BILBAO / El mundo era suyo

BILBAO / El mundo era suyo

Bilbao. Palacio Euskalduna. 6-II-2021. Lisette Oropesa, soprano. Rubén Fernández Aguirre, piano. Obras de Mercadante, Donizetti, Schubert, Poulenc, Bizet, Rossini, Bellini, García, Massenet y Meyerbeer.

A esta hora, la pandemia se ha llevado por delante tres de los cincos títulos de la temporada de la ABAO y está por ver qué pasa con el quinto, Tosca, programado para finales de mayo. Los recitales compensan mínimamente los daños. Son malos tiempos para la lírica pero las buenas voces siguen existiendo y de vez en cuando regalan noches como la del sábado en el Euskalduna, en la que Lisette Oropesa salió con la única intención de darle al público lo que quería: la certeza de que el buen canto siempre gana la partida. Oropesa no arrancó con un ¡boom! que rompiese drásticamente todos estos meses de sequía sino con dos canciones de Mercadante que parecían miniaturas inapreciables, diminutas por la simplicidad de su música, en las cuales la voz mostró ya su presencia, creando un mundo que era suyo, con una amplitud, una igualdad, un cuerpo y un color que sedujeron desde el principio.

Oropesa hizo Nanetta en este mismo escenario hace más de una década y dejó muy buena impresión, pero la Oropesa de hoy es una cantante superior. Y ama apasionadamente lo que hace. Las dos canciones de Donizetti brillaron por la capacidad de ver todos los matices, que en el compositor de Bérgamo son siempre claros. Tras un Schubert italiano y dos breves canciones de Bizet, llegaron los mejores momentos de la noche con el aria “Non si da follia maggiore” de Il turco in Italia y la gran escena final de La sonnambula, en las que la soprano hizo todos los alardes a su alcance, desde unos impecables trinos hasta unos filados de cortar el aliento y unos agudos (no tanto los sobreagudos) clavados como espadas. En su canto se entremezclaban la expresión poética, la sensual y la ensoñadora. También en “Adieu, notre petite table” de Manon y en “O beau pays” de Les Huguenots estuvo espléndida, pero ninguna de las dos piezas consiguió liberarse del poderoso cerco de Bellini.

Rubén Fernández Aguirre fue un camarada siempre fiel y juntos se embarcaron fuera de programa en dos bises, “Caro nome” de Rigoletto y “Carceleras” de Las hijas de Zebedeo, que convirtieron toda la parte final del recital en un auténtico chorreo de clásicos.