BARCELONA / ‘L’enfant et les sortilèges’ pone punto final a la temporada 25-26 de la OBC

Barcelona. L’Auditori. 12-VI-26. Orquesta Sinfónica de Barcelona y Nacional de Cataluña (OBC) Ludovic Morlot, dirección. Chloé Briot, soprano. Liv Anna Redpath, soprano. Sylvia Schwartz, soprano. Rihab Chaieb, mezzosoprano. Rinat Shaham, mezzosoprano. Jean Sébastien Bou, barítono. Nicolas Courjal, bajo. Martin Bakari, tenor. Aniol Botines, tenor. Orfeó Català. Xavier Puig, dirección; Coro Infantil de l’Orfeó Català. Glòria Coma i Pedrals, dirección. Obras de Stravinsky y Ravel
La OBC finalizó este fin de semana sus conciertos de la temporada, la última que llevaba la firma de programación de Ramon Brufau. A partir de la próxima edición, ya se podrá escuchar la propuesta de Víctor Medem, en la que seguirán manteniéndose las grandes obras de repertorio junto a páginas menos divulgadas, así como numerosos estrenos.
Esta programación 2025-26, marcada todavía por el tándem Brufau-Morlot, se ha caracterizado por una clara apuesta por la música francesa, con grabaciones discográficas incluidas dedicadas a la obra de Ravel. Si en la pasada edición L’heure espagnole clausuró la temporada, en esta ocasión, y de modo un tanto sorpresivo, concluyó con L’enfant et les sortilèges.
El programa debía iniciarse precisamente con la ópera de Ravel (estrenada en 1925) y finalizar de manera brillante, ya con la orquesta al completo, con El pájaro de fuego de Stravinsky. Pero la soprano Chloé Briot, que encarnaba precisamente a L’enfant, tuvo una confusión de horario, creyendo que el concierto daba inicio a las 20:00 horas en vez de las 19:00 y tenía previsto llegar pocos minutos antes del inicio del concierto. El Auditori reaccionó con rapidez y el resto de músicos de la plantilla que debían actuar en la segunda parte, pudieron personarse en la sala con celeridad. El concierto se inició con treinta minutos de retraso, y cabe reseñar que no se produjo ningún tipo de reproche por parte del público.
El pájaro de fuego, en su versión completa, fue en conjunto lo más reseñable de este concierto de clausura. Los músicos se entregaron a la música del ballet estrenado en 1910 en París bajo la coreografía de Fokine. Colores, ritmo, fortaleza y un relato dibujado musicalmente por Morlot con deslumbrantes armonías, llenaron de magia el sugestivo argumento donde hay cabida para príncipes, brujos malvados, princesas raptadas, danzas infernales y hechizos. Morlot ofreció una versión repleta de ímpetu y color, mostrando una vez más que además de ser un gran director al frente del repertorio francés, saca el máximo partido de su talento con las grandes páginas del Siglo XX. Un Stravinsky que destacó en los pasajes más brillantes y efusivos y que dio paso a una desigual versión de L’enfant et les sortileges de Ravel.
La fortaleza sonora antes aludida, volvió a primar en una versión donde a menudo las voces —incluido el coro— quedaban eclipsadas. La pesadilla que vive L’enfant fue transmitida a medias por Briot, con una proyección un tanto escasa en lo vocal pero bien medida en la expresividad. Sin lugar a dudas, Liv Anna Redpath se erigió como gran protagonista de la interpretación. Pletórica en las coloraturas del Fuego virtuoso, refinada encarnando a la Princesa y con un timbre vocal idóneo para afrontar al Ruiseñor.
El argumento entre lo onírico y el surrealismo nos hizo revivir el sugestivo dúo de los gatos con una impecable Rinat Shaham en el rol de Gata caprichosa y Jean-Sébastien Bou, con notorias facultades vocales a las que cabe añadir su desparpajo escénico. Voces que cumplieron en sus breves y sugestivos roles como Nicolas Courjal (Butaca), Sylvia Schwartz (Poltrona, Lechuza) y Aniol Botines (Pastor). La mezzosoprano Rihab Chaieb encarnó a la resignada Madre y expuso con sutileza el rol de Taza china. Notorio trabajo del tenor martin Bakari como la Rana, la Tetera y el Viejecito. El Orfeó y el Coro infantil cumplieron en sus intervenciones, en una interpretación donde brilló por encima de todo el colorido orquestal, a momentos excesivo en su volumen.
Una versión a la que se echó en falta más equilibrio entre voces y orquesta, que planteó con acierto los colores orquestales y la belleza de timbres de Ravel, un aspecto que Morlot ha sabido inculcar de manera ejemplar a los profesores de la orquesta.
Lluís Trullén
(Fotografía May Zircus)


