Scherzo | CRÍTICAS / BIARRITZ / Capuçon y la Orquesta de Cámara de Lausana: un concierto redondo, por Ana García Urcola

BIARRITZ / Capuçon y la Orquesta de Cámara de Lausana: un concierto redondo

BIARRITZ / Capuçon y la Orquesta de Cámara de Lausana: un concierto redondo

Biarritz. Casino Municipal. 28-VIII-2022. Orquesta de Cámara de Lausana. Director y violín: Renaud Capuçon. Obras de Prokofiev, Berlioz, Ravel, Fauré y Ravel.

El Festival Ravel sigue desplegando música por toda la región de San Juan de Luz-Ciboure, patria chica del genio francés y en este caso salió de los recintos eclesiásticos para adentrarse en un lugar tan mundano y opuesto en todos los sentidos como es el Casino Municipal de Biarritz. Diremos de paso que se trata de un curioso edificio Art Déco con una sobria pero espectacular entrada que se abre mediante un enorme ventanal a la playa. Por desgracia el auditorio no es, ni mucho menos tan interesante.

La Orquesta de Cámara de Lausanne se presentó con su director titular, el afamado violinista Renaud Capuçon, que ocupa dicho cargo desde el año pasado. No es el primer gran solista que se sube al podio de esta orquesta: por estos lares los hemos escuchado muchas veces bajo la dirección de Christian Zacharias. Como también solía hacer aquel con el piano, Capuçon optó por combinar obras para orquesta con obras para violín con acompañamiento. Lógico y aplaudible. Capuçon es, no hace falta decirlo, un gran músico y también un hombre muy inteligente y sabe cuáles son sus límites hasta el momento como director, así que escogió un repertorio que domina perfectamente.

El concierto se abrió con la Sinfonía nº 1 en Re mayor op. 25 de Prokofiev, la llamada “Clásica”, compuesta en 1917 y estrenada en 1918 bajo la dirección del compositor. Como bien se sabe, se trata de una jocosa emulación de las sinfonías de Haydn, lo que la convierte en una de las primeras obras musicales ‘neoclásicas’. La acústica bastante seca de la sala pareció pillar de sorpresa a la orquesta que, sin llegar en absoluto al desajuste en algunas secciones, sí que cometió algunas imprecisiones en cuanto a ataques y finales de notas, cosa que se fue arreglando en un relativamente breve lapso, a medida que los oídos se habituaban. Las clarísimas líneas dibujadas por Prokofiev fueron muy bien ejecutadas y el constante movimiento de danza muy bien marcado con una pulsación firme y flexible a la vez. Muy bien articulado el tercer movimiento, la Gavotta, con un bello trabajo del viento madera y muy chispeante ese frenético final.

Alterando un poco el orden inicial del programa, siguió la Rêverie et Caprice op. 8 de Hector Berlioz. Escrita en 1841 para el violinista belga Alexandre Artot, el tema procede de un aria finalmente eliminada del primer acto de Benvenuto Cellini. Una lástima, porque se trata realmente de una melodía inspiradísima, así que menos mal que se le ocurrió rescatarla para escribir esta pieza en díptico que sigue ese procedimiento tan habitual del Andante-Allegro. Puro lucimiento para el violinista, aunque no contenga grandes excesos virtuosísticos, sí ofrece la posibilidad de hacer una lectura muy personal y expresiva al tratarse de una clásica obra para solista y acompañamiento de orquesta. Capuçon bordó su cometido en esta obra que, siendo en la práctica un ‘calentamiento’ para enfrentarse al toro que venía detrás, él abordó con la misma implicación que si hubiera sido el centro del programa.

Y llegó la esperadísima Tzigane. Ravel es quizá el compositor que mejor ha sabido apropiarse el folclore, venga de donde venga, y al mismo tiempo conseguir un lenguaje universal. Su ideario musical al respecto era muy claro: uno proviene de una tradición concreta que ha de asumir y conocer para luego modelarla con las características propias de su individualidad, de forma que se consiga un lenguaje personal. En sus propias palabras, el músico que es fiel tanto a su conciencia nacional como a su propia individualidad será capaz de apreciar obras completamente diferentes a las suyas y tradiciones también diversas. Por eso Ravel suena tan español como Falla en su Rapsodia española (aunque hay que recordar que para él España era su segunda patria musical, debido a la herencia familiar), tan judío en las Dos melodías hebreas y tan gitano centroeuropeo en Tzigane, por citar sólo tres ejemplos. En efecto, Ravel toma los cantos folclóricos, los analiza, los exprime, extrae la esencia, la estiliza y a eso le añade su particularísima forma de tratar la música tanto en la armonía como en la orquestación. Una auténtica apropiación cultural y dicho sea con la mejor de las intenciones, porque quizá no hay mejor manera de respetar al otro que ser capaz de asimilar sus características intrínsecas y hacer arte con ellas al más alto nivel. No existe mayor respeto ni mejor homenaje. Pues bien, del mismo modo que Ravel extrajo y modeló la esencia gitana, Capuçon ha poseído e interpretado esta dificilísima obra. Es un dominio total, absoluto, una vivencia completa de la música y una interpretación desde la casi absorción de cada nota por el violinista. La cosa llega a tal nivel de compenetración con el texto que en la fabulosa cadencia inicial daba la sensación de ser realmente una improvisación, como si, poseído por un espíritu de fuego, Capuçon hubiera agarrado el violín y le hubiese arrancado esas notas por primera vez, a pesar de un control casi sobrehumano de las dificultades técnicas. El color del sonido en esa primera cuerda, limpio, redondo y potentísimo, el impecable juego del arco, esas dobles cuerdas perfectamente afinadas… en fin, un derroche técnico que fue de la mano con un derroche expresivo: la forma de respirar cada frase, los silencios, el instante previo a cada nuevo golpe de arco, todo encadenado con coherencia y flexibilidad. Estupenda la entrada del arpa para introducir el acompañamiento de la orquesta y muy bien la intervención del clarinete también en esa imitación a los sonidos gitanos. Perfecta la compenetración de la agrupación con su solista y director para lograr una versión que quedará como referencial en mi recuerdo. Deslumbrante y profundo.

Tras el descanso siguió la Suite de Pelléas y Mélisande op. 80 de Gabriel Fauré, música incidental compuesta en 1898 para la obra de teatro homónima del autor belga Maurice Materlinck, que recibiría el Premio Nobel de Literatura en 1911. Curiosamente, la actriz protagonista pidió primero a Debussy una composición para la escena teatral, ya que se hallaba inmerso en la escritura de su ópera y, ante su negativa, el elegido fue Fauré. Mejor para los aficionados a la música porque así disfrutamos de no menos de cuatro obras con esta inspiración (cuéntense también las de Schoenberg y Sibelius, todas bellísimas). En este caso, y como es habitual, se omitió el tercer movimiento, la Chanson de Mélisande. No es una partitura de gran dificultad ni para la orquesta ni para el director, pero sí precisa de un conocimiento grande de un estilo tan personal e inasible como el de Fauré. Una de mis profesoras me dijo un día que tocar a Fauré era como ir a sentarte y que te quitaran la silla; me parece una imagen perfecta para ilustrarlo: todo es cuestión de equilibrio, de emoción, contención, cuidado de los planos sonoros para que se oigan pero que no destaque demasiado ninguno, de redondez y claridad en el sonido… en fin, de eso tan francés y tan complicado que es el juste milieu. Capuçon demostró estar como pez en el agua y encontró la expresión exacta y sobre todo, dejó respirar a su orquesta, que estuvo magnífica en ese juego de encaje de bolillos que es el segundo movimiento o en esa danza triste, la Sicilienne. Muy bien los violonchelos y las maderas también en esa marcha fúnebre tan íntima con que se cierra la obra.

El concierto se cerró con esa obra maestra que es Ma mère l´oye en la versión para orquesta sinfónica reducida que Ravel llevó a cabo en 1911 a partir de la partitura original para piano a cuatro manos. Un poco más tarde compondría la versión pensada para ballet a la que añadió el preludio y unos interludios. Este compositor siempre estuvo fascinado por el mundo de la infancia, hasta el punto de componer una ópera protagonizada por un niño en un mundo de total fantasía, ese milagro que es L´enfant et les sortilèges. Por esta razón, no es extraño que los cuentos de Charles Perrault constituyeran una fuente de inspiración para él. Destacó la búsqueda por parte de Capuçon de unos tempi apropiados y ese lent de la Pavana de la Bella durmiente del bosque lo fue realmente, como no queriendo despertarla. Muy delicado el trabajo de la flauta y el clarinete. El niño que se pierde en el camino y vuelve una y otra vez sobre sus pasos con esa subida que comienza una y otra vez yendo cada vez un poquito más lejos nos llegó perfectamente dibujado por esos violines casi destimbrados y el oboe y el corno como buscando dónde ir. Perfectamente dosificados los instrumentos y secciones, como en una acuarela sonora. Laideronette, esa emperatriz de las pagodas feúcha llegó llena de brío y alegría con esos soniquetes de chinoiserie a los que el director les extrajo todo el color y sabor posibles. Una vez más hay que destacar la sabiduría de instrumentista llevada al podio, porque Capuçon permite terminar las frases a sus músicos y redondearlas con total naturalidad y flexibilidad. Preciosos los contrastes dinámicos generados también a partir de esa orquestación concisa pero exuberante. Muy bien contrastados los personajes de la Bella y la Bestia en ese vals moderado, cadencioso pero bailable, en un tempo muy adecuado. Nos repetiremos diciendo que la sección de maderas estuvo muy bien, porque su trabajo es muy destacado en esta obra, pero realmente el trabajo conjunto y camerístico de todas las secciones, que aquí es primordial, estuvo a la altura de la exigencia de Ravel e hicieron alarde de una enorme gama de matices. Se dice con mucha frecuencia que la música del de Ciboure es un tanto fría, pero el Jardín Feérico es una de las páginas que más me conmueve de la historia de la música, ya ven Vds. En ese tempo que imprimió Capuçon, realmente lento y grave como pide la partitura, y con esa perfecta gestión de la tensión a través de ese ascenso paulatino hasta la apoteosis, conteniendo y utilizando brevísimos pero necesarios ritardandi, logró un final realmente bellísimo y conmovedor.

Como propinas, la Canción de la noche de Edward Elgar y el Vals triste de Jean Sibelius cerraron de manera apacible una estupenda noche de música muy hermosa y admirablemente interpretada.

 Ana García Urcola