BARCELONA/ Un remozado ‘Gaudí’, de Albert Guinovart, encuentra su tiempo y esencia

Barcelona. Palau de la Música. 25-II-2026. Josep-Ramon Olivé, Lluís Calvet, Belen García, Clara Renom, Montserrat Seró, Héctor Ruiz, Xavier Casademont, Iván Sánchez, Cristòfol Romaguera, Martí Fitó Rosés. Coro Joven del Orféo Català. Original SoundTrack Orchestra (OSTO). Dirección musical: Albert Torrebella y Belén Clemente. Dirección escénica: David Pintó. Albert Guinovart: Gaudí.
“Gaudí, el musical de Barcelona”, tal es su nombre completo, con música de Albert Guinovart y libreto de Jordi Galceran y Esteve Miralles, se estrenó en 2002, en los fastos del 150 aniversario del nacimiento del genial arquitecto (1852-1926). No se dio el fenómeno del exitazo inicial y en sus reposiciones de Mar i Cel, compuesto también por Guinovart, propiciado por la productora del grupo Dagoll Dagom y su tibia acogida cortó su presencia teatral.
En este 2026, nuevo año Gaudí, que conmemora el centenario de su muerte, la coronación de la torre de Jesús del templo de la Sagrada Familia con el colofón de la recientemente anunciada visita en junio del papa León XIV a España, con escala en la Ciudad Condal, se ha programado una pequeña gira en versión de concierto algo dramatizada, volviendo a cobrar vida y así se presentó este Gaudí, de Guinovart en el Palau de la Música.
Gaudí es un musical de exquisita factura en sus dos actos y casi dos horas de duración, con una estructura muy simétrica, y para su reposición en 2026 se ha actualizado la partitura, con algún recorte y la inclusión de una nueva obertura que da paso a un coro, lo que sucede también en el segundo acto.
Dado el poco juego que da la vida del arquitecto, el libreto de Galcerán y Miralles contó en su día con la asesoría dramatúrgica de Sergi Belbel y Calixto Bieito para mejorar su puesta en escena. De la galería del órgano del Palau colgaba la pantalla de sobretítulos y el rótulo gigante de Gaudi (sin acento), vocablo que equivale a “disfrute”, con unas letras cuyo grosor actuaba a modo de pantallas para proyecciones de planos urbanos y de elementos arquitectónicos bien propios, Un elemento variable era la imagen de un contador de fechas. Así el primer acto contó con diversas escenas de la vida del joven arquitecto, la influencia de los sueños de infancia, su madre, la carrera, sus conflictos con los catedráticos, sus primeros contratos, el amor, personificado en la dicotomía madre y una tal Pepeta, una especie de novia que prefirió la seguridad económica de otros y de la vida fácil. Curiosamente el acto termina con un concertante con una melodía que flirtea con el Bolero, de Ravel.

El segundo acto tiene la novedad de mostrar la idealizada figura del conde de Güell, uno de sus mecenas, y el conflicto social y espiritual que surge de la Semana Trágica (1909) así como su voluntad de construir un templo con fines expiatorios, que superen y sublimen la lucha de clases entre los obreros y la burguesía que lo encumbra y critica, mediante su propósito de renovación de una profunda religiosidad, mezcla de fe y de doctrina hecha piedra. Todo termina con un cántico espiritual a modo de Requiem, jugando con el “preguem per la teva ànima” (rezamos por tu alma) con un fortísimo protagonismo coral, las figuras comprimarias y la del arquitecto que trasciende su obra al morir, pasando su obra a ser de todos, así como sus anhelos internos más espirituales.
El lenguaje musical de Guinovart bebe de Gershwin, los compositores clásicos del musical norteamericano, influencias mediterráneas e incluso caribeñas con un inspirado uso de bongos, triángulos y cajas, en una orquestación variada, con especial protagonismo de las maderas y las percusiones, con una amalgama de influencias jazzísticas y una riqueza melódica de armonías complejas, pero perfectamente asimilables al público amante del “musical”.
El coro juvenil del Orfeó Català tuvo numerosas ocasiones de lucirse, pues comentó muchos episodios vitales y puso voz a la sociedad interpelada por los sueños artísticos de Gaudí. Notabilísimo empaste de las voces femeninas y masculinas, así como la precisión, vivacidad y brillantez de la orquesta SoundTrack, formada por jóvenes estudiantes de la ESMUC (Escuela superior de música de Cataluña) dirigidos por sus directores y creadores, Albert Torrebella y Belén Clemente, uno en cada acto. Sorprendente fue el nivel de sus integrantes, así como el control de las dinámicas, volúmenes y pulso dramático de las direcciones del binomio.

El equipo de solistas, todos amplificados como corresponde al musical y el efectivo orquestal reunido, muchos en dobles y triples papeles, tuvo una deseada agilidad de movimientos por la sala gracias a David Pintó, que insufló algo de variedad a la versión concertante. El barítono lírico Josep-Ramon Olivé en el rol titular, desplegó una homogénea voz en todos los registros, con un variado y emotivo fraseo y buena alternancia en las dinámicas, logrando mostrar desde el Gaudí soñador de la juventud, al desengañado de los años centrales y al más místico de su vejez. No se quedó atrás el conde Güell del barítono Lluís Calvet, más potente y vital, con no solo proyección sino también una notable vis actoral. Siguiendo con la plétora baritonal, destacó la potencia en las frases iniciales y casi finales de “El tranvía”, nunca gritadas, pero sí a plena voz, del mallorquín Cristòfol Romaguera, como hombre, maestro de ceremonias, obrero, director y devoto. Estos tres barítonos, de instrumentos flexibles y con excelente trabajo escénico, cada uno desde sus medios, protagonizaron el punto álgido del elenco masculino, sin olvidar al otro barítono, Xavier Casademont, con voz de menor cuerpo, en otro carrusel de personajes. Más comprimarios fueron los tenores Iván Sánchez y Héctor Ruiz
Las féminas fueron tres, pero dos destacaron sobre manera por la calidad y calidez de su voz: la Pepeta, prostituta y pobre de la soprano leridana Montserrat Seró, que hizo una aparición espectacular cantando en francés en un rol deslumbrante por la mezcla de brillantez en centro y agudo y un excelente fraseo, gracias a su fértil dedicación al género liederístico. Su saber decir y esa luz que imprimió a la galería de personajes cantados fue de lo mejor de la velada. También lució un instrumento cálido y bien timbrado la soprano Belén García Burgos (Madre/burguesa/pobre) especialmente en sus escenas con un Gaudí joven. Efectiva y cómoda en los contrastes estuvo la otra soprano, Clara Renom, aunque a un menor nivel que las anteriores.

Una brillantísima ejecución orquestal y coral, más la buena cantera de jóvenes solistas inspirados y de nivel dieron gran realce a un emotivo Gaudí que demostró que tal vez ha llegado su tiempo, más como un peculiar híbrido entre varios géneros que como “musical” al uso.
Josep Subirá
Foto: (c) Mario Wurzburger


