CHAMONIX / Apoteosis del Cuarteto Modigliani con Edgar Moreau en el Festival Chamonix Vallée Classics

Chamonix. Iglesia San Miguel. 31-VII-2026. 3º Chamonix Vallée Classics Festival. Quatuor Modigliani, Edgar Moreau (violonchelo). Obras de Beethoven y Schubert.
El tercer concierto del Festival Chamonix Vallée Classics, en la magnífica Iglesia de San Miguel de Chamonix, quedará grabado para siempre en la memoria de quienes tuvieron la suerte de asistir. Tras dos veladas ya inolvidables —la incandescencia de Jean-Efflam Bavouzet y la intensidad febril del Cuarteto Danel—, la tercera noche marcó una cumbre. Con todas las localidades agotadas, el público de Chamonix (muy cosmopolita, españoles incluidos, propio de la elegante estación alpina…) acudió en masa para vivir lo que muchos presagiaban como un momento excepcional. Y gracias a la presencia del prestigioso Cuarteto Modigliani, acompañado del joven y prodigioso violonchelista francés Edgar Moreau, la velada cumplió todas las promesas, apadrinada por Vanessa de Launoit y Anne Grafe-Buckens, quienes tuvieron el acierto de apoyar un evento tan extraordinario.
El Cuarteto Modigliani, formación hoy imprescindible en los escenarios internacionales, abordó en primer lugar el Cuarteto de cuerda nº 6 en Si bemol mayor, Op. 18 de Ludwig van Beethoven, la última de las obras de juventud del maestro en este género. Desde el principio, cautivó la manera en que los intérpretes supieron transmitir toda la complejidad, la vitalidad y la inventiva de esta partitura. El primer movimiento, de extrema concisión, estalló con la energía de los arpegios, impulsada por un acompañamiento vertiginoso, para dar paso a un segundo movimiento que desplegó un aire tierno, jugando con las más bellas sonoridades del cuarteto, con ese breve pasaje en do mayor, de una luz casi celestial, que pareció suspender el tiempo. El Scherzo, lleno de síncopas desestabilizadoras, mostró el humor y la audacia del compositor, pero fue el final, introducido por el extraordinario Adagio titulado «La Malinconia», el que constituyó la verdadera proeza de la interpretación. Este movimiento, de una belleza inédita y una profundidad psicológica asombrosa, es una auténtica inmersión en un estado de ánimo, una meditación sobre la melancolía que alterna entre pasajes suspendidos, casi místicos, y acordes dolorosos, desgarradores, cuyo tormento y tensión los intérpretes supieron transmitir en toda su intensidad. La transición hacia el Allegretto final, de una agilidad deslumbrante y una alegría casi nerviosa, que parece querer disipar el espectro de la melancolía, fue realizada con una precisión y un brillo asombrosos. Fue una interpretación de una inteligencia poco común, en la que se percibió toda la madurez y el compromiso del Cuarteto Modigliani, que elevó esta obra de juventud al rango de obra maestra. Ya se vislumbraba lo que sería la seña de identidad de la velada: una exigencia técnica absoluta, una cohesión de conjunto excepcional y una capacidad para conmover explorando las profundidades del alma humana.
Y al final, sin pausa para tomar aliento, se interpretó a continuación el sublime Quinteto de cuerda en Do mayor, D956 de Franz Schubert, justo el tiempo necesario para que el joven Edgar Moreau se uniera a los cuatro músicos del Cuarteto Modigliani. Desde el Allegro ma non troppo, se supo que íbamos a vivir algo absolutamente inaudito. La incorporación de este segundo violonchelo, cuyo timbre cálido y profundo enriqueció la textura sonora, ya maravillosa, del cuarteto, creó una alquimia perfecta. La obra, que Schubert compuso dos meses antes de su muerte, posee una belleza y una profundidad tales que te atrapa y no te suelta. La complicidad entre los artistas era palpable. El joven violonchelista, ganador de los prestigiosos concursos Rostropovich y Chaikovski, mostró una madurez, un dominio y una sensibilidad que impresionaron. Pero fue en el Adagio, segundo movimiento, donde la magia operó con mayor intensidad. El magnífico tema, de una melancolía inusitada, fue interpretado con una emoción contenida, desgarradora, creando un clima de una intimidad y una gravedad poco comunes. La tensión se volvió entonces casi insoportable.
Al final del tercer movimiento, la belleza de lo que acababa de ser interpretado, la intensidad del compromiso de los músicos, la comunión con un público pendiente de sus más mínimos gestos, fue tal que este no pudo contenerse y no esperó al final de la obra para aplaudir frenéticamente, e incluso gritar su alegría y su emoción. Luego llegó el cuarto movimiento, que es una auténtica apoteosis, un torbellino que arrasa todo a su paso. El movimiento se titula Allegretto, una indicación que podría parecer anodina, casi amable, pero que en Schubert es siempre un señuelo. Desde los primeros compases, uno es arrojado a un torbellino endiablado, una danza casi salvaje que parece querer conjurar el destino, alejar la sombra de la muerte que planea sobre los movimientos anteriores. El tema principal, de una energía desbordante, salta y rebota entre los instrumentos, impulsado por un ritmo de tarantela que no da tregua, y se percibe de inmediato que este final es una carrera contra el reloj, una huida desesperada hacia la luz. Pero Schubert, como genio del contraste que es, nunca olvida la melancolía que es el fondo de su ser, y desliza una sombra en el corazón mismo de esa alegría: surge un segundo tema, más cantable, más lírico, que parece arrancar una lágrima en medio del vértigo, como un recuerdo que emerge a la superficie, antes de que la danza se reanude con más fuerza, aún más frenética. Al final del cuarto movimiento, cuando la última nota, un Do mayor luminoso y sereno, acababa de sonar, un silencio de catedral precedió a una explosión de aplausos, liberando una presión emocional que había alcanzado su punto álgido. Fue una reacción espontánea, visceral, un homenaje vibrante a unos artistas que acababan de tocar lo absoluto. La magia de ese momento, en el que la frontera entre el público y el escenario se desvanece, quedará como una de las imágenes más bellas de este festival.
Después de un momento así, no hubo propina, habría sido una profanación tras tal apoteosis. El público, puesto en pie, aplaudió sin cesar, una ovación interminable, para saludar ese viaje de cuarenta y cinco minutos en el corazón de la belleza pura, del goce musical absoluto, uno de esos instantes en los que el arte nos recuerda nuestra condición más profunda. Este concierto, por su calidad artística excepcional y las emociones que despertó, ha quedado grabado en los anales del joven festival saboyano, confirmando que el Festival Chamonix Vallée Classics se ha convertido en una cita ineludible, un lugar donde la música se celebra con una pasión y una exigencia que solo un amor sincero puede inspirar. Gracias a David y Denise Joseph, que impulsan este proyecto con una energía inagotable, y a mecenas ilustrados, estos momentos de gracia siguen existiendo, recordándonos que el arte siempre necesita de intermediarios.
Emmanuel Andrieu
(foto: Emmanuel Andrieu)


