Voces isósceles

Isósceles: dícese del triángulo que tiene dos lados iguales. Es decir, que viene constituido por una base y dos lados que confluyen en un ángulo por lo general agudo; aunque también puede ser recto y de más grados. Imaginemos un cono cortado verticalmente; o, y esto es muy gráfico, la típica tienda india. Cualquiera, por tanto, puede hacerse una idea de esta figura geométrica que nos viene al pelo para forjar mentalmente el concepto que queremos desarrollar aquí brevemente: las voces isósceles.
Se trata de aquéllas que, sobre la base imprescindible del apoyo canónico –ya se sabe: diafragma, abdominales, intercostales, músculos que sostienen, administran y proyectan el aire creando la presión subglótica que incide en la cuerdas vocales-, se edifican, naturalmente, hacia arriba, por peldaños, como todas, pero en un progresivo y paulatino adelgazamiento, en el que van perdiendo poco a poco carne, densidad, lustre, fulgor y brillo, empequeñeciéndose hasta quedar, ya en tesitura alta, prácticamente sin presencia, con un apoyo escaso y una vibración pálida, exangüe. La columna de aire, poderosa en un principio, se ha visto estrechada en su proyección hacia lo alto. Los bordes del sonido se cierran alarmantemente en esa escalada y ofrecen un aspecto debilucho y desdibujado. Es el momento en que entra en acción el falsete y sonoridades vecinas, más o menos reforzadas; no por una búsqueda de expresión o persiguiendo un colorido más fino, sino por incapacidad del cantante, generalmente masculino: a los hombres siempre les cuesta más emitir y atacar la zona superior de su tesitura.
Los ejemplos más claros los tenemos en la voz de tenor; y no de ahora, sino también de tiempos pretéritos. Uno que nos viene como anillo al dedo por cuanto es reciente y hemos tenido ocasión de escucharlo en su recital del Teatro de la Zarzuela de hace unas semanas, es el del inglés Ian Bostridge, tan afamado y cotizado actualmente. Es cantante refinado y expresivo, no cabe duda, dice bien y, en su curioso deambular por el escenario, en el que adopta un aire familiar, con paseos incluidos, como si estuviera ensayando tranquilamente en su casa, sabe jugar con dinámicas y regula satisfactoriamente, con cuidado y línea. Pero es un claro prototipo de voz isósceles, lo que hace perder personalidad a su canto, que se adelgaza ñoñamente en cuanto accede a la franja superior. En efecto, no acaba de sortear con pericia el pasaje y el sonido, más arriba del mi, tiende a aligerarse en emisión abierta y una coloración cada vez más diluida. Es un lírico-ligero con una base grave amplia e incluso ancha, dotada de cierta prestancia, aunque diste de ser bella, pues el timbre resulta con frecuencia nasal y, en ocasiones, con adherencias de gola.
En su viaje al agudo el instrumento se destimbra y se hace ligero, estridente, opaco y los agudos suenan forzados y descolocados; pequeños y sin personalidad; emitidos, además, sin vibración y conseguidos mediante extrañas contorsiones. El cuello se alarga y la cabeza, en vez de mantenerse alta, se orienta hacia el suelo y la figura física se hace menos esbelta y pierde la verticalidad que ofrece normalmente. Es un hombre alto y muy delgado. Todo ello porque, de natura, el artista, no da más de sí y porque la técnica, buena para la articulación, la dicción y para obtener un legato muy apreciable, no es capaz de propulsar un sonido sano, que repercuta en los resonadores altos. Una voz que se queda a medio camino. No resuelve los problemas de esa franja elevada; como sí los resolvía con fortuna un ilustre antecesor, asimismo buen servidor de la música de Britten y otros ingleses, Peter Pears, que tampoco tenía una voz del otro jueves, pero que sabía obtener unos réditos mayores a base de conocimiento del métier; aunque el sonido no fuera, ni mucho menos, bello. Pero era más amplio y, aunque en él predominaban las notas de cabeza afalsetadas, todo tenía una mayor prestancia.
No es, por supuesto, Bostridge un ejemplar único en el firmamento actual; ni en la prehistoria o historia del canto moderno. Es de la estirpe, aunque siempre se pueden establecer diferencias ostensibles, de esos tenores de raíz germana, nórdica o inglesa, a veces verdaderos maestros en la dicción y en la expresión del lied, hábiles comúnmente para el manejo de la voz de cabeza. Recordemos los nombres de Karl Erb, Julius Patzak, Aksel Schötz, Helmut Krebs, Gerhard Unger, Kurt Equiluz, Peter Schreier, Louis Devos, Stuart Burrows, Robert Tear o Ian Partridge, los tres últimos precisamente compatriotas de Bostridge. Como Rufus Müller o Nigel Rogers. Casi siempre buenos Evangelistas de las Pasiones de Bach (que, en realidad, deberían ser cantados por voces de mayor entidad dramática). Otro tenor, asimismo de esta cuerda variada de los ligeros o lírico-ligeros, es Christoph Prégardien, buen liederista, atinado fraseador, pero aquejado del mismo mal geométrico.
Claro que también hay barítonos que siguen una configuración vocal similar. Ya hemos mencionado en este blog a Matthias Goerne, cuya voz, oscura y templada, permanentemente engolada, se estrecha asimismo en la zona alta, se afalseta y se ve privada de los brillos naturales que concede la emisión canónica. Al escuchar estos instrumentos uno sufre porque no aprecia cómo podrían encontrar el camino justo del apoyo suficiente, del sostén adecuado que permitiera que esa columna de aire que viaja al exterior para hacerse sonido, no tuviera esa apariencia isoscélica, sino que, al menos, adquiriera la del corte vertical de un cono truncado o, mejor, la de un trapezoide de base ancha y línea superior paralela no mucho menor.
Lo mejor, pero imposible, sería que las voces en su escalada hacia arriba fueran más paralelepipédicas, se constituyeran, efectivamente, como figuras de anchura continua, de tal manera que las sonoridades de cabeza en plenitud tuvieran la misma o parecida consistencia que las del medium o del grave. Esa fue la razón de que, a principios del siglo XIX, cambiara la técnica de emisión: obtener una personalidad sonora igual en toda la gama. En el agudo, con el refuerzo de los resonadores. Elegir el triángulo isósceles revela falta de preparación, comodidad o vaguería criticables. Para las voces de tenor ligeras o lírico-ligeras el ejemplo a seguir es hoy el de Juan Diego Flórez. En esto, en el modo de emitir, no deberían existir escuelas. Éstas han de actuar, eso sí, a la hora de matizar, de pronunciar, de expresar. Gran parte de lo dicho podría aplicarse, desde luego, a todo tipo de voces, incluso las femeninas; pero las hijas de Eva saben resolver, de natura en ocasiones, por lo general estos problemas geométricos y dar a su emisión una imagen más enjundiosa, plena, ancha, igual y potente.
Arturo Reverter


