BAYREUTH / ‘Tristán e Isolda’: fracaso escénico y éxito musical
Bayreuth. Festspielhaus. 25-VII-2024. Andreas Schager (Tristan), Günther Groissböck (Marke), Camilla Nylund (Isolde), Olafur Sigurdarson (Kurwenal), Birger Radde (Melot), Christa Mayer (Brangäne). Director musical: Semyon Bychkov. Director de escena: Thorleifur Örn Arnarsson. Wagner: Tristan und Isolde.
La inauguración del Festival de Bayreuth 2024 ha venido a demostrar que en la verde colina la pasión y el desconsuelo juegan en un territorio común. El árbitro del encuentro ha sido una nueva producción de Tristan und Isolde presentada con algunas novedades interesantes. En lo musical está la vuelta al foso de Semyon Bychkov tras su última actuación con Parsifal en 2019, la llegada al papel principal de Andreas Schager, quien toma el relevo de Stephen Gould, fallecido el pasado año y Tristan desde 2015, y la compañía de Camilla Nylund como Isolda, a priori una opción vacilante para una cantante cuya madurez y vocalidad le sitúan en una posición interpretativa diversa.
En lo que se refiere al aspecto escénico, poco se podía prever ante la presencia del director islandés Thosleifur Örn Arnarsson, quien ha aterrizado en Bayreuth por primera vez dispuesto a explicar, y así lo ha declarado, que Tristán e Isolda carece de “punto de llegada”. Se refiere, lógicamente a una cuestión física que ha terminado por convertirse en una milimétrica descripción de su trabajo. Los abucheos al final de la primera representación ilustran muy bien todo lo que se pueda decir en referencia a la declaración de intenciones y su desarrollo escénico final.
Örn Arnarsson lleva a Tristan desde lo aparente a lo imposible. El primer acto mantiene una cierta sugerencia con los elementos justos para lograr una descripción satisfactoria. Las cuerdas que cuelgan desde lo alto perfilan el casco del barco de Tristán, el humo flotando sobre el suelo, la marejada marina, y el amplio mantón de Isolda semeja el espacio en el que vive atrapada y al que Tristán accederá con dificultad. Hay una cierta abundancia de sugerencias que pronto se diluyen en una escena confusa y de complejo final. Ya al acabar el primer acto asoma al fondo el gigantesco y destruido casco de un barco que pasará a convertirse en un espacio vital e imposible, todo él plagado de objetos dispuestos por acumulación. Cabe deducir que aún queda la posibilidad de que la destrucción vaya más allá, pues en el tercero el casco está partido en grandes pedazos, dejando en el centro del escenario un montón de restos entre los que Tristán sufrirá (de momento) la ausencia de Isolda y la angustia de su inminente muerte.
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El escenario parte de una iluminación fría, radical, pero también de una incomodidad espacial que Örn Arnarsson apenas resuelve, lo que lleva a posiciones absurdas en momentos culminantes, por ejemplo el dúo de amor del segundo acto y el encuentro de los amantes en el final del tercero. Es difícil dilucidar cuánto hay de decisión propia o de indicación escénica en el gesto espasmódico con el que Andreas Schager trata de resolver las muchas dificultades que se le presentan en el acto definitivo. Lo evidente es que Örn Arnarsson escuchó al final de la representación una pitada monumental cuando todo el equipo escénico salió a la corbata con el telón bajado, momento que él mismo trato de solucionar volviendo sobre sus pasos para intentar que le acompañase todo el equipo artístico. Los largos segundos de indecisión, hasta que estos aparecieron, sirvieron para que quedaran claras las notables diferencias entre el fracaso de la propuesta escénica y el éxito sin cortapisas de una interpretación musical que, sin duda, puede considerarse una referencia evidente en el actual panorama internacional, a pesar de algunos de sus pliegues.
Entre los héroes de la jornada está el tenor Andreas Schager Se le aplaudió abundantemente porque encarna un héroe fornido, de voz muy voluminosa y apabullante agudo, bien colocado. Quienes prefieran a un héroe menos radical y más abocado a la grandeza de un espíritu particularmente sensible quizá aprecien una evidente falta de sutileza, destemplanza en muchas notas y un sentido narrativo a veces demasiado deletreado. Bayreuth admira a Schager desde su presentación en 2016 en El holandés errante y posteriores incursiones en Parsifal. Siempre cabe compartir una entrega absoluta hasta tal extremo de que en el tercer acto recibió varios avisos de que la voz estaba en una posición límite y a punto de quebrarse.
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La llegada final de Isolda fue, en este sentido, una verdadera tabla de salvación aunque la muerte en medio del mercadillo organizado por Örn Arnarsson se pudiera considerar un destino inevitable. Aquí la soprano finlandesa Camilla Nylund vino a rematar una actuación que creció en la estricta descripción del personaje. La presencia de Nylund en esta producción venía precedida sobre las dudas acerca de su adecuación, una vez alcanzados los 56 años. La respuesta no puede ser más contundente pues a la comodidad en el registro hay que sumar la facilidad para resolver las partes más líricas, incluyendo el definitivo “Liebestod”.
Entre los beneficiarios del éxito general están el barítono islandés Olafur Sigurdarson en quien puede reconocerse a alguien potente, rotundo vocalmente y muy seguro en su defensa del papel de Kurwenal. Y la relación quedaría incompleta sin la referencia a la estupenda actuación de la mezzosoprano Christa Mayer y el barítono Gunther Groissböck. La primera pisa Bayreuth siendo una habitual del festival desde su primera incursión debut en 2008 como Erda y Waltraute en el Anillo dirigido por Christian Thielemann. La interpretación que hace de Brangania reafirma la calidad de la voz, la seguridad en la emisión y la formidable musicalidad con la que impregna al personaje. Otro tanto cabe decir del austriaco Groissböck, de voz particularmente bella y quien convirtió el monólogo del rey Marke en un verdadero catálogo de inflexiones expresivas.
También a telón bajado y en solitario salió a saludar el director Semyon Bychkov recibiendo un calurosísimo recibimiento. Lo mejor de este Tristan está en su capacidad para flexibilizar la partitura en un tránsito en el que permanece la precisión por el detalle y la sensualidad del discurso. La interpretación de Bychkov convirtió la primera sesión en una extraordinaria superposición de emociones, logrando convertir la obra en una poderosa descripción en la que poco a poco y a través de una constante renovación de estados de ánimo consiguió fondear la obra, desde luego lejos, muy lejos del lugar en el que Örn Arnarsson la había varado. Y mucho más cerca de todo aquello a lo que Tristán e Isolda apunta en su anhelo mortal.
Manuel Nogales
(fotos: Enrico Nawrath)


