BRUSELAS / ‘Romeo y Julieta’ de Gounod: una velada salvada por los cantantes

Bruselas. Teatro Real de La Monnaie. 14-X-2026. Jeanine de Bique, Airam Hernández, Michael Arrivony, Travon D. Walker… Dirección musical: Valentina Peleggi. Dirección escénica: Julia Burbach. Gounod: Roméo et Juliette.
Para la apertura de su temporada lírica 26-27, el Théâtre Royal de La Monnaie de Bruselas —ahora dirigido por Christina Scheppelmann (la antigua directora artística del Gran Teatre del Liceu de Barcelona)— propone una nueva producción de Romeo y Julieta de Charles Gounod, obra rara en los escenarios belgas, pues ya no se había representado allí en versión escénica desde 1958. Impulsada por un trío artístico enteramente femenino —hecho aún excepcional en el mundo de la ópera—, esta producción reúne a la directora de escena alemana Julia Burbach, a la directora de orquesta florentina Valentina Peleggi y a la escenógrafa y figurinista Cécile Trémolières. Lamentablemente, el conjunto, pese a sus reales virtudes vocales, deja una impresión ambigua, la de una velada a medio tono en la que la llama nunca llegó a prender verdaderamente.
Julia Burbach optó radicalmente por la fidelidad: sin transposición, ni vídeo, sin reescritura ni personaje añadido. El espectáculo, sobrio y respetuoso con el libreto, se inscribe en una estética de «decantación» casi intemporal del mito shakespeariano. Sobre el papel, la intención es defendible. En escena, se revela deslucida. El dispositivo escénico de Cécile Trémolières, casi sin cambios a lo largo de los cinco actos, se basa en un muro finamente laminado, un telón de cuentas translúcidas y unos cilindros que suben y bajan desde las parrillas. El vestuario, lleno de color y fantasía, seduce a primera vista. Pero el conjunto se vuelve pronto monocorde, y la llegada de agua al escenario en el cuarto acto, recurso de moda en las últimas temporadas, apenas basta para reavivar el interés dramático.
La dirección de actores, a menudo elemental —la escena del baile inicial, la reyerta del tercer acto—, carece de urgencia teatral. La acción se concentra casi exclusivamente en Julieta, verdadero eje dramático, mientras que Romeo aparece en trampantojo, amante romántico manipulado tanto por el destino como por su entorno. Solo la escena del balcón, repensada como una acrobacia aérea en la que Julieta, doblada por una acróbata, desciende desde las parrillas en una suspensión poética, consigue verdaderamente la adhesión. Por lo demás, estamos ante un hermoso libro de imágenes, más contemplativo que teatral. Todo es limpio, claro, de buen gusto, pero nada arde.
La directora italiana Valentina Peleggi, que debutaba en La Monnaie con esta partitura rebosante de espléndidas melodías, sirvió la obra con concentración y seriedad, sin grandes alardes. Se elogiará de buen grado la autoridad de su batuta y la claridad de su lectura. Pero la pasión, el arrebato, la fiebre que exige esta partitura —cuatro dúos de amor de una intensidad poco común— difícilmente emergen. La dirección sigue siendo demasiado poco ardiente, «en aguas tibias», y el lirismo de Gounod, tan generoso, queda como embotado.
Afortunadamente, el reparto vocal viene a reanimar una velada que, sin él, habría caído en una amable indiferencia. Jeanine De Bique, en su debut en La Monnaie, encarna a una Julieta verdaderamente incandescente. Su debut en el papel triunfa, largamente ovacionado por el público. La soprano impone una presencia escénica magnética y una emoción comunicativa que por fin dan carne a esta heroína trágica. Frente a ella, Airam Hernández presta a Romeo un compromiso total, en sustitución de su compatriota Ismael Jordi, anunciado enfermo. El tenor español, que también debuta allí, demuestra una valentía y una generosidad vocales, al igual que su inolvidable Don José en el Capitole de Toulouse el pasado junio.
En cuanto a los comprimarios, la mezzosoprano francoalemana Florence Losseau compone a un Stéphano travieso y bien timbrado, cuya aria «Que fais-tu, blanche tourterelle ?» estalla con una insolencia regocijante. Rehanna Thelwell presta a Gertrudis una calidez maternal y una dicción nítida, sin caricaturizar nunca a la nodriza. Travon D. Walker encarna a un Tybalt nervioso, de línea de canto tensa y presencia física convincente; su enfrentamiento con Mercutio es uno de los pocos momentos en que el escenario realmente se enciende. Taeksung Kwon, un Benvolio más elegante que apagado, aporta un bello color de tenor y una verdadera musicalidad. Michael Arivony, Mercutio, quizá carece de una pizca de locura, pero su «Balada de la Reina Mab» está muy bien cantada, con un legato limpio y un fraseo cuidado. Leander Carlier, Paris, convence por su juventud y sobriedad; Oleg Volkov, Gregorio, y Maxim Kuzmin-Karavaev, Fray Lorenzo, completan el reparto con un oficio seguro, este último dando al papel una autoridad dulce y una bella profundidad. Todos merecen ser citados por la solidez de su canto y la claridad de su articulación. Solo Werner van Mechelen, como Duque de Verona, parece sin aliento, con la voz gastada y la autoridad en baja.
Emmanuel Andrieu
(fotos: Simon Van Rompay)


