BARCELONA / Lang Lang, a lo suyo

Barcelona. Palau de la Música Catalana. 29-V-2026. Lang Lang, piano. OBC. Obras de Mozart, Beethoven, Albéniz, Granados, Liszt.
Desde que se anuncia un recital de Lang Lang, las salas de conciertos tienen asegurado que colgarán el cartel de no hay entradas. El Palau no fue menos: lleno absoluto, incluso más de un centenar de localidades se situaron sobre el escenario. La maquinaria mediática había hecho de nuevo su trabajo.
Lang Lang salía a escena entre bravos y vítores saludando con un su habitual dominio comunicativo. Y empezó a sonar la música del Rondó en Re mayor, K 485 a un tempo desmesurado, con contrastes fuera de lugar, exageración en los matices… ausencia total de naturalidad mozartiana y demostración de gestos exagerados y efectos multicolores alejados de las versiones al uso. Si su Mozart resultó desconcertante, su paso por la Patética de Beethoven hizo saltar por los aires todos los cánones interpretativos preestablecidos. Las exageradísimas sonoridades en fortissimo, los cambios súbitos en las dinámicas, el virtuosismo llevado a extremos innecesarios. Un primer movimiento enervado provocó entre el respetable una sonora ovación ante la exhibición de técnica y derroche gestual ofrecida por Lang Lang. Algún pasaje con líneas bien trazadas en el segundo movimiento no disiparon las dudas acerca de una versión por lo general rodeada de frialdad. Para acabar, el Rondo: Allegro se convirtió en medio para mostrarnos sus habilidades técnicas. La primera parte culminó con una versión de la compleja Sonata nº 31 de Beethoven, de la que salvaríamos la precisión del episodio fugado del Allegro ma non troppo, dentro de una lectura rotunda, elocuente, exenta de poética e intimidad.
Lang Lang nos había desconcertado como nunca. Posee una técnica contrastada, tiene unas dotes musicales innegables, y la elección de este camino beethoveniano parecía del todo meditada para apartarse de los cánones que han marcado, a modo de ejemplo, Kempff, Brendel, Sokolov o Lewis. Su Beethoven ha tomado voluntariamente una opción que rehúye de la serenidad y se acomoda en el artificio.
Como si hubiera recapacitado, la segunda parte se abrió con una versión bellísima de la serenata Granada, inicio de la Suite española op. 47 de Albéniz. Elegancia, lirismo, belleza de sonido… un espejismo ante la voracidad sonora que imprimió luego en la corranda, la danza que enmarca Cataluña o en la velocidad endemoniada de su Asturias. Fogosidad, fortaleza, rotundidad en la Suite española, con una precisión rítmica impecable en Cuba, para provocar una nueva salva de aplausos entre el público.
Momentos de gran sutilidad emanaron en Quejas o la maja y el ruiseñor; la calidez, los contrastes bien comprendidos, ayudaron a recrear una versión que, sin ser excesivamente emotiva, sí captó la atmósfera de la sublime obra de Granados. Lang Lang reservó lo mejor para el final. Delicadísimo su paso por la Consolación nº 2 de Liszt y un vendaval de técnica, articulado y precisión en la Tarantella que pone el punto final a Venezia e Napoli, complemento al segundo Año de Peregrinaje de Liszt. Ahora sí brilló Lang Lang con una musicalidad bien entendida; refinado en la Canzone napoletana, en el cantábile, en las cadencias y figuraciones afrontadas con suma precisión de articulado antes de acometer el Prestissimo final a un tempo llevado al extremo; puro fuego.
Lang Lang cosechó el éxito deseado de antemano, todo salió bajo un perfecto plan preestablecido, para hacer encandilar a sus seguidores, entre ellos, una nutrida representación oriental entre el público que llenó el Palau. Ramos de flores entregados por sus admiradores, y como despedida, el Claro de Luna de Debussy llevado al extremo de sutilezas sonoras. Gesto también de complicidad de Lang Lang hacia el nuevo piano del Palau que había resistido con creces a su bravura. Lang Lang sigue teniendo en sus manos la carta del triunfo mediático.
Lluís Trullén
(Fotografìa Mario Wurzburger)

