BARCELONA / Tharaud convence más en la música francesa que en la de Bach

Barcelona. Palau de la Música. 28-I-2025. Alexandre Tharaud, piano. Obras de J.S. Bach/Tharaud, Ravel, Dukas/Tharaud.
El pianista francés Alexandre Tharaud retornó al Palau de la Música para brindarnos un programa dedicado a transcripciones propias de páginas de J.S. Bach y Paul Dukas que enmarcaban los Miroirs de Ravel. Las transcripciones de Bach integraban su registro discográfico lanzado el pasado mes de octubre de 2024, mientras que la música de Ravel, de quien ya grabó su integral publicada en 2018, centrará buena parte de sus recitales a lo largo de este año, en el que se conmemora el 150º aniversario del nacimiento de su compatriota.
Al igual que sucedió en el inolvidable recital celebrado un lustro atrás en el Palau dedicado a la música de Lully, Couperin o Rameau (superior interpretativamente al que ofreció en octubre de 2022 dedicado a Schubert, Debussy y Ravel), la transparencia de su sonido y la sutileza ornamental se erigen como aspectos innegociables cuando Tharaud afronta el repertorio barroco y del primer clasicismo. El pianista parisino plantea un Bach de gran serenidad cuando afronta los pasajes lentos. Pero también resulta ampuloso, con constantes contrastes y un exceso armónico que llega a desvirtuar el mensaje esencial de las obras. Tal como sucede en su grabación de las Goldberg, la sutileza de sus pianissimi, los contrastes entre juegos de dinámicas, los efectos multicolores plantean una opción alejada de la serenidad y la objetividad, pero a su vez es portadora de una personalidad innegable.
Fue una declaración de intenciones iniciar el recital con el dramatismo contenido de su transcripción del Coral de la Pasión según San Mateo, BWV 244 para seguir con una refinada versión de la Siciliana de la Sonata para flauta BWV 1031. Este pianismo multicolor pero sutil, clarividente en la ornamentación, amante del contraste, emanó a lo largo de la Suite BWV 818a coronada con una vibrante versión de la Gigue. La serenidad del aria Aus Liebe will mein Heiland sterben de la Pasión según San Mateo, deliciosamente transcrita, fue antesala de su personal versión para piano de la Suite en mi menor BWV 996, escrita por Bach en su estancia en Weimar. Compuesta para laúd o para Clave-laúd (teclado similar al clave, pero con cuerdas de tripa, instrumento con el que Robert Hill realizaría una grabación discográfica para Hänssler en la edición Bachakademie), Tharaud ahondó en exceso en la densidad de las sonoridades en detrimento de los sonidos más cristalinos.
Tras su personal visión de Bach, el pianista francés se sumergió en las sutilezas del piano de Ravel. Profusión de colores, control del pedal, armonías repletas de pinceladas impresionistas emanaron en una versión muy sugestiva de Miroirs. La recreación de una atmósfera sombría en Noctuelles, de una íntima melancólica en Oiseaux tristes y el despliegue de unos arpegios embriagadores en Une barque sur l’ocean, daban cuenta de la multicolor variedad de recursos expresivos por los que se desenvuelve su pianismo. Repleto de precisión en el ritmo y en la ejecución de las acciaccature en Alborada del gracioso ‒solamente ahora se echó en falta mayor vistosidad sonora‒ y la templanza inferida en La Vallée des cloches coronaron una espléndida interpretación de Miroirs.
Como colofón al programa Tharaud nos brindó su brillante transcripción de El aprendiz de brujo de Dukas. Virtuosismo a raudales y dificultades técnicas llevadas al extremo, para un lucimiento pianístico siempre atento a la musicalidad y a la desbordante imaginación y gusto por la experimentación de la que siempre ha hecho gala. Y siguiendo con obras de sus compatriotas, tuvo ya fuera de programa un guiño hacia la música de Édith Piaf. Las célebres melodías Himne à l’amour y Padam Padam, sonaron de manera embriagadora en el piano de Tharaud para despedirse entre la unanimidad de aplausos del público. Tharaud ya visitó el Palau en un lejano 1987 –fue galardonado en el Concurso Maria Canals– y su personal pianismo sigue regalándonos unos momentos interpretativos inolvidables.
Lluís Trullén
(foto: Toni Bofill)


