BRNO / Robert Carsen abre el Festival Janáček con unas divertidísimas ‘Excursiones del señor Brouček’

Brno. Národní divadlo Brno. 3-XI-2024. Nicky Spence, Daniel Matoušek, David Szendiuch, Doubravka Novotná, Jan Šťáva, Andrea Široká, Jana Horáková Levicová, Daniel Kfelíř, Tadeáš Hoza, Vít Nosek, Ondřej Koplík, Petr Karas, Pavel Valenta. Dirección musical: Marko Ivanović. Dirección de escena: Robert Carsen. Leoš Janáček: Las excursiones del señor Brouček.
La 9ª edición del Festival Janáček de Brno, la cita bianual que la ciudad donde vivió dedica al compositor moravo, arrancó este pasado fin de semana con una nueva coproducción de su quinta ópera, Las excursiones del señor Brouček, junto a la Staatsoper de Berlín y el Teatro Real de Madrid. Una ópera que, a pesar de ser la única que se estrenó en Praga tras el enorme éxito que significó el tardío estreno de Jenůfa en la capital checa, fue recibida con frialdad y nunca entró en el considerado canon janáčekiano que, además de la mencionada Jenůfa, incluye a sus cuatro últimas: Katia Kabanová, La zorrita astuta, El caso Makropulos y De la casa de los muertos. Tampoco le alcanzó la Janáček reinassance de las dos últimas décadas del siglo XX que “bendijo” Sir Charles Mackerras, y rara vez se programa.
La ópera tuvo un proceso de creación tortuoso. Janáček buscó inspiración en las populares novelas del poeta Svatopluk Čech, quien quizás influido por el éxito de las de Julio Verne, envió a Matěj Brouček, un casero borrachín del centro de Praga carcomido porque sus inquilinos no le pagan la renta, primero a la Luna y luego al pasado, a las guerras centroeuropeas del s. XV. Las excursiones oníricas no fueron reales sino fruto de su embriaguez, pero el resultado fue una parodia literaria que reflexiona sobre la identidad nacional checa de forma francamente surrealista. En un periodo de su vida con una fuerte crisis existencial, en guerra permanente con el director del Teatro Nacional de Praga y con problemas domésticos perennes en casa, Janáček cambió varias veces de libretista durante los ocho años que tardó en concluirse. A través de la figura grotesca del protagonista, Janáček dispara con cierto grado de humor mordaz contra la inteligencia cultural de Praga a la que sitúa en la Luna, y contra la misma esencia del ciudadano checo desde la Edad media.
Quizás nadie mejor que Robert Carsen para darle una nueva oportunidad a este desafortunado Brouček. El canadiense, que lleva años dedicándose al compositor moravo, ha puesto en escena seis de sus óperas –entre ellas la también problemática Osud / Destino para el Festival de 2020– y sigue siendo un valor seguro. En esta ocasión traslada la acción de las dos “excursiones” a finales de la década de los 60 del pasado siglo. El viaje de Brouček a la Luna no es una travesía hacia el futuro como significaba en 1917 cuando se compuso sino a la más rabiosa actualidad de 1969. Él mismo participa en el Apolo 11 y acompaña a Armstrong, Aldrin y Collins en su misión espacial, una misión que todos vemos a través de una antigua televisión en el blanco y negro de aquellos años con la que Radu Boruzescu, el escenógrafo habitual de Carsen nos enmarca la acción. Esa misma televisión nos sirve para el otro viaje de Brouček.
Las guerras entre los rebeldes husitas checos liderados por Jan Žižka y los ejércitos alemanes del Sacro Imperio Romano Germánico en la Praga de 1420 quedan demasiado lejos en el tiempo. Así que Carsen se queda en la misma época, solo un año atrás, en la Primavera de Praga de 1968. En esta ocasión, los checos no luchan contra el Imperio del s. XV sino contra la URSS de la Guerra fría. Como todas estas traslaciones, tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Los problemas de “ajuste” entre el original y la versión de Carsen son muchos, pero en este caso y aunque es probable que ponga de los nervios a los más puristas, podemos obviarlos ya que el resultado es estimulante y francamente divertido. Además, todo el equipo escénico ‒los vestuarios de Annemarie Woods, la iluminación de Peter van Praet y el mencionado Boruzescu‒ apuesta por el humor, la luz, la brillantez y el buen gusto, abandonando la oscuridad y el feísmo que caracteriza la horrorosa época del Koncept en la que vivimos.

La producción está llena de detalles engarzados a través de las imágenes de televisión de la época. El resultado es visualmente muy atractivo y por momentos desternillante, aunque irremisiblemente, Carsen cae en el error que ya mencionaba Janáček a su musa Kamila Stösslová: “Brouček es un hombre corriente, sin ninguna utilidad práctica, que maldice al mundo, que no ve más allá de su patio trasero, y se pasa la vida con una jarra de cerveza en la mano”. Eligió un personaje así para que fuera un ser repugnante y odioso, alguien que no se mueve por nadie y que solo piensa en llenar su estómago. El tipo de checo medio al que quería parodiar. Sin embargo, esa repugnancia puede transformarse en pena, lástima y compasión, y al final, el personaje cae bien y se convierte en una especie de antihéroe. Y Carsen cae en ello, convirtiendo a Brouček en un personaje zafio y simplón, pero también simpático y enternecedor.
En la parte posterior de una hospoda, hay dos tanques de cerveza checa gigantes mientras los parroquianos ven en la televisión las imágenes del Apollo 11 llegando a la Luna. Se van todos a casa mientras Brouček duerme su borrachera en uno de ellos que se transforma en una nave espacial. A partir de ahí, Brouček se monta en el Rover lunar, despliega una gran bandera checa sobre la superficie, asiste al “Templo lunar de las Artes” convertido aquí en un “Moonstock”, lleno de hippies de la época del flower power. En fin, toda una parodia del festival de Woodstock de 1969, donde vemos entre otros a Janis Joplin, a los Who o a la Creedence Clearwater Revival, e incluso por momentos parecemos atisbar a un Bob Dylan o a unos Beetles que no actuaron allí. También podemos imaginarnos en lo que se convierte la comida lunar a base de esnifar flores, puro LSD. En la segunda parte, cuando viaja a la Primavera de Praga de 1968, vemos imágenes de Alexander Dubček, de su liberalización cultural y económica, de la invasión del país por la URSS liderando las tropas del Pacto de Varsovia, del estudiante Jan Palach que murió inmolado en la Plaza de San Wenceslao, y del legendario partido del Mundial de hockey en Estocolmo en que Checoslovaquia ganó a la Unión Soviética y que, convertido en el símbolo de la lucha contra la ocupación, provocó la caída final de Dubček.
El tenor escocés Nicky Spence, que fue un excelente Albert Gregor en El caso Makropulos de la edición anterior, y que recibió la medalla de la Fundación Janáček junto al musicólogo británico Nigel Simone en la previa de la función, hace aquí una recreación sobresaliente del personaje. Aunque ya lo hemos disfrutado en ocasiones anteriores, nos sigue sorprendiendo su capacidad para cantar con la entonación y el acento tan característico del idioma checo, encomiable para un extranjero Su voz de lírico pleno es caudalosa y timbrada, y aunque sigue siendo un tanto tosco en el canto, éste es cada vez más pulida y sobre todo impone su dominio escénico y su interpretación de ese personaje ramplón, llorón y tanto fanfarrón que se convierte en un auténtico antihéroe. Te hace vivir sus continuas incoherencias con una sinceridad apabullante. Ni es un héroe, ni quiere recuperar los valores morales de la nación checa, ni entiende por qué tiene que luchar contra los alemanes -aquí los soviéticos- aunque le tachan de antipatriota. Su máxima aspiración es dormir su borrachera tranquilamente y sin sobresaltos. Impagable su escena cuando acusado de traidor es condenado a morir… en un barril de cerveza, y recibe los golpes de los jugadores del equipo checo de hockey.

Excelente también las prestaciones de Daniel Matoušek y Doubravka Novotná en los papeles de las tres parejas de amantes: Mazal / Malinka en la taberna, Blankytny / Etherea en la luna y Petrik / Kunka en la Praga de 1968. Matoušek destacó por un canto serio, ampuloso y timbrado, y Novotná por una voz fresca y radiante, con punta en el agudo y por una creación de sus personajes muy notable. Los otros dos personajes principales, el sacristán y el tasquero Würfl y sus distintas némesis en la Luna y en 1968 fueron interpretados con suma solvencia por los bajos–barítonos David Szendiuch y Jan Šťáva, mientras que el resto del elenco cumplió con creces tanto desde el punto de vista vocal como teatral.
A los mandos de la nave, un Marko Ivanović de gesto claro nos dio una lectura correcta, con todo en su sitio aunque algo ayuna de brillo, de los acentos y de la intensidad que hemos visto a otros maestros en este foso en el pasado. La orquesta brilló en un lenguaje que domina como pocas y más aún el estupendo coro de la casa, para el que la compleja partitura de Janáček no supuso ningún problema.
A pesar de los pequeños reparos comentados anteriormente, el público aceptó de buen grado la propuesta aplaudiendo a rabiar durante cerca de 10 minutos. La producción de Carsen, que termina con un tanque soviético irrumpiendo en el bar donde Brouček y el resto de los parroquianos apuran sus cervezas, resitúa en el mapa esta compleja ópera de Janáček, inferior sin duda a las cinco del canon pero con momentos musicales excelentes llenos de poesía, lirismo y sensibilidad, y que hecha de esta manera tan divertida y profesional gana muchos enteros. Esta próxima primavera se podrá ver en Berlín con la batuta de Sir Simon Rattle, y en un futuro esperemos no muy lejano también en Madrid.
Pedro J. Lapeña Rey
(fotos: Festival Janáček Brno / Marek Olbrzymek)


