Cédric Tiberghien: ‘Alina Ibragimova y yo tenemos una misteriosa alquimia’

Cédric Tiberghien: ‘Alina Ibragimova y yo tenemos una misteriosa alquimia’

El pianista francés Cédric Tiberghien será el encargado, junto con la violinista Alina Ibragimova, su pareja musical desde hace mucho tiempo, de abrir el ciclo “Beethoven; el cambio permanente” que la madrileña Fundación Juan March dedicará al gran compositor alemán a partir de este miércoles, 22 de enero. Tiberghien e Ibragimova acaban de ser galardonados en los International Classical Music Awards (ICMA) 2020 en la categoría de música de cámara por un álbum para el sello Hyperion centrado en las Sonatas para violín y piano de César Franck y Louis Vierne.

Alina Ibragimova y usted han grabado las grandes obras del repertorio de cámara, pero todavía no habían registrado la Sonata de César Franck. ¿Cómo surgió este proyecto?

La Sonata de César Franck es una obra ante la que hemos pasado de largo durante bastantes años. Tocamos juntos desde hace quince años y nos hemos dado una vuelta por los grandes clásicos del repertorio: las Sonatas de Mozart, Beethoven, Schubert, Brahms… Curiosamente, solo hemos tocado esta obra en nuestros comienzos, en una grabación de estudio para la BBC, pero nunca la hemos tocado en un concierto. ¡Esa fue nuestra única aventura en esa obra! Nosotros mismos estábamos sorprendidos de no haberla vuelto a tocar desde aquella toma en estudio. Pero al volver a trabajar en ella todo transcurrió de manera natural. Además, ya teníamos en nuestro haber una incursión en el repertorio francés con las Sonatas de Maurice Ravel y Guillaume Lekeu, y esta experiencia musical francesa nos gustó. Para el este álbum, la Sonata de Franck se impuso de manera natural. Es una obra omnipresente en el repertorio de los conciertos y de la discografía, pero no sufre el paso de los años.

La sonata de Louis Vierne que incluyen como acoplamiento es una rareza. ¿Qué es lo que les ha llevado a esta partitura?

Sugerí yo mismo esta Sonata de Vierne, que nunca había tocado. Sin embargo, ya había grabado su Sonata para violonchelo con Valérie Aimard y también he tocado el Quinteto con piano, que es una obra absolutamente extraordinaria. La Sonata para violín se toca menos que la Sonata de Franck, es más misteriosa pero también más moderna en determinados rasgos de escritura. Pero estas dos partituras presentan puntos en común: los dos compositores eran organistas y comparten un uso exhaustivo del cromatismo bajo todas sus formas, aunque de manera distinta.

Encontramos también en este álbum el Poema elegíaco del compositor belga Eugène Ysaÿe.  ¿De qué manera llegó a imponerse esta pieza?

Fue una idea de Alina. Ella había grabado ya las Sonatas para violín solo de Ÿsaÿe y conocía el Poema elegíaco. Esta partitura se impuso como un complemento ideal para Franck y Vierne.

¿Cuál va a ser su próximo proyecto con Alina Ibragimova?

Desde que apareció este disco “francés”, hemos completado nuestra discografía con las Sonatas de Brahms. El próximo álbum estará dedicado a Mendelssohn, incluirá las tres Sonatas y tal vez algunas obras pequeñas o esbozos que no llegaron a editarse realmente pero que documentan el tránsito de su periodo clásico al romántico. Enfrentarse con Mendelssohn es para nosotros como una prolongación de nuestro trabajo con Mozart, incluso en lo que se refiere a la precocidad de sus obras, algunas compuestas en el borde de la adolescencia.

Colabora usted con Alina Ibragimova desde hace muchos años. ¿Cómo resulta esa colaboración cuando tienen que enfrentarse a obras nuevas? ¿Tienen ustedes algún tipo de método de trabajo?

Lo que tenemos es una misteriosa alquimia que hemos sentido desde el comienzo de nuestra colaboración. Es algo muy natural entre los dos, que se impuso por sí mismo, así que hay numerosos aspectos de los que ni siquiera hablamos porque los percibimos los dos inmediatamente. Desde hace quince años, con cada repertorio y cada grabación hemos profundizado en esa intimidad musical. En cuanto al estilo, cada uno tiene su historia y su recorrido. Alina viene del repertorio barroco, y eso me ha influido en mi propia manera de tocar, lo que ha contribuido a mi desarrollo artístico. Hay equilibrios que se encuentran de manera natural y de forma implícita. Nuestras principales discusiones consisten en saber si tendríamos que tocar determinados obras con instrumentos de la época, como en el caso de las Sonatas de Beethoven. Todavía no lo hemos hecho, pero sin duda llegará el día.

¿Les interesa el repertorio contemporáneo?

¡Desde luego! Acabamos de tocar obras de George Crumb en la Boulez Saal de Berlín. La dificultad es encontrar compositores con los que podamos colaborar a largo plazo, pero ya hemos puesto en marcha algunos proyectos. ¡Hay abundancia de compositores jóvenes llenos de ideas que tienen derecho a que se los defienda!

Participa usted en el espectáculo Zauberland, que mezcla obras de Bernard Foccroulle y de Robert Schumann en una puesta en escena de Katie Mitchell. Después de su estreno en París, Zauberland se verá pronto en La Monnaie de Bruselas. ¿Cómo llegó usted a este proyecto?

¡Porque me invitó Bernard Foccroulle! Había trabajo con él para un disco de canciones alrededor de Paul Verlaine con la soprano Sophie Karhäuser (Cyprès). Para este proyecto habían hecho encargos a Benoît Mernier y a Bernard Foccroulle. Estábamos muy contestos con estas colaboración. Cuando me planteó lo de este espectáculo y me dijo que la puesta en escena iba a ser de Katie Mirchell me sentí todavía más estimulado, porque había visto y me habían gustado de manera especial sus producciones de las óperas de George Benjamin. Zauberland se me presentaba como un proyecto global, casi como si se tratara de una ópera para piano. El tema del espectáculo, además, es muy actual, habla de la nostalgia y del exilio, y de lo que sucede cuando tienes que abandonar tu país. Es un tema sombrío, pero de gran belleza. La colaboración con la soprano Julia Bullock fue, además, un encuentro musical con mucha fuerza, algo parecido al de Alina, y esta intérprete tendría que cumplir un papel importante en proyectos futuros.

Ha participado usted en la nueva edición crítica del Concierto para piano y orquesta de Maurice Ravel para la Ravel Edition. ¿Qué representa Ravel para usted?

Ravel me maravilla. Lo descubrí mediante una grabación de sus obras orquestales bajo la dirección de Claudio Abbado. Me maravillaron los colores y la poesía de esta música, en especial en Ma Mère l’Oye. Es una música muy visual, pero ese “maravillarme” me persigue siempre que toco su música. Ya como intérprete he podido acercar a este lado mágico las dificultades que puede plantear la escritura. El Concierto para piano es una partitura fascinante de la que nunca me canso. Es, con diferencia, el concierto que he tocado más veces, y en cada nuevo concierto me hallo en un estado de deslumbramiento permanente frente a cada idea, cada nota, cada invención o cada textura de la orquesta. Era fascinante zambullirse en los textos y reflexionar en determinados cuestiones que plantea la partitura. Era al mismo tiempo conmovedor y temible. Pero lo importante era permanecer en un acercamiento humilde y abierto, plantear cuestiones, pero sin el menor dogmatismo, y fue una aventura formidable.

¿Cuáles son las grabaciones que prefiere usted de la obra?

¡Me atrae mucho la grabación de Samson François! Desde luego, se pueden decir un montón de cosas, pero esa grabación permanecerá para siempre dentro de mi alma. Me gusta mucho la de Arturo Benedetti Michelangeli, porque su enfoque es totalmente distinto, como también me encanta la locura de Martha Argerich. El Concierto para piano y orquesta no es una obra fácil, porque hay que encontrar el equilibrio adecuado entre el respeto a la escritura y una vía personal. La dosis adecuada entre brillantez, expresividad y pudor es una cosa delicada de conseguir.

En visto en su página de Internet que acaba de interpretar la parte solista de la Cuarta Sinfonía de Szymanowski. ¡Esta obra es también una rareza!

En efecto, ahora me encuentro en Colonia para unos conciertos con la Gürzenich Orchester de François-Xavier Roth para esta Cuarta Sinfonía de Szymanowski. El concierto tendría que haberlo dirigido Nicholas Colon, pero se canceló y la serie la lleva adelante Harry Ogg, asistente de François-Xavier Roth, que montó el programa de manera brillante en dos semanas. Estoy muy contento de encontrar una orquesta que acepte programar esta sinfonía. Es una obra que plantea problemas, pues la escritura orquestal es densa y el director tiene que haber un trabajo en los equilibrios y las transparencias, con el riesgo de no darle cuartel al piano, que puede verse aplastado por la masa instrumental. La música de Szymanowski no es una música que se deje domesticar, al  principio se te aparece algo extraña, es menos espontánea que la de Ravel. Hay que trabajar bastante para sacarle sus sonoridades y sus timbres.