Carla Fracci in memoriam

Carla Fracci in memoriam

Hoy en día estamos, como decía el muy olvidado Arnold J. Toynbee, ‘en un momento cardinal de la historia, ilusorio y al mismo tiempo muy real’, en que creemos nos ha tocado la excepcionalidad de enterrar a nuestros mitos contemporáneos. Lo cierto es que sucede, lo sufrimos y lo creemos, en todas las partes de las Ciencias y las Artes. En el transcurso de apenas 10 años, se han ido al Parnaso y al Olvido (¿quién lo puede saber?) una serie de nombres señeros. Esto adquiere una gravedad singular cuando no sólo sabemos quiénes han sido las estrellas, sino que las hemos visto de cerca y hasta en algunos casos, escuchado y tratado; así los más trascendentes pensamientos se mezclan a los más inmediatos y pueriles. Nos queda la escritura, el razonar y el admisible laudo, cuando es sincero. La ballerina Carla Fracci ha muerto el pasado día 27 de mayo a los 84 años. Había nacido en Milán el 20 de agosto de 1936. No solamente es la bailarina italiana más señera desde Maria Taglioni, sino una de las figuras mundiales del siglo XX en su especialidad.

Poseedora de una personalidad artística definida y dibujada con esmero estético, su perfil neorromántico la permitió modelar el pasado y traerlo eficazmente a nuestros días y a insertarlo en la tarea de las bailarinas de la era contemporánea. Son muy pocas en todo el siglo, poquísimas: Anna Pavlova, Galina Ulanova, Maya Plisetskaia, Alicia Alonso, Margot Fonteyn, Ivette Chauviré y ahora Carla Fracci, la última y la más joven. Con ella, esa era terminó, se cierra y pasa a ser materia pasiva del estudio, la hagiografía y, cómo no, el mito.

Tenemos a mano su autobiografía, Passo dopo passo (Mondadori, 2013) y más de un centenar de libros dedicados a ella, su trayectoria, sus papeles y su extenso catálogo actoral. Pero sobre todo tenemos el ejemplo vertical de una ética profesional y de un comportamiento para con el oficio, todo tesón y objetividad. Carla era odiada y amada, aunque toda reprobación quedaba tapada por la profunda, intensa estela de su cometa. No podía ser de otro modo.Los roles románticos encontraron en Fracci una plástica de conexión con el pasado iconográfico única e influyente. Es verdad que ella parecía un grabado animándose por arte de su magia al hacer Giselle, Sylphide o encarnar a Fanny Cerrito en el “Grand Pas de Quatre”, pero era una bailarina de hoy que, con gran inteligencia, usufructuaba el poso memorial del pasado.

España, sin embargo, ha dado estos días la nota discordante en la prensa. Dos cronistas han destacado en sus crónicas, como argumento muy principal, que Carla Fracci dio un resbalón en el Teatro de La Zarzuela en 1987 y ahora, después de muerta, ha tenido que soportar en periódicos de tirada nacional frases como “dio con todos sus huesos en el suelo” o “resbaló y aterrizó de bruces en el suelo del Teatro de la Zarzuela”. La ignorancia, el mal gusto y la desfachatez de una prensa amarillista han opacado su despedida entre nosotros. Ha sido lamentable. Las incongruencias de estos gacetilleros de mala muerte podrían ser rebatidas una a una hasta poner tanto los argumentos más serios como el uso espurio que han hecho del más variado anecdotario.

Se podría hablar extensamente de cuestiones específicas de técnica y de historia, y probablemente habrá que hacerlo por el bien de la memoria del ballet académico. Si John Cranko, Georges Balanchine, Frederick Ashton, Maurice Béjart, Ugo dell’Ara o Rudolf Nureyev la usaron como arcilla modelable de sus personajes femeninos, debemos seguir aprendiendo de su marca y signo; el arte del ballet como suprema expresión de la armonía entre forma humana y movimiento musical. No olvidemos que su puente de plata es con Terpsícore, con el Arte con mayúsculas.

La capilla ardiente de Carla Fracci se ubicó en el foyer del Teatro alla Scala durante todo el viernes 28 de mayo. Es la primera vez en toda la historia del coliseo milanés que se instalaba allí un túmulo mortuorio para alguien del ballet. Siempre había estado reservado para la lírica y la gran música. Entre ellos, Arturo Toscanini en 1957 y Claudio Abbado en 2014. Pero hoy hay algo que contar: la decisión partió de la propia “prima ballerina assoluta”, que lo expresó como única e ineludible última voluntad. Todo un símbolo de resistencia. La dirección del Ballet del Teatro alla Scala, su máxima aspiración profesional, se la negó en repetidas ocasiones; y hoy son más que anécdotas la fragilidad de sus relaciones con los sobreintendentes de turno, de Fontana a Pereira. Fue ella, la Carla dura como pedernal, la que se enfrentó a burócratas y mediocres gestores exigiendo una verdadera compañía de carácter nacional y una gran escuela al estilo de la gran tradición fundacional europea. Nunca lo consiguió.

El día de la capilla ardiente, los tranvías de la línea 1 que pasaban delante del teatro hacían sonar una vez la campanita de aviso, tal como hacía Luigi Fracci, el padre de la bailarina, conductor de tranvía de esa línea, que la llevaba todos los días hasta la imponente puerta neoclásica a estudiar ballet y a labrarse un destino triunfal.