CÁCERES / Sobrecogedor Requiem de Victoria, magnífico recital de Alard y Schubert imprevisto en el sábado de Atrium Musicae

Sábado 31-I-2026. Cáceres. Concatedral de Sta.María. IV Festival Atrium Musicae. En coproducción con la Fundación Tatiana y en colaboración con el Cabildo Catedral de la Diócesis de Coria-Cáceres. El León de Oro. Director: Marco Antonio García de Paz. Schola Antiqua. Director: Juan Carlos Asensio. Un réquiem para la eternidad. Tomás Luis de Victoria: Officium defunctorum. Iglesia de Santa María. Garrovillas de Alconétar (Cáceres). Benjamin Alard, órgano. Obras de Hernando de Cabezón, Pablo Bruna, Abraham van den Kerkhoven, Louis Couperin, Francisco Correa de Arauxo, John Blow, Domenico Scarlatti y J.S. Bach. Gran Teatro de Cáceres. Manuel Walzer, barítono. Malcolm Martineau, piano. Sehnsucht (selección de canciones de Schubert).
La jornada del sábado 31 de enero de la presente edición del Festival Atrium Musicae se abrió con un evento de los que marca un festival, y cuya impresión perduró, para muchos, el firmante entre ellos, muchas horas después. Se dio esa conjunción perfecta para que un evento musical impacte de lleno en el corazón de quienes lo presencian. De entrada, un marco que no podía ser más apropiado, la cacereña Concatedral de Santa María. Después, la música, una de las partituras sacras más sobrecogedoras de la historia: El Officium Defunctorum que Tomás Luis de Victoria escribiera en memoria de la emperatriz María de Austria (fallecida en febrero de 1603), de quien el abulense había sido nombrado capellán personal por Felipe II. El Requiem de Victoria, con su polifonía magistralmente trazada, su austera pero estremecedora sobriedad, su solemnidad tan presente en cada nota como alejada de adornos y soporte instrumental alguno, está considerado con razón como la cumbre de la polifonía española del siglo de oro.
Pero si, además de música y marco, aquella se recrea en la forma y con la perfección con la que la escuchamos ayer, es literalmente imposible no sentir la más honda emoción. Las 13 voces del bien conocido grupo especialista en el canto llano, Schola Antiqua, que dirige Juan Carlos Asensio, se ocuparon de introducir la interpretación (que bien podríamos decir que más bien fue un ceremonial, uno de esos que te lleva a otro tiempo), y las 29 (creo, aunque pudo habérseme escapado alguna en el recuento) del coro asturiano León de Oro, que dirige Marco Antonio García de Paz, se centraron en la misa de difuntos del abulense.

La introducción de piezas adicionales, tanto de canto llano como de polifonía, enriquecieron ese emocionante ceremonial. Las invocaciones iniciales bajo el título Ad matutinum (escuchamos en ese tramo Domine labia mea aperies, Deus in Adjutorium, Circumdederunt me y el salmo 94 Venite exsultemus Domino) cantadas por el grupo de Asensio en lenta procesión desde el fondo de la nave de la Concatedral hasta el altar, seguidos del León de Oro, ya pusieron un nudo en la garganta. Después, el tradicionalmente añadido Taedet animam meam del propio Victoria y un responsorio inicial en canto llano, Qui lazarum resuscitasti. Posteriormente, la misa de difuntos propiamente dicha, con cada sección con su introducción correspondiente en canto llano y, en el caso del Dies Irae (no incluido por Victoria en su oficio de difuntos), con el himno completo en el llano. Se oyó, claro está, el motivo que, mucho más tarde, se haría popular en obras de otras épocas, con Berlioz a la cabeza. La otra pieza de Victoria tradicionalmente insertada, el motete Versa est in luctum, se escuchó antes del Agnus dei y no tras la comunión, como otras veces. La obra se cerró con otro responsorio victoriano, como suele ser habitual, el Libera me, Domine.
Esta misa de difuntos de Victoria nos sigue poniendo los pelos de punta 400 años después, y lo hace aún más cuando se nos ofrece como en esta jornada del festival cacereño. La sobria y solemne expresión de cada una de las voces de Schola Antiqua, y la belleza de algunas de esas voces (el solista encargado del prefacio y la poscomunión era realmente estremecedor) pusieron el mejor de los marcos. Y las voces, extraordinarias, del León de Oro, con una magistral dirección de Marco Antonio García de Paz, hicieron el resto. Victoria es sobrio, sí, pero cuando se canta
su música como la hemos escuchado aquí, con esa riqueza de inflexiones y matices, con esa redondez y empaste, con tan precisa afinación, es una creación de las que lleva nuestro espíritu a otra dimensión. Simplemente no es posible no sentir ese nudo en la garganta en muchos momentos, y uno de los que más sintió quien esto firma ocurrió sobre las palabras Tremens factus sum ego, et timeo, en el responsorio final. Literalmente, la congoja y el estremecimiento llevados al extremo.
Ante una experiencia así, me perdonarán los lectores el exabrupto puntual: no puede uno sino maldecir la incomprensible decisión que en su día arrancó esta (y otras) músicas de los templos para sustituirla por subproductos en busca de un populismo mal entendido que, por lo demás, tampoco creo que diera otros frutos que el de descartar tesoros como el escuchado hoy. Estaría por apostar que si Schola Antiqua y El León de Oro repitieran esta recreación en otros templos españoles la gente saldría como en esta ocasión salimos todos: tratando de digerir una experiencia musical de las que no se olvidan. Más aún, estaría por apostar que si se editara un disco con lo grabado ayer por Radio Clásica (estén atentos a su emisión), sería un éxito absoluto. Y creo no equivocarme si digo que en otros tiempos discográficos ya estaríamos asistiendo a un proyecto para registrar esta maravilla.
Por la tarde, el organista francés Benjamin Alard, ya asiduo de este festival, y que había abierto la presente edición con un recital en la Iglesia de Sta. María de la Asunción en Coria, al que no pudo asistir quien esto firma, ofreció un recital en una auténtica joya de la organería española, de hecho, un instrumento que se cuenta, entre los que están en uso, como uno de los más antiguos de España y de Europa. Abandonado durante años, el instrumento fue restaurado por Gerard de Graaf entre 1987 y 1990 en un proyecto impulsado decisivamente por Miguel del Barco y Carmelo Solís. No es esta reseña, obligadamente limitada, el lugar para extendernos en los detalles (fascinantes, por otra parte), pero recomiendo a los interesados en información detallada sobre el hermoso instrumento que exploren estos enlaces, donde la encontrarán: https://organodegarrovillas.es/ y https://santiagomolano.wordpress.com/wp-content/uploads/2018/10/c3b3rganos-organeros-y-organistasdef.pdf.
En 2018 se creó, como recoge el enlace citado, la Asociación Cultural “Domingo Marcos Durán” (con cuya colaboración se desarrolló el concierto), “con la única finalidad de colaborar en la conservación y promoción del órgano renacentista de Santa María de la Consolación de Garrovillas de Alconétar”.
El organista francés preparó un programa ejecutable en un instrumento que, aunque de origen renacentista, experimentó reformas importantes durante el siglo XVII, y que posee un solo teclado de 42 notas con octava corta. Se escucharon (con el templo lleno de un público encantado) obras de Hernando de Cabezón (Dulce memoriae, en memoria de su padre), Pablo Bruna (Tiento de segundo tono por Gesolreut sobre la letanía de la Virgen), Abraham van den Kerkhoven (Fantasía en re menor W 133), Louis Couperin (Tres fantasías), Francisco Correa de Arauxo (Dos tientos de medio registro de dos tiples, L VIII y L XIV), John Blow (Voluntary y Morlake Ground), Domenico Scarlatti (Sonatas K 287, 288, 328) y J. S. Bach (Sonata y Giga en re mayor “all imitatio gallina cucu” BWV 963, Canzona en re menor BWV 588 y una de las Chaconas recientemente identificadas como escritas por el Cantor, la BWV 1178 en re menor).
Alard, ni que decir tiene, evidenció su magnífica técnica y su inteligente uso de los registros partidos. La introducción de las Sonatas de Scarlatti pudo parecer algo forzada, por cuanto, aunque la interpretación fue espléndida, obligó a algunos cambios fulgurantes (entiéndase por fulgurantes algunos que apenas duraban un compás) de registro que requirieron una ágil, precisa y comprometida prestación del asistente (muy especialmente en las K 287 y 288). Pero nos hizo disfrutar de la hermosa (y poderosa, para el tamaño de instrumento que es) sonoridad de esta auténtica joya de la organería española. La segunda maravilla del día.

El tercer y último evento al que quien esto firma pudo asistir iba a ser un recital del gran barítono Florian Boesch, con el pianista Malcolm Martineau, que nos iban a ofrecer el Schwanengesang de Schubert. Pero en este invierno de clima crudo y virus desatados, Boesch ha sido víctima de estos últimos y tuvo que cancelar su actuación. Compareció en su lugar, con el mismo Martineau como acompañante, el barítono suizo Manuel Walzer que, bajo el título genérico Sehnsucht, ofreció catorce lieder de Schubert, bellísimos, como todos los de la pluma del austriaco, aunque con un carácter en el que el dominio de la sombría tristeza era absoluto. Lució Walzer una voz de muy atractivo color y timbre, con excelente emisión y sobresaliente fiato. Evidenció, sobre todo, un gran dominio de la media voz y de la sotto voce, llevada muchas veces al límite mismo del susurro. A quien esto firma, sin embargo, le quedó cierta impresión de que faltaron contrastes, inflexiones, reguladores de más amplio calado que dejaran mayor contraste y dotaran de más sentido y emoción a esos sutiles pianisimos que tan bien consigue. Tal como lo escuchamos, el imperio de los matices suaves fue tal que la impresión expresiva, la que se nutre del necesario contraste, quedó un tanto aplanada. Porque, al fin, los pianisimos adquieren su mayor sentido y tensión en función de un contraste que ayer no se produjo. Y es lástima, porque en algún fogonazo se vio que si el contraste no aparecía no era por falta de capacidad, sino por decisión del propio cantante. En todo caso, estamos ante un artista de indudable potencial. Estuvo magistralmente acompañado por Martineau (cuya labor, además del cambio de programa, no era nada fácil en ese contexto de matices tan suaves) y hay que agradecer, evidentemente, su disposición a acudir con tan poco tiempo tras la cancelación de Boesch. El éxito, con todo, fue grande, y Walzer regaló dos canciones más de Schubert. Creo que la primera fue Fahrt zum Hades D 526. La segunda, An die Musik D 547, la anunció el propio cantante. Pero pasado este intenso día, cuando se escriben estas líneas, ya iniciada la jornada siguiente, lo que queda en la memoria de este sábado extraordinario es la apabullante experiencia vivida con el sensacional Requiem de Victoria.
Rafael Ortega Basagoiti
Foto: Sandra Polo


