BILBAO / BOS: voces de la naturaleza

Bilbao. Palacio Euskalduna. 2-X–2026. Vanessa Goikoetxea, soprano. Orquesta Sinfónica de Bilbao. Director: Eduardo Strausser. Obras de Wagner, Strauss y Prokofiev.
La BOS iniciaba con este programa una temporada articulada sobre la idea del ‘Bosque” como espacio en el que, siendo diferentes, convivimos, nos necesitamos y encontramos armonía en la diversidad. Y esa diversidad se refleja en la apertura a músicas de diferentes épocas y la presencia de una amplia nómina de directores invitados que cubren la ausencia de director titular desde la salida de Erik Nielsen en 2024, cada uno de ellos con su impronta en su manera de trabajar, de escuchar y de hacer música. Algunos se pondrán al frente de la orquesta por primera vez, como Fabio Biondi o Françoise Leleux, mientras que otros volverán después de haber dejado muy buen recuerdo en sus anteriores visitas.
A este segundo grupo pertenece el brasileño Eduardo Strausser, quien en abril del pasado año demostró estar dotado de aquello que persiguen los artistas: carisma natural además de elegancia, naturalidad y capacidad para iluminar al equipo. También esta vez se presentó como uno de esos directores que transmiten una enorme emoción por hacer música. Fue así en los “Murmullos del bosque” de Siegfried, precedidos por unos hermosos versos de la poeta Leire Bilbao —artista residente durante la temporada— que, sin embargo, poco podían sumar a lo que la partitura expresaría por sí misma, a ese gran paisaje de sonidos que permite al héroe descubrir que la naturaleza también tiene una voz propia. Misteriosa y ancestral. Junto a las magníficas intervenciones de las maderas destacó la pulida y envolvente sonoridad de la cuerda, que siempre encuentra en Wagner un lugar donde desplegarse y expandirse en plenitud.
El paso fue casi natural a las Cuatro últimas canciones de Strauss, un momento de reposo para contemplar la belleza del mundo: la naturaleza de nuevo, la luz, el paso de las estaciones y el descanso. Vanessa Goikoetxea exhibió en ellas su voz voluminosa, capaz de proyectarse por encima de una gran orquesta, además de un canto expresivo, plagado de matices y menos aferrado a la melancolía a la que algunas de sus históricas predecesoras (desde Elisabeth Schwarzkopf hasta Renée Fleming) nos tenían acostumbrados. La ovación del público fue merecida y propiciada también por un Strausser que supo mantenerse en su lugar y mostrar su vena más contenida en una versión de trazo fino en lo orquestal, de texturas claras e intensidad más soterrada que manifiesta.
Su gran momento vino en la Séptima de Prokofiev, una sinfonía que no se escucha mucho en nuestras salas de conciertos pese a su apariencia clara y accesible, alejada del carácter monumental y combativo de algunas de sus obras previas. De ahí que Strausser no buscase gestos heroicos sino llanos, el encanto de lo sencillo y el placer de encontrarse con cada nueva idea. Daba gusto ver su manera de transmitir frescura y de obtener de los músicos lo que les pedía: transparencia y colores variados en el movimiento inicial, una ligereza algo inquietante en el Allegretto, calidez en el Andante espressivo y un moderado impulso rítmico en el Vivace, presentando sus compases finales sin sentimentalismos que enturbiaran el definitivo reencuentro con la sencillez después de tantos rodeos.
Asier Vallejo Ugarte
(fotos: Miguel San Cristóbal)


