Beecham

SIR THOMAS BEECHAM
Complete stereo recordings. WARNER (35 CD)
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Algunos directores de orquesta se toman demasiado en serio a sí mismos. No fue el caso de Sir Thomas Beecham. Fuente inagotable de ingenio y autoburla, el maestro británico convertía los ensayos en espacios de diversión y las interpretaciones en momentos de inspiración. Adorado en su país, en el extranjero suscitó cierto recelo, si bien Wilhelm Furtwängler le profesaba un profundo respeto e incluso Toscanini le dedicó, cosa rara, más de un elogio. En cuanto a su reputación general, Sir Thomas era un genio en la manipulación de los medios de comunicación. Una noche, en Liverpool, invitó a unas cuantas luminarias del periodismo musical a una recepción en el Adelphi, con champán incluido, durante la cual procedió a desenroscar bombillas y dejarlas caer una a una en el vestíbulo del hotel desde el último piso. Los titulares se escribieron solos.
La caja de 35 CD que acaba de publicar Warner contiene muchas de sus famosas piruletas -bises tan ligeros que desaparecen antes de que uno haya podido darse cuenta- así como algunos de sus insuperables logros. Beecham no fue jamás un adorador de la pompa y circunstancia británicas: abjuraba de Elgar, le desagradaba Vaughan Williams y era aún menos complaciente con su reconocido sucesor (’he’s not Great Britten, is he?’). Su compositor británico preferido era el soporífero Frederick Delius, y jamás escucharemos la música de ese malhumorado enhebrador de acordes más convincentemente servida que dentro de este ubérrimo estuche.
A Mozart lo interpretaba con incomparable efervescencia; incluso la Júpiter suena alegre y jovial bajo su batuta. Por contra, su Beethoven y su Brahms se sitúan en el lado lúgubre. El Salomon de Haendel es sabio más allá de las palabras. Apenas grabó a Wagner. Su especialidad, en todo caso, era la música francesa. Dudo que se pueda escuchar nunca una Sinfonía en Re menor de Franck o una Fantástica de Berlioz más emocionantes, mientras que su Carmen (con Victoria de los Ángeles, Nicolai Gedda y Jeannine Micheau) debería ser proclamada patrimonio de la humanidad. La única pega que se le podría poner a esta magnífica muestra del arte de Beecham es la variable calidad de sonido de algunos registros de EMI.
La vertiente más épica y seria del director británico queda perfectamente representada por su grabación de noviembre de 1955 de la Séptima sinfonía de Sibelius, una obra que todavía resulta insondable para muchos directores finlandeses. Otros afamados maestros ingleses han convertido esta sublime y misteriosa pieza en un barullo perpetrado en Eton. En manos de Beecham, la Séptima de Sibelius parece revelar el sentido mismo de la vida, clara como el hielo y profunda como el mar Báltico. Se quedará usted con la boca abierta al escucharla.
Norman Lebrecht


