Cien años de Mikis Theodorakis: el músico y el combatiente

“Nuestro gran problema es la muerte. No somos capaces de aceptarla. Nunca lo haremos. No podemos admitir que no haya nada después porque es imposible no ser nada. La muerte no es posible y el hombre, el único animal que entabla batalla contra ella”. Esas palabras pertenecen al compositor, director de orquesta y político cultural griego Mikis Theodorakis (1925-2021). El 2 de septiembre de 2021 perdió la guerra en un hospital de la capital helena.
Ningún otro músico del siglo XX se ha convertido en un símbolo de oposición política a la dictadura, la persecución y la opresión como él. Tres veces, una bajo el régimen nazi, otra durante la guerra civil entre los comunistas y el gobierno monárquico de Papandreu, la última durante la Dictadura de los Coroneles, Theodorakis cayó bajo las garras fascistas. Fue torturado, encarcelado en campos de concentración sobreviviendo con graves consecuencias para la salud –en 1948 le rompieron las piernas, llegando a ser enterrado vivo- y empujado en 1969 al exilio francés tras un movimiento de solidaridad internacional, capitaneado por artistas de renombre como los compositores Dmitri Shostakovich y Leonard Bernstein, que logró propiciar su liberación del campo de prisioneros en el que había sido recluido en 1967 por la Junta Militar. Ese mismo año, sus canciones habían sido prohibidas en todo el país. Ante este sufrimiento, su cosmos musical puede entenderse como el triunfo de la esperanza y la resistencia artística.

Aprendió música muy joven en el Conservatorio de Patras. Tras la guerra, retomó los estudios y fue becado en París donde estudió con Messiaen. Sus composiciones clásicas pronto le trajeron éxito y premios, pero con el tiempo se centró en la música folclórica griega, lo que inspiró una revolución cultural en su tierra natal. Puso música a textos socialmente críticos escritos por poetas como Yannis Ristos, Yorgos Seferis y Odysseas Elytis, componiendo para el bouzouki, un instrumento tradicional de cuerda pulsada. Ningún griego había estado nunca tan cerca del pueblo.
En su obra fílmica, resultaba habitual ver a Theodorakis involucrar a sus intérpretes en el proceso creativo. Solía emplear una línea doble para bouzouki donde cambiaba la estructura armónica de la melodía para adaptarla a la espontaneidad del solista. En su música, de marcado acento popular, rara vez empleaba una forma rígida de orquestación. El sonido resultante era, a menudo, producto de la instrumentación. Su música tenía un carácter profundamente improvisado, utilizaba un enfoque intuitivo, invitando al oyente a realizar un acercamiento emocional.
Fue precisamente el cine el que provocó la eclosión internacional de Theodorakis. La música de Zorba the Greek (Zorba el griego, 1964) inspiró a sus compatriotas a buscar una identidad cultural moderna. Adoptaron el sirtaki, una danza cuya coreografía realmente fue creada para la película, como el principal exponente de sus raíces autónomas. Theodorakis establecería sus constantes de estilo en este trabajo: la música se despega de los personajes y el drama, del movimiento y el colorido de la película. Se convierte en parte del lugar. Para Theodorakis, la mejor música de cine es la que pasa desapercibida, la que no se adueña del proscenio. Es la que configura la acción y se encadena al inconsciente del espectador.
Ese estilo vira ciento ochenta grados cuando retrata emociones, cuando la partitura gira alrededor de la vida interior de los personajes. Entonces, Theodorakis apuesta por enfrentarse a la imagen, por discutirla. En Ilektra (Electra, 1962), quizá su mejor trabajo para el cine, se opone al movimiento lento de la cámara. La acción interna traduce una marcada ansiedad. La tragedia, a través del empleo de instrumentación solista, conduce al expresionismo, la escritura para percusión a la solemnidad ritual. En el género de la tragedia antigua griega y sobre la brillante puesta en escena de Mihalis Kakogiannis, el director que llevó el cine griego a su madurez, ofrecerá su mejor versión. En Ifigeneia (Iphigenia, 1977), por ejemplo, la música está llena de tensiones y misterios, traduciendo un mundo mitológico, insoldable, atávico.
Theodorakis siempre procuró elegir sus proyectos cinematográficos con sumo cuidado. Su máxima era trabajar por el arte, por el triunfo de las ideas y la personalidad. Con Costa-Gavras colaboró en un cine militante y comprometido. Había entrado en política en 1963 tras la muerte de su amigo Grigoris Lambrakis en una manifestación por la paz, ocupando su escaño vacante en febrero de 1964. Z (1969) está basada en ese asesinato. En ella, Theodorakis dramatiza el deseo de libertad de un pueblo oprimido. Como Pontecorvo, Costa-Gavras reivindica un cine de conciencia social y política, denunciando las manipulaciones gubernamentales de los poderosos en État de siège (Estado de sitio, 1972). La acción se traslada a América Latina y Theodorakis combina una música de raíz helénica con la tradición indígena sudamericana, reinterpretada por el grupo Los Calchakis. La música trasciende el folklore, se instala en la denuncia y el ansia de libertad.

Cuando Theodorakis se unió al compositor turco Zülfü Livaneli para fundar, en 1986, el Comité de Amistad turco-griego, destinado a poner fin a las continuas hostilidades entre los países vecinos, fue acusado de traidor por su pueblo. La paz resultaba sospechosa en tiempos convulsos. A principios de los noventa se convirtió en ministro, pero a esas alturas la política sólo le ofrecía desengaños. En 2011 se declaró antisemita al culpar al lobby judío de la grave crisis económica del país. Consciente del error, rectificó y pidió disculpas, pero las críticas arreciaron. En sus últimos años, a pesar de un profundo sentimiento de amargura, Theodorakis no dejó de apostar por los más débiles. Visiblemente desmejorado, luchó durante la crisis del coronavirus contra el gobierno de Atenas por negarse a brindar apoyo financiero a los músicos desempleados.
Una vez dijo Cézanne, llevado por su pragmatismo, “yo pinto una cabeza como si fuera una puerta”, consciente de la imposibilidad de bosquejar el alma de los retratados. Theodorakis pintó su vida con el rostro de los demás. Sin artificios la puso a nuestro servicio.
Miguel Ángel Ordóñez


