BERLÍN / Un olvidable ‘Rapto en el serrallo’ para cerrar la temporada berlinesa

Berlín. Deutsche Oper. 1 de julio de 2026. Nikola Hillebrand, Serafina Starke, Siyabonga Maqungo, Michael Laurenz, David Steffens, Bülent Ceylan. Dirección musical: Thomas Guggeis. Dirección de escena: Andrea Moses. Mozart: El rapto en el serrallo.
Permanece inolvidable en el recuerdo la puesta en escena de Harry Kupfer de El rapto en el serrallo en la Komische Oper de Berlín, en la cual el director convertía a Konstanze, desgarrada entre sus sentimientos por el Bassa Selim y su prometido Belmonte, en un personaje fascinante. Nada de eso se percibe en la nueva y olvidable producción de Andrea Moses en la Staatsoper de Berlín, que tiene serias posibilidades de alzarse con el “limón” a la peor producción operística de la temporada berlinesa.
La directora de escena transforma el singspiel de Mozart en un espectáculo pretendidamente cómico pero bastante ridículo, para lo cual ha contado con el conocido humorista televisivo Bülent Ceylan, quien desempeña un doble papel -como presentador y como Selim- aunque sobre todo actúa como un elemento perturbador del desarrollo musical. Ya durante la obertura, que Thomas Guggeis dirige a toda pastilla desde el foso, Ceylan irrumpe gritando (“¡Hola, Berlín!”), para no dejar de interrumpir durante toda la función con comentarios, preguntas al público, números de su propio repertorio de gags y extensos discursos (sobre la apropiación cultural, las relaciones germano-turcas o el impuesto de sucesiones).

La figurinista Anja Rabes lo viste de forma caricaturesca, con una especie de chilaba blanca y un turbante descomunal, al que el propio Ceylan se refiere como “cebolla”. Los demás personajes lucen ropas actuales, en ocasiones de colores estridentes y con feos estampados. La escenografía de Raimund Bauer muestra al frente un estrecho espacio blanco, flanqueado por pantallas de vídeo, detrás del cual se encuentra un yate de dos cubiertas. Mediante una cámara en directo se proyectan sobre las pantallas imágenes tanto del público como de la acción escénica, complementadas con vistas de un mar embravecido y evocadores atardeceres.
Gran parte del canto tiene lugar en el proscenio, con resultados de calidad desigual. La soprano Adela Zaharia, anunciada para el estreno, tuvo que ser sustituida a última hora por enfermedad. Nikola Hillebrand, integrante hasta 2024 de la compañía de la Semperoper de Dresde, asumió el papel de Konstanze en esta producción berlinesa, desconocida para ella, con una seguridad verdaderamente admirable, conquistando al público desde su primera intervención (“Ach, ich liebte”) con luminosos agudos y una sentida expresividad. También ofreció interpretaciones modélicas tanto en la conmovedora aria “Traurigkeit” como en la virtuosística “Martern aller Arten”. Esta última comienza como si se tratase de un número de rock bajo una intensa iluminación roja, y la regista la trufa de absurdas ocurrencias escénicas (por ejemplo, el Bassa intenta consolar a Konstanze mostrándole su álbum de sellos, mientras ella empieza a desnudarlo durante el aria).

La joven soprano Serafina Starke, ataviada con una larga cabellera rubia, encarnó a Blonde con una voz de cristalina pureza, que solo encontró dificultades en las notas más extremas de sus arias. En el rol de Belmonte, el tenor Siyabonga Maqungo parecía algo limitado en sus movimientos debido a su complexión física, pero logró convencer vocalmente por la consistencia y solidez de su instrumento, atreviéndose incluso con la dificilísima aria “Ich baue ganz auf deine Stärke”, que a menudo se omite, si bien algunas notas añadidas y ciertos ornamentos resultaron algo desconcertantes.
El tenor Michael Laurenz compuso un vigoroso Pedrillo con una voz que supera con creces las exigencias habituales del repertorio bufo, destacando especialmente en el decidido “Frisch zum Kampfe!”. Más discutible resultó, sin embargo, su interpretación de la romanza, en la cual no acabó de encontrar el equilibrio entre los pasajes susurrados y los gritados. Como Osmin, el bajo David Steffens exhibió volumen vocal y contundente presencia.
Resultó especialmente ingeniosa la ubicación en el proscenio de tres músicos para interpretar con entusiasmo los característicos sonidos jenízaros de la partitura, así como la breve intervención alla turca del director al fortepiano. Musicalmente, la velada concluyó de forma satisfactoria con el vaudeville final, en el cual el coro apareció luciendo camisetas negras con la inscripción “Wir lieben Berlin” (“Amamos Berlín”), lo que suscitó el entusiasmo del público.
Bernd Hoppe


