios de poder entre amos y sirvientes, y entre hombres y mujeres. En varios momentos, los personajes de menor estatus social son objeto de insinuaciones sexuales no deseadas y comportamientos físicamente agresivos.” Recuerdo necesario: el mensaje no está en lugar de la sinopsis (bien explícita, por cierto) sino añadido a la misma.
Más de uno se preguntará, no sin razón, si esta advertencia no suena un poco a colegio. O un mucho. Porque si uno lee la sinopsis y no ha suspendido el parvulario de comprensión lectora, ya habrá adivinado que en Las Bodas de Fïgaro hay todo eso de lo que el temeroso mensaje de advertencia nos previene, con cautela extrema, no nos vaya a dar un sopitipando, un jamacuco, un tabardillo, un soponcio, un patatús, un faratute o incluso, no lo quiera Dios, un parraque. La cuestión es, si ya nos hemos dado cuenta, ¿a qué viene el colegial mensaje, el aviso sobreprotector, al que parece solo faltarle el “niños” delante? Y si nuestro nivel de comprensión es tan pobre que en la sinopsis no hemos identificado todos esos elementos sobre los que el mensaje quiere prevenirnos, ¿qué demonios hacemos intentando absorber una obra maestra de la dimensión de Las Bodas de Fïgaro?
Hay en esta advertencia de Glyndebourne, más allá de la cansina influencia de la corrección política, un punto de mojigatería, un “cielos, ¡qué horror! ¡qué perversión!” que sería risible si, en el fondo, no fuera un tanto trágico, como si el espectador potencial de la ópera mozartiana fuera incapaz de resistir una ficción que caricaturiza una realidad que, quiérase o no, existió. Pero creo que sin duda lo peor es que el “aviso” pueda llevar al espectador a centrar su atención en esos aspectos en lugar de hacerlo en la enorme belleza de la música. La advertencia, además, no es única. Los espectadores de Káťa Kabanová de Janácek tendrán un texto parecido (adaptado, claro, a la trama distinta de esta ópera).
La sociedad actual vive inmersa en multitud de contradicciones. Una de ellas es la que viene dada por la extraña convivencia de una cantidad ingente de información (y desinformación), que requeriría por parte de los receptores una dosis importante de espíritu crítico y capacidad de discriminación, para evitar que ese torrente de información, verdadero y falso, real y manipulado, termine ahogando a un público que es incapaz de digerir lo que le llega, y menos aún, de separar el grano de la paja. Sin embargo, justo cuando más falta hace ese espíritu crítico y esa capacidad de discriminación, es cuando menos se cultiva, cuando menos presente está en el ámbito educativo, y cuando menos parece preocupar a muchos, uno diría que a demasiados. El resultado, a menudo, es el peor. Ante esa marabunta informativa… muchos receptores deciden permanecer en la ignorancia. Mal asunto que la ignorancia sea la solución.
Otra contradicción, parcialmente emparentada con la anterior, es la imposición de una dictadura férrea de rapidez y concisión… y lo que de ello se deriva. La hija de los 140 caracteres y la distorsión malvada de aquel dicho de “lo bueno, si breve, dos veces bueno”. Quien retorció el dicho se olvidó de que el aserto empieza con “lo bueno”. Y bien pudo reformularlo con “lo breve, si más breve, dos veces bueno”. Lo peor de esa tiranía no es la brevedad en sí, sino el terraplén de banalidad al que esa cortedad nos lleva inmediatamente después.
Entre las numerosas y nefastas consecuencias que la dimisión de todo lo que huela a esfuerzo ha traído a nuestros días, una de las peores es la que intenta persuadirnos, quizá muchas veces con perversos propósitos, de que hay que simplificar lo complejo, para “acercarlo” a la gran masa de la población. Lo malo de esa intención es… que no es posible simplificar lo complejo sin banalizarlo. Y cuando se banaliza y se vulgariza, también se distorsiona su propia esencia. El producto resultante puede resultar “cercano”, pero no conservará en absoluto su verdadero tuétano.
Y eso es así por una razón bastante evidente: lo complejo puede ser explicado, aclarado con lenguaje alejado de tecnicismos para facilitar la comprensión y el acceso del público lego (ojo, que lego está muy lejos de querer decir vago). Pero a lo complejo no puede accederse sin esfuerzo, salvo que lo complejo se transforme y pierda su realidad antes de mutar a facilón. La divulgación puede, y debe, acercar al público lego a asuntos complejos, pero se equivocarán, gravemente, quienes piensen que, deslizándose por la senda del lenguaje vulgar, facilón, el trato infantiloide al público o la banalización guay del Paraguay, crean que las cosas que requieren esfuerzo (y la música clásica es de las que lo requieren, y mucho) pueden ahorrárselo. La divulgación puede ahorrar muchas cosas, pero nunca el esfuerzo.
Lo peor de esta era en de la sobreinformación es que muchos, demasiados, permanecen ajenos a ella, y por ello, a la realidad, felices en la ignorancia antes mencionada. Es quizá entonces cuando se les empieza a tratar como a niños, cuyo conocimiento está por llegar: “ojo, que vais a ver esto”. ¿Como esto de Glyndebourne? Pues tal vez. Qué quieren que les diga. No me alegro, la verdad. Porque eso, seguro que lo han adivinado, no ocurre sin consecuencias.
Rafael Ortega Basagoiti


