Beethoven habría dicho: “Así, no”

Beethoven habría dicho: “Así, no”

Estamos en el año Beethoven. Beethoven el visionario, el revolucionario que generó un terremoto musical de enorme y prolongado impacto, el idealista que soñó con la libertad y la fraternidad humana. Cuando el otro día contemplé el repugnante (en palabras atinadas del primer ministro portugués) espectáculo de la UE, aparentemente incapaz de afrontar la tragedia que la pandemia (aunque hoy mismo parece haber rectificado parcialmente) está suponiendo para la humanidad de la única manera posible, esto es, haciendo honor a esos ideales, me vinieron a la cabeza las palabras que Beethoven introdujo antes del texto de Schiller cuando incorporó su Oda a la Alegría a la Novena Sinfonía: ¡Oh amigos, dejemos esos tonos! ¡Entonemos cantos más agradables y llenos de alegría!

Y me pregunté qué hubiera pensado Beethoven sobre la situación actual de la UE, que años antes, en 1985, había elegido ese último movimiento de la Novena como su himno oficial. Himno que, curiosa coincidencia, contiene la música de Beethoven, más no la letra. Tal vez hubiera repetido el ilustre sordo su furia anterior, tachando la dedicatoria de su Sinfonía Heroica a Napoleón cuando éste se declaró emperador, con tan furibundo ímpetu, que además de borrar el nombre del dedicatario, terminó rompiendo el papel.

Hoy hace justamente dos semanas desde mi última bitácora para Scherzo, con una reflexión inicial sobre el después de la pandemia (https://scherzo.es/blog/cuando-todo-esto-pase/) en lo que a la música se refiere. Casi parece mentira que en apenas dos semanas hayan pasado tantas cosas. Muchos han (hemos, porque por desgracia he de incluirme en ese grupo) perdido de manera desgarradora seres queridos en esta debacle. Muchos más aún los perderán en los meses venideros. La pandemia ha puesto en evidencia mucha miseria y mucha carencia, pero también mucha grandeza. Nos hemos dado cuenta, en lección que tal vez no deberíamos olvidar, de lo puñeteramente pequeños que somos, y, a la vez, de lo que podemos conseguir si nos lo proponemos.

Hay muchas cosas en este cataclismo que requieren un análisis frío, equilibrado y riguroso. No lo ofrecen, por desgracia, los medios de comunicación en general, ni los españoles en particular, unos secuestrados como desvergonzados altavoces del poder (y ahora, tras unas sospechosas ayudas de última hora a las dos grandes cadenas privadas de televisión, más aún), otros dedicados a devolver como sea los golpes que reciben desde el otro lado. Abochorna pensar en la cantidad de manipulación que, en esta siniestra circunstancia, pone a dura prueba la capacidad de discriminación del público a quien va dirigida la supuesta información, generalmente con resultados deprimentes.

Procede entonces dirigir la mirada y la atención a la ciencia, porque es ella la que nos sacará de este trance, no los panfletos (por mucho que algunos de ellos luzcan cabeceras de campanillas) que nos inundan de verdades a medias, de mentiras a enteras, de datos falsos o de presuntos gurús poco o nada informados. Un par de artículos, en concreto un editorial y un comentario personal del editor en la prestigiosa revista médica The Lancet (“Covid 19: Learning from experience”, accesible aquí: https://www.thelancet.com/journals/lancet/article/PIIS0140-6736(20)30686-3/fulltext y “Offline: Covid 19 and the NHS-a national scandal”, accesible aquí: https://www.thelancet.com/journals/lancet/article/PIIS0140-6736(20)30727-3/fulltext) ayudan a poner en perspectiva el asunto.

Como señalé hace unos días en un artículo en mi propio blog personal (https://www.enfumayor.com/2020/03/28/del-desconcierto-de-hoy-al-concierto-del-manana/), estremece pensar en el desierto de liderazgo político mundial que nos rodea y que presenciamos, atónitos, desde el comienzo de la pandemia. Algo que, curiosamente, recoge también el editorial británico citado. El páramo es especialmente grave en una situación plagada de incertidumbres de todo tipo: científicas, económicas, emocionales, psicológicas. Asistimos con una rara mezcla de estupor, indignación y tristeza a la sonrojante incapacidad de los presuntos líderes políticos para afrontar con una estrategia global lo que es un problema global. En algunas instancias, con desvergonzado desprecio por las mínimas consideraciones humanitarias, algunos de esos presuntos líderes políticos han postulado incluso lo positivo de una disimulada (o no tan disimulada) eugenesia de sospechoso tufillo protonazi. Y mejor no hablar del espectáculo que llega desde el otro lado del charco, sea del norte o del sur, como si estuvieran compitiendo por un premio al esperpento.

Entre esa larga lista de incertidumbres, son especialmente importantes las científicas, porque sin solucionar aquellas, será difícil remediar las demás, que son, al final, su consecuencia. Y hay que ser realistas: no sabemos aún si el virus será estacional o no, presumimos que generará inmunidad en quienes lo han superado, y ojalá sea así, porque ahí podría residir el origen de un posible remedio. Pero no sabemos ni cómo será esa inmunidad ni cuánto durará. No sabemos si habrá, aunque en absoluto se descarta, un posible segundo brote. Y sí sabemos que la vacuna, que terminará consiguiéndose, llevará su tiempo, probablemente algo más de un año. Por no saber, no sabemos ni cuánta gente hay ahora contagiada en nuestro país, aunque probablemente hablemos de un par de millones o más (estimación reciente del Imperial College de Londres).

Hay sin duda razón, y eso hubiera seguro confortado al comprensiblemente furioso Beethoven, para la esperanza. La hay, en primer término, en el comportamiento heroico de los sanitarios y en el abnegado de tantos otros colectivos entregados con generosa solidaridad para hacer posible, entre todos, superar el trance. Lección, por cierto, que algunos de esos pretendidos líderes deberían aprender más pronto que tarde. La hay también en el esfuerzo científico, que antes o después dará con la tecla para frenar este desastre.

Y la debe haber, lo dije hace dos semanas y lo reitero ahora, para el mundo de la cultura en general y de la música clásica en particular, por mucho que el panorama sea, inevitablemente, diferente. Decía el último editorial de Scherzo que la música clásica no puede pedir privilegios. Y dice bien, nadie creo que en su sano juicio los pida. Pero también hay que ser realistas, y creo que algunos no lo están siendo. Dudo mucho que las restricciones al confinamiento se empiecen a levantar antes de primeros de mayo, probablemente, después del puente del 1 de mayo. Es la fecha que manejan los italianos y creo que manejar aquí (que vamos con algún retraso en la evolución del problema) otra más optimista no sería prudente. Anteayer se cancelaba el Festival de Bayreuth. Ayer hizo lo propio el Festival de Edimburgo. No tengo la menor duda de que otros, lo quieran o no, tendrán que seguir el mismo camino.

Y además, no conviene engañarse: el levantamiento será progresivo, y es casi seguro que lo último en recuperar una cierta normalidad serán las manifestaciones en las que se produzcan reuniones de contingentes importantes de personas. Y muy probablemente esa cierta normalidad, al menos durante un largo tiempo, será relativa. Walter Ricciardi, consejero del ministro de Sanidad italiano, en declaraciones a La Stampa (https://www.lastampa.it/cronaca/2020/03/31/news/coronavirus-il-governo-pensa-a-un-aprile-blindato-possibile-riapertura-dopo-il-4-maggio-1.38658058) ha ido de hecho más lejos: pronostica que el retorno de ciertas actividades, entre ellas los conciertos, sólo será posible cuando exista una vacuna o una terapia.

Incluso sin llegar a eso, conviene ser realista y aceptar que la vuelta a los conciertos será lenta, progresiva y diferente. A lo anterior, añádase la dificultad económica y el interrogante de la reacción del público ante ese levantamiento. ¿Estarán los espectadores prestos a acudir a las salas con otros espectadores a menos que la distancia prudencial marcada? ¿Cómo se reaccionará ante el tosedor pertinaz que jamás hace caso a las advertencias de todo tipo sobre cómo manejar la tos en un concierto en cuanto a pañuelo, etc.? Y esto son apenas dos de los muchos interrogantes que se plantearán (pienso en los coros…).

La ministra de Cultura alemana reaccionó de inmediato anunciando ayudas muy importantes a los músicos afectados en su país, y poco después lideró una iniciativa, junto con el titular de la Filarmónica de Berlín, Kirill Petrenko, para recaudar fondos que reforzaran la ayuda gubernamental. En España, el gobierno ha anunciado ayudas a determinados sectores, incluida una, sorprendente, mencionada antes, a los dos grupos televisivos privados más potentes de nuestro país.

Pero más allá de un anuncio bastante vago en el ámbito cultural, con las ayudas estándar (no exentas de polémica) a los autónomos, no parece existir plan alguno para los músicos que no son autónomos, pero que tampoco tienen sueldos fijos de orquestas, que han visto reducidos sus ingresos a cero sin que tengan idea ni aproximada de cuándo podrán reanudar su actividad, si es que de hecho pueden. Se cierne un tenebroso interrogante sobre las orquestas o conjuntos de titularidad privada o semiprivada, y, por extensión, para quienes, mal que bien, tenían trabajo en ellas, no con contratos temporales, sino con contratos por obra o como refuerzos de las orquestas estables. El Ministro de Cultura, entretanto, permanece silente hace semanas. Y la directora del INAEM, en su entrevista publicada ayer mismo en Scherzo, no parece apuntar en ninguna dirección concreta que no sea la muy socorrida de echar balones fuera, pese a su decidida defensa de la importancia del sector.

De esta pandemia y de las terribles consecuencias que resultan de ella solo nos sacará, además de la ciencia, una estrategia global, solidaria y con altura de miras. No lo harán la demagogia, la manipulación ni la estatalización de la sociedad. Tampoco lo hará el recurso a los balones fuera. Justo es que no se pidan privilegios para la música clásica. Pero justo es, asimismo, que cuando el sector sea de los últimos en normalizarse (como sin duda será el caso), reciba la atención que merece con la urgencia que merece, y que, de momento, no está teniendo. Eso, me temo, es responsabilidad, en primer término (y si me apuran en segundo), de quien gobierna. Está muy bien invocar la altura de miras y el consenso, pero aplíquese para todo. Si no se invoca ni se consulta para ciertas ayudas, que tampoco se use como arma arrojadiza para eludir la responsabilidad de afrontar otras.

Me parece que Beethoven hubiera abogado porque, en esta situación, abordáramos este cataclismo con una aproximación consensuada, unida y, en efecto, pero con altura de miras en todos los frentes. No sólo en aquellos que convienen al discurso político de turno. No puedo imaginar que el autor de esa tremenda Novena hubiera aceptado complacido otra cosa que no fuera esa. Y me temo que, ante lo que estamos viendo, hubiera reaccionado con enfurecida tristeza, y aun conservando, como yo, la esperanza, hubiera dicho: así, no.