Claudio Cavina, en el principio es la palabra

Claudio Cavina, en el principio es la palabra

Durante la segunda mitad de los años noventa y la primera década del siglo XXI, Claudio Cavina fue un nombre insoslayable en el campo de la interpretación del madrigal italiano al frente de La Venexiana, conjunto del que era cofundador y director artístico. Antes, el madrigal italiano había estado encerrado en los timbres diáfanos y en las emisiones nasales de los cantantes ingleses, los grandes dominadores de este repertorio hasta aquel momento. Extraña situación, puesto que pocos géneros musicales resultan tan íntimamente vinculados a los matices sonoros de un idioma específico. La labor de directores como Cavina, Gini o Alessandrini (con su Concerto Italiano) marcó en este sentido un punto de inflexión que a la postre revirtió la situación.

La importancia del legado de Claudio Cavina estriba tanto en el carácter sistemático de su exploración del madrigal (Monteverdi, Gesualdo, Wert, Marenzio, Luzzaschi, D’India, Strozzi) como en la excelencia de los resultados artísticos. Su autor de cabecera fue otro Claudio, el divino Monteverdi, del que grabó casi todo: los nueve libros de madrigales, las tres óperas, la Selva morale e spirituale y los Scherzi musicali. Las Vísperas de la Beata Virgen quedan como la única gran ausencia monteverdiana en su discografía. Fuera del madrigal, Cavina focalizó su atención en otras figuras del barroco veneciano como Francesco Cavalli, Francesco Gasparini y Benedetto Marcello.

Elemento central en las aproximaciones de Cavina al madrigal italiano era la palabra, entendida no sólo como fuente semántica sino también sonora y rítmica. Un ritmo en absoluto rígido y uniforme, sino modulado en función del mensaje, las sensaciones y los afectos que se querían transmitir. “Si en nuestras interpretaciones los compases no son del todo iguales, si algunos son más largos o más cortos, si las corcheas no se encuentran siempre en el sitio habitual, si las disonancias duran un poco más, no se trata de un error sino de una decisión voluntaria: la voluntad de expresar en música los afectos y los efectos, de intentar conmover y ser conmovidos…” Esta libertad rítmica, que los barrocos llamaban sprezzatura y que para Cavina tenía singulares afinidades con el swing jazzístico, le llevó a embarcarse en el proyecto transversal Monteverdi Meets Jazz.

La primordial atención a la palabra en este repertorio era compartida con Rinaldo Alessandrini (en cuyo grupo Cavina militó antes de fundar La Venexiana), pero desde ópticas personales. Más impetuoso y dramático el Monteverdi de Alessandrini; más expansivo y dilatado, más atento a la carnosidad de los timbres y a la redondez de las líneas, el de Cavina. Estas cualidades son evidentes en su versión de Non si levaba ancor l’alba novella (del Segundo libro de madrigales): la atención al detalle y el rigor estilístico no empañan el cuadro general, una descripción musical del amanecer, que La Venexiana traduce con una sensibilidad cromática y atmosférica propia de una tela de Giorgione.

Si tuviera que escoger una versión capaz de sintetizar todas las cualidades de La Venexiana, me quedaría con su intensa y sensual lectura de Ohimè, dov’è il mio ben (del Séptimo libro de madrigales) por su apasionada adhesión estilística y sentimental al espíritu monteverdiano. Así escribía Cavina sobre la filosofía interpretativa de La Venexiana: “es una investigación y un estudio sobre las emociones humanas, las emociones musicales, los sentimientos, las pasiones.” Al frente de su grupo, Cavina supo transmitir al público toda la intensidad, riqueza y modernidad de un repertorio escrito cuatro siglos antes.