Brujas, el concurso que no regala primeros premios: una historia del clave hasta el triunfo de Irene Roldán

Hay concursos que se celebran para otorgar un premio y otros que, con el tiempo, acaban convirtiéndose en una referencia para toda una especialidad. En el mundo del clave y de la interpretación históricamente informada, el Concurso Internacional de Brujas pertenece claramente a la segunda categoría. Durante décadas, su historia ha ido de la mano de la consolidación del instrumento y de la música antigua en la vida musical europea.
El concurso nació en 1964, inicialmente dedicado al órgano, y en 1965 se celebró por primera vez la competición de clave. Eran años decisivos: la recuperación de la música antigua estaba dejando de ser territorio de unos pocos especialistas para convertirse en un movimiento que acabaría transformando profundamente nuestra manera de interpretar buena parte del repertorio occidental. Y Brujas se convirtió muy pronto en uno de sus grandes lugares de encuentro.
Por sus jurados pasaron figuras que estaban construyendo esa nueva manera de entender la interpretación: Gustav Leonhardt, Isolde Ahlgrimm, Kenneth Gilbert, Scott Ross, Christopher Hogwood, Trevor Pinnock, Davitt Moroney, Christophe Rousset y tantos otros. Presentarse allí significaba tocar ante algunos de los músicos que estaban marcando los criterios interpretativos de toda una generación.
Pero el prestigio de Brujas se explica también por algo mucho más concreto: ganar el primer premio ha sido siempre extraordinariamente difícil. Tanto que, durante buena parte de su historia, el jurado prefirió dejarlo desierto antes que concederlo sin estar plenamente convencido.
Ya ocurrió en la primera edición de clave, en 1965, y volvió a suceder muchas veces después. Scott Ross obtuvo el primer premio en 1971 y tuvieron que pasar doce años hasta que Christophe Rousset volvió a conseguirlo, en 1983. Ese año, por ejemplo, Pierre Hantaï fue segundo. Ton Koopman, Christopher Hogwood y otros nombres fundamentales de la música antigua fueron premiados o distinguidos en Brujas sin llegar a obtener aquel primer puesto. Visto con los años, el palmarés parece casi un mapa de la historia moderna del clave.
Después llegaron otros primeros premios que hoy reconocemos inmediatamente: Béatrice Martin, Benjamin Alard, Jean Rondeau, Justin Taylor, Andrea Buccarella o Maciej Skrzeczkowski. No se trataba solo de medir virtuosismo. Se buscaban técnica, conocimiento estilístico y capacidad de adaptación, pero también personalidad y criterio: la sensación de estar ante un intérprete que tenía realmente algo propio que decir.
En el clave, esa capacidad de adaptación se ve además con especial claridad. En Brujas había que tocar instrumentos muy distintos entre sí, cada uno con su mecánica, sus proporciones y su respuesta, y encontrar rápidamente la manera de hacer funcionar sobre ellos un repertorio preparado durante meses.
Yo participé en la edición de 2001 y aún recuerdo muy bien aquella sensación. Éramos 109 clavecinistas y aquel año no se concedieron ni el primer ni el segundo premio. Tuve además la fortuna de ser laureado junto a mi actual compañera del Real Conservatorio Superior de Música de Madrid, Silvia Márquez Chulilla, y de que ambos recibiéramos una mención de honor. Para dos clavecinistas españoles, en un concurso que reunía a más de un centenar de especialistas de todo el mundo, aquello tuvo un valor enorme.
Pero después de veinticinco años uno recuerda también cosas bastante menos solemnes. Había que tocar varios claves y me acuerdo especialmente de uno que tenía unas teclas extraordinariamente estrechas. Paradójicamente, parecía el clave perfecto para tocar Scarlatti. Y ese era precisamente el problema. Cualquiera que haya tocado algunas de sus sonatas sabe bien lo que implican los saltos, los cruces de manos y los desplazamientos rápidos de un extremo al otro del teclado. Con aquellas teclas tan estrechas, un pequeño error de cálculo podía llevarte bastante lejos de donde habías pensado aterrizar. Era el clave perfecto para Scarlatti siempre que uno tuviera la amabilidad de no equivocarse de tecla. Y, aun así, unos cuantos nos atrevimos a hacerlo.
Puede parecer una anécdota menor, pero resume bastante bien lo que suponía aquel concurso. No bastaba con llevar el programa preparado. Había que reaccionar, adaptarse, asumir riesgos y seguir haciendo música mientras cada detalle era observado. Brujas permitía, además, comprobar de una manera bastante directa dónde estaba el nivel internacional.
La presencia española en el concurso ha sido tradicionalmente escasa. En 2001 estuvimos Silvia Márquez Chulilla y quien escribe estas líneas entre los laureados; en 2023, el jovencísimo Rodrigo Belío volvió a situar un nombre español entre ellos. Son antecedentes que ayudan a poner en perspectiva lo sucedido ahora.
Porque la situación del clave en España también ha cambiado. Durante mucho tiempo nuestra especialidad se desarrolló con retraso respecto a países como Países Bajos, Bélgica, Francia, Alemania o Reino Unido: menos instrumentos, menos tradición académica y menos posibilidades de entrar en contacto de forma habitual con los grandes centros europeos. Las nuevas generaciones han crecido en un contexto muy distinto. Viajan, estudian fuera, conocen escuelas distintas y conciben con naturalidad su formación y su carrera dentro de un espacio internacional.
Y es precisamente ahí donde debe situarse lo ocurrido en 2026: Irene Roldán ha ganado el primer premio del MA Competition de clave. Dicho así, podría parecer una noticia más sobre un concurso internacional. No lo es. Ganar Brujas no significa solo quedar por delante de los demás candidatos. Significa alcanzar un nivel que, históricamente, el propio concurso se ha reservado el derecho a considerar no alcanzado. Por eso tantas veces el primer premio quedó desierto y por eso los nombres de quienes sí lo consiguieron adquirieron inmediatamente un peso especial.
En el ámbito del clave, la comparación con los grandes concursos pianísticos no me parece exagerada, siempre que se entienda como una analogía de prestigio dentro de cada especialidad. Para un pianista, el Concurso Chopin de Varsovia o el Van Cliburn son mucho más que una clasificación: pueden cambiar una carrera y situar inmediatamente a un intérprete bajo la atención internacional. Brujas ocupa desde hace décadas un lugar semejante dentro de la música antigua y, particularmente, del clave. Naturalmente, ningún concurso convierte por sí solo a nadie en un gran músico ni garantiza una carrera. Pero hay premios cuya dificultad obliga a tomarlos muy en serio. El de Brujas es uno de ellos.
Y en el caso de Irene Roldán hay además una dimensión que nos toca especialmente de cerca. No estamos hablando de una buena participación, de alcanzar una final o siquiera de convertirse en laureada. Estamos hablando de ganar el primer premio y de colocar por primera vez a una clavecinista española en lo más alto de uno de los palmarés fundamentales de nuestro instrumento.
Para quienes conocemos Brujas desde dentro, la noticia tiene inevitablemente una resonancia especial. Pienso en aquel 2001, en los 109 candidatos, en un primer y un segundo premio que quedaron desiertos, en Silvia Márquez Chulilla y en mí mismo recibiendo aquella mención, y también en aquellos instrumentos a los que había que adaptarse en cuestión de minutos y en aquel clave de teclas estrechísimas en el que unos cuantos decidimos que era una magnífica idea jugarnos una sonata de Scarlatti.
Veinticinco años después, una clavecinista española, Irene Roldán, ha ganado el primer premio. Y eso, en Brujas, significa mucho.
Yago Mahúgo


