BILBAO / ’Otello’ y la dulzura de Desdémona

Bilbao. Palacio Euskalduna. 17-I-2025. Temporada de ABAO Bilbao Opera. Jorge de León, Ermonela Jaho, Claudio Sgura, Mikeldi Atxalandabaso, Anna Tobella, Vicenç Esteve, Fernando Latorre, José Manuel Díaz, David Aguayo. Coro de Ópera de Bilbao. Coro infantil de la Sociedad Coral de Bilbao. Sinfónica de Kiev. Director musical: Francesco Ivan Ciampa. Director de escena: Ignacio García. Verdi: Otello.
Son pocas las óperas que resisten con tanta fuerza el paso del tiempo, las modas y las oscilaciones del gusto como Otello. En ella laten deseos, temores y contradicciones que muestran al ser humano entre los extremos del bien y del mal, como si escondiera un mapa de las emociones íntimas de sus personajes principales. De ellos suele destacarse el de Yago por su aura de crueldad, su poder destructivo y su brutal hipocresía, por ser “la envidia y la maldad personificadas” según lo veía el propio Boito, aunque Verdi pensaba que es Otello “el que de verdad actúa, ya que ama, sufre celos, mata y resulta muerto”.
Lo inusual de esta representación bilbaína fue ver destacada la figura de Desdémona de la mano de una Ermonela Jaho maravillosa de inicio a fin, dando la prueba de que la tensión teatral y musical solo alcanza su potencia cuando se equilibra con momentos de distensión. Quizás estemos acostumbrados a voces más densas en el papel, pero la dulzura que mostraba en su canto se transformaba en un poder que, en ese mundo de hombres duros que exaltan la fortaleza, permitía a Desdémona revelar lo profundo de nuestra capacidad de sentir. Después de frasear espléndidamente a lo largo de toda la ópera, su cuarto acto resultó modélico por la melancolía de su “Canción del sauce” (con pianissimi de muy buena factura), su emocionante despedida de Emilia y un “Ave Maria” delicado hasta el dolor.

En Jorge de León, la entrega incondicional se une a una voz importante por su potencia, su expansión y su sonoridad, pero no hay tenor que no pase apuros en el papel de Otello. Su estilo se amoldó a los pasajes que retratan el lado heroico (“Ora e per sempre addio!”), atormentado (“Dio! Mi potevi scagliar”) o siniestro (“Anima mia, ti maledico!”) del personaje más que a las preciosas líneas del gran dúo de amor, donde se mostró algo avaro en matices. Todo ello acrecentó su distancia con la figura de Desdémona. Claudio Sgura fue Yago en toda su estatura, oscuro y manipulador, un “demonio capaz de mover cielo y tierra” (Verdi), con buena presencia vocal pese a evitar los agudos en el brindis del primer acto. En él se lució el impecable Cassio de Mikeldi Atxalandabaso, la cabeza más visible de un magnífico grupo de secundarios.
Al frente de todos, Francesco Ivan Ciampa se hizo notar con una dirección enérgica, directa y precisa, no especialmente poética en los momentos más intimistas. No faltaban razones para escuchar con respeto —y aplaudir— a la Sinfónica de Kiev, aunque se vieran no pocas fisuras una vez relajado el extraordinario vigor inicial de la obra. También exhibió potencia el Coro de Ópera de Bilbao, presente hace una década exacta en este sobrio y visualmente austero montaje de Ignacio García que no convence hoy igual que no lo hizo entonces. Dados los tiempos que corren, algunos valorarán que permite a la música respirar con claridad, pero la ausencia de atmósfera y de una mirada teatral propia acabó derivando el foco al talento de los cantantes para exponer sus personajes, tan complejos y humanos, a todas sus luces y sombras.
Asier Vallejo Ugarte
(fotos: Enrique Moreno Esquibel)


