BARCELONA / Otro friso (sonoro) de Beethoven

BARCELONA / Otro friso (sonoro) de Beethoven

Barcelona. Palau de la Música Catalana. 21-X-2020. Paul Lewis, piano. Obras de Beethoven.

No se trata esta vez del Friso de Beethoven por excelencia, la impresionante obra de Klimt que se expone en el edificio de la Secesión en Viena. Aquí diremos algo de un friso sonoro, de una exigente selección de tres muestras de la inmensidad de la obra pianística de Beethoven, que eligió e interpretó Paul Lewis, gran músico y gran pianista. Lewis, a quien hay que agradecer que en este tiempo sombrío de cancelaciones y sustituciones mantuviera su compromiso con el Palau, propuso primero un Beethoven “extraño” (Guy Sacre), la Fantasía en Sol menor op. 77, una obra breve pero no una obra menor; opuesta a ella y ocupando lo que en tiempos de la vieja normalidad hubiera sido la segunda parte nos dio una obra importante y larga, de casi una hora, exigente para el intérprete y probablemente agotadora en un cierto sentido para el que la escucha, las Treinta tres variaciones sobre un vals de Diabelli op. 120; en medio, y sin que me atreva a proponer un adjetivo para ella, la Sonata nº 14 en Do sostenido menor op. 27 nº 2, “Claro de luna”.

Lewis dio una excelente muestra de su versatilidad en la interpretación de la Fantasía, una especie de caleidoscopio de temas y de tempi, que a veces duran unos pocos compases antes de cambiar una y otra vez, y, como quieren algunos, algo así como un retrato de Beethoven improvisando. Lewis agitó toda la gama de contrastes que ofrece la partitura, los de sus momentos lúdicos y los de sus momentos rigurosos, las transiciones como los abruptos subiti y compuso un mosaico espectacular de teselas muy distintas, pero inequívocamente beethovenianas.

No será poco decir de la interpretación de Lewis de la Sonata “Claro de luna” (la denominación, “romántica”, si no cursi, no es desde luego de Beethoven; es del poeta y músico Rellstab) que nos devolvió la obra, tantas veces ejecutada, en todos los sentidos, intacta y con todo su poder. Lewis estuvo sobrio en el inefable Adagio sostenuto inicial, con un uso exquisito del pedal (por defecto, aplicado; solo levantado antes del acorde grave del bajo). Despojó de florituras y rindió vivaz el Allegretto. El Presto agitato final fue vertido a un tempo fulgurante, rapidísimo de forma nada gratuita, con una energía poderosa y quizá excesiva.

Esa energía, la asombrosa técnica y un férreo control intelectual, amén de una memoria privilegiada, las aplicó Lewis de forma casi sobrehumana a la versión de las Variaciones Diabelli. Aquí nos reencontramos, sometido a rigor formal, con lo que hemos llamado, a propósito de la Fantasía, caleidoscopio sonoro, de forma y de concepto. Personalmente nos sorprendió el volumen y la energía desplegados; Lewis nos condujo en una exploración temática, armónica, rítmica, dinámica del genial experimento beethoveniano –pues algo de eso son las Diabelli–. Acabamos, sí también el público, exhaustos. Y los entusiastas y prolongados aplausos tuvieron mucho de catarsis.