CÁCERES / Atrium Musicae IV: Brunello volvió a emocionar con Bach y Weinberg

Malpartida de Cáceres. Museo Vostell. 1-II-2026. IV Festival Atrium Musicae. Mario Brunello, violonchelo. Obras de J.S. Bach y M. Weinberg.
Antes de entrar en el comentario del concierto celebrado ayer en el Museo Vostell, debo hacer una aclaración al comentado anteriormente del propio Mario Brunello con Yulianna Avdeeva el pasado jueves. Apunté en la reseña correspondiente que no había encontrado en la partitura de Ustvolskaya indicaciones respecto a la disposición escénica de los atriles para el violonchelo y la utilización del arco de contrabajo en el tercer episodio. Tras la oportunidad que tuve ayer mismo de hablar con Brunello y preguntarle al respecto, me indicó que las indicaciones aparecen en el prefacio de la edición (al que yo no había podido acceder cuando localicé la partitura), de forma que debo rectificar lo que asumí en su momento, para que quede claro que tales indicaciones proceden de la propia compositora.
Entrando ya en la materia de ayer, el concierto se ofrecía bajo el título genérico de Bach Fluxus IV. Se han comentado anteriormente en estas páginas los episodios anteriores, por lo que no hay que insistir mucho en el concepto. Con ocasión del recital que en este mismo marco ofreció Benjamin Alard el año pasado, ya señaló mi compañero Andrés Moreno Mengíbar la filosofía del asunto: “Disolver el arte en lo cotidiano y des solemnizar el arte era el credo fundacional de Fluxus y nada mejor que integrar el arte en la naturaleza, hacer de la naturaleza arte y del arte naturaleza, en flujo (fluxus) interminable, sin principio ni fin.” Una idea muy acorde con el propio marco (el museo que Wolff Vostell fundó en 1976, hace ahora 50 años, en medio de la naturaleza extremeña) y la unión del repertorio pretérito, que en realidad es intemporal y eterno, como todo lo salido de la pluma bachiana (dos Suites, las números 1 en sol mayor BWV 1007 y nº 3 en do mayor BWV 1009, escritas entre 1717 y 1723), con el más actual (la Sonata nº 2 op. 121 para violochelo solo de Myeczyslaw Weinberg, de quien hace unos días este mismo intérprete, junto a la pianista Yulianna Avdeeva, nos ofrecía la Sonata op. 21 para violonchelo y piano.
Hemos escrito en ocasiones previas sobre el hacer del formidable artista italiano, con ocasión de sus interpretaciones bachianas en Granada y Madrid. Tras escucharle ayer de nuevo no cabe sino reiterar lo dicho. Bach, lo hemos dicho muchas veces, da pocas pistas, casi ninguna. Quizá, como apuntaba Brunello en la conversación posterior, se vuelven más explícitas, con el arco barroco en la mano, ligaduras que, con el arco moderno, parecen menos entendibles. Por lo demás, la propia desnudez de la música es una prueba de fuego para ver quién acierta con el fraseo, los acentos, las respiraciones, los énfasis, los retardos, las inflexiones. Ahí es donde el intérprete revela la inteligencia en manejar una dinámica para la que no hay indicación alguna.
Porque, aunque implícita, en ningún caso es inmediatamente evidente, y desde luego está abierta a concepciones de generosa amplitud y contraste, pero también a sobriedades más contenidas, más enfocadas a ligeras inflexiones de acentos y poco a ensanchar el espectro de matices. Se hace aquí bien cierto, tal vez más que en otras ocasiones, aquello de que la música está detrás de las notas, no en ellas. Ni que decir tiene que a todo ello hay que añadir el sonido, porque esta música de belleza quintaesenciada puede quedar fácilmente arruinada si quien la interpreta no es capaz de producir un sonido de belleza digna de las notas que reproduce y de la expresión que contiene, con la articulación y precisión de afinación que exige. Escuchamos ayer a Brunello no con el violonchelo piccolo con el que ofreció aquellas transcripciones bachianas de obras para violín, sino con su instrumento más habitual (entiendo que el Pietro Santo Maggini, c.1600).

Brunello no abusa del vibrato, pero tampoco lo rehúye, y lo mismo es aplicable a un fraseo que siempre llegó con fluidez, con naturalidad, con esa sensación bien lograda de que “lógicamente tiene que ser así” aunque, por supuesto (como mostró también Queyras hace unos días) sean posibles otros planteamientos. La genuina libertad, grandeza y fantasía de los Preludios, la saludable ligereza moderada de las Allemandes, la chispeante vitalidad de Courantes y Gigas, la elegancia de Minuets y Bourrées y la profunda expresión de las Sarabandes, convertidas en elemento que invita a la reflexión, llegaron con una intensidad y belleza realmente extraordinarias. Se omitieron algunas repeticiones, pero se respetaron especialmente las de las Sarabandes, adornadas con gusto y mesura.
Quien firma estas líneas tuvo el privilegio de escuchar las interpretaciones en primerísima fila (privilegio de la localidad, desde luego, pero también del marco, apropiadamente acogedor), y allí el hermoso sonido de Brunello, sus graves extraordinariamente resonantes convertidos en el mejor soporte armónico para la magistral (e inverosímil) polifonía elaborada por el genio del Cantor llegaron con tanta inmediatez y presencia como intensa emoción, una que contagió inmediatamente a todos y cada uno de los presentes, que asistían ensimismados a otra nueva sesión de magia musical en esta edición de Atrium Musicae.
Antes de la Primera Suite de Bach, Brunello (en su italiano bien comprensible para quienes no lo hablamos) explicó el interés de unir a Bach con Weinberg. Lo verbalizó en algunas sentencias bien explícitas: Bach proporcionó un nuevo universo para el violonchelo, Weinberg aportó un nuevo lenguaje para el instrumento. El Cantor trajo al violonchelo “la naturaleza de su música”, y el ruso de origen judeopolaco llevó “su propia vida [una tragedia, como es bien sabido] a la música”. Explicó Brunello que la Segunda Sonata de Weinberg era una obra esencialmente heroica y teatral, algo que quedó en evidencia cuando se escuchó la obra, después de la primera de las suites bachianas.
La Sonata fue escrita entre 1964 y 1965, y dedicada al inolvidable violonchelista del Cuarteto Borodin, Valentin Berlinski, que la estrenó en 1966. Sin embargo, doce años después, el Weinberg que gustaba (à la Bruckner, diríamos) de revisar continuamente sus obras, extendió la escritura y reescribió por completo el último tiempo. La obra pasó de tener el op 86 con que se conoció inicialmente al opus 121 de esta versión revisada, que es la que Brunello registró para el sello Arcana y la que escuchamos ayer.
Señalaba Brunello que cree que las Sonatas de Weinberg, en su teatralidad, cuentan, en realidad, historias. En sus palabras, se refiere a esta sonata hablando de “cuatro movimientos con un toque de heroísmo irónico, con citas de fanfarrias militares, podría ser la historia de un general que, pensando en el pasado, se da cuenta de que solo ha experimentado derrotas y pérdidas; una historia que combina orgullo y nostalgia, pesadillas violentas y sueños desvanecidos.”
La música, en efecto, no oculta la gran tensión que la impregna desde el mismo inicio. Los dos primeros movimientos (Andante y allegro) se interpretan sin pausa, en attacca, igual que los dos últimos (Adagio y Allegretto, que en la versión inicial era un Presto y que en la posterior culmina en un Lento-Adagio emocionalmente devastador). Hay, a lo largo y ancho de la página, ese impactante retrato que pocas veces encuentra remanso en un sufrimiento crudo, que reina a lo largo y ancho de la página. Matices extremos, reforzados con efectos inusuales (reforzar el peso del arco apoyando la mano izquierda sobre la punta para ciertos ataques con cuerdas al aire). Hay, desde luego, amargura, pasajes tenebrosos, hasta siniestros, incisivas disonancias en el registro más grave, siempre con una tensión despiadada que parece no encontrar respiro.
El adagio se presenta desolado, con efectos de eco a la vez estremecedores e inquietantes, con una angustia que asoma y crece hasta alcanzar tal intensidad que el arco, en un momento, saltó de las manos del artista italiano (que lo cazó con unos reflejos asombrosos). Dicho después con una sordina que añadió congoja a la melancolía, a la añoranza (sutiles evocaciones de música popular). Como ya comentamos en el concierto anterior con Avdeeva, estamos ante música que no hace prisioneros. El final de la obra, unos golpes ligerísimos de arco que casi se desvanecen en una cierta marcialidad que parece, entonces, derrotada definitivamente, resulta tan invitador a la reflexión como anímicamente devastador.
La interpretación de Brunello tuvo toda la intensidad y brutales contrastes que esta música despiadada demanda. No podía extrañar que la audiencia reaccionara con el entusiasmo con que lo hizo, en reconocimiento a un momento artístico único. Venía bien, como un bálsamo reparador, que tras esta turbulencia llegara la tercera suite bachiana para cerrar el recital con otro clima. El éxito fue muy grande y Brunello levantó aún más el ánimo con una brillante y rítmicamente imponente traducción del Intermezzo y Danza final de la Suite para violonchelo solo de Gaspar Cassadó. Una despedida maravillosa para un certamen que ha tenido, en lo que quien firma estas líneas ha podido presenciar, mucho contenido realmente formidable.
Rafael Ortega Basagoiti
(fotos: Sandra Polo)


