BAYREUTH / Un suntuoso festín en el Festival de Ópera Barroca

Bayreuth. Ópera del Margrave. 6-IX-2025. Max Emanuel Cencic, Mariana Flores, Valerio Contaldo, Alois Mühlbacher, Nicolò Balducci, Sophie Junker, Victor Sicard, Nicholas Scott, Valer Sabadus, Jorge Navarro Colorado, Dominique Visse, Kacper Szelazek, Marcel Beekman, Pierre Lenoir, Angelo Kidoniefs. Dirección musical: Leonardo García-Alarcón. Dirección de escena: Max Emanuel Cencic. Cavalli: Pompeo Magno.
En la fastuoso Teatro del Margrave de Bayreuth, reabierto en 2018 tras una cuidadísima restauración, se celebra desde 2020, al final de cada verano, un festival fundado por el contratenor Max Emanuel Cencic. Además de ejercer como director artístico, Cencic participa también como cantante y regista, verdadero spiritus rector de una iniciativa consagrada sobre todo a la opera seria del primer XVIII. Tras recuperar en ediciones pasadas partituras de Porpora, Vinci, Vivaldi, Monteverdi y Haendel, este año el programa dio un paso atrás en el tiempo para situarse en el siglo XVII, con Francesco Cavalli —figura central de la Venecia barroca, fallecido en 1676— como protagonista.
La inauguración estuvo dedicada al dramma per musica Pompeo Magno de Cavalli (1666), cuya trama, centrada en el cónsul Pompeo y la reina del Ponto, Issicratea, junto a su esposo Mitridate —a quien se creía muerto— y su hijo Farnace, fue traspuesta por Cencic a una Venecia carnavalesca, habitada por damas y caballeros, cortesanas, clérigos, intrigantes, ancianos despistados y enanos travestidos con senos de tela desbordantes. Todo ello en un frenesí de máscaras y excesos que remitía directamente a la commedia dell’arte. El vestuario de Corina Gramosteanu combinó materiales nobles, ornamentos refinados y delicadas gamas cromáticas, alternando la opulenta elegancia de los protagonistas con la ironía grotesca del carnaval. La dirección de movimiento de Chiara d’Anna otorgó a cada personaje un vocabulario gestual propio, en una acción de vértigo, llena de brío, comicidad y sorprendente agilidad física. Por su parte, la escenografía de Helmut Stürmer, presidida por el león alado de San Marcos, evocaba con eficacia la atmósfera veneciana.
La música de Cavalli encontró en un reparto de primer orden intérpretes llenos de energía. Nada menos que ocho contratenores de distintas generaciones se dieron cita: desde el veterano Dominique Visse, mordaz como siempre en su Delfo, hasta el debutante Nicoló Balducci, un Sesto de timbre robusto y flexible, lucido también en escena con su jubón negro y dorado. Alois Mühlbacher aportó la frescura juvenil de Farnace en su traje de Pierrot, para después transformarse en un Cupido semidesnudo, con alas y taparrabos. Valer Sabadus compuso un Servilio sólido, con chispeantes momentos cómicos junto a Giulia. En los papeles secundarios destacaron otros contratenores, como Kacper Szelazek en la desbordada Arpalia.

El propio Cencic, en el papel protagonista, ofreció un Pompeo anciano y frágil, de cabellos blancos, en sintonía con su vocalidad actual, que fue ganando cuerpo y expresividad a lo largo de la velada, con especial encanto en la canción de cuna Sonno, placido nume. La belga Sophie Junker (Giulia) convenció por lirismo y vivacidad, mientras Mariana Flores (Issicratea) se erigió en auténtica primadonna: voz de fuego, ataque decidido y deslumbrante coloratura, que dominó con soberanía el reparto. Valerio Contaldo ofreció un Mitridate intenso, cuyo aria de celos Tormentosa gelosia constituyó uno de los momentos de mayor fuerza. El elenco se completó con Marcel Beekman, chispeante en la anciana Atrea; Nicholas Scott, de noble voz en Rendimi la mia pace; y Victor Sicard, un joven Cesare prometedor. El jubiloso final —Imparate, o mortali, iniciado por Farnace— celebró la reconciliación general.
Al frente de Cappella Mediterranea, Leonardo García-Alarcón mantuvo viva la tensión durante cuatro horas de espectáculo, con una dirección llena de energía y colorido que desembocó en prolongadas ovaciones. El conjunto residente del festival ofreció un sonido rico en contrastes: el esplendor de los metales festivos, ritmos danzantes y marchas solemnes, alternados con pasajes de refinada intimidad camerística.
El festival incluyó también los habituales recitales solistas. El 5 de septiembre, Carlo Vistoli presentó Opera Antica, un programa que dialogaba con Cavalli a través de páginas de sus contemporáneos Cesti, Monteverdi y Stradella. Entre las piezas instrumentales destacaron una sinfonía de Erismena, una Xácara de Lucas Ruiz de Ribayaz, una tarantela de Santiago de Murcia y la Ciacona en Si bemol de Caldara. Vistoli, dueño quizá del timbre de contratenor más bello de nuestro tiempo —redondo, cálido y flexible—, deslumbró tanto en la ternura como en el dolor o el arrebato heroico. Desde el lamento de Apolo en Gli amori di Apollo e Dafne hasta el júbilo de Xerse con su célebre Ombra mai fu; del patetismo de Erismena a la ligereza de Giasone; del ardor de Endimione en La Calisto a las arias de Ottone en Poppea, el recital trazó un itinerario emocional constante. Su dominio de la palabra y su expresividad vocal alcanzaron la cima en la escena de locura de Nino en Il Trespolo tutore. Dos canciones de Monteverdi —Voglio di vita uscir y Si dolce è ’l tormento—, ofrecidas como propina, cerraron un concierto sencillamente inolvidable en el Opernhaus.
Bernd Hoppe


