BARCELONA / La elegancia y voluptuosidad de Véronique Gens, el mejor homenaje a Felicity Lott

Barcelona. Festival LifeVictoria ’26. Hospital de Sant Pau. 02-XI-2026. Véronique Gens, soprano. Joseph Middleton, piano. Marta Esteban, soprano, Rose Thomas, piano. Obras de Debussy, Poulenc, Gounod, Fauré, Duparc y Hahn.
En una temporada como la 26-27 dedicada especialmente por la organización del festival LifeVictoria a la memoria de Felicity Lott, no podía faltar uno de los repertorios en los que destacó la soprano inglesa: la mélodie, que es como llaman nuestros vecinos norteños al lied. De ahí la programación de este recital tout français.
La cantante telonera, la soprano Marta Esteban, desgranó temas de Debussy, Poulenc y Gounod con cierta lejanía interpretativa, más pendiente de la emisión que del fraseo, con lo que su fue bastante extraña a la poesía de los textos, que todo cantante ha de transmitir sí o sí. Aunque tiene un cálido centro, la tesitura central y aguda de muchas de las piezas no le favorecía, y eso que contó con una cómplice y delicada pianista, Rose Thomas, que le dio todo el apoyo instrumental posible. Esa asepsia de algunos cantantes en un repertorio que no es difícil vocalmente pero que requiere dotes expresivas imprescindibles hizo de su actuación un simple aperitivo a la espera del menú.
Invitar a Véronique Gens ha sido un total acierto de la organización y hay que felicitarles y agradecerles por esa velada, pues nada más subirse a la tarima de la sala Domenech i Montaner vestida con un elegantísimo vestido negro con una capa de tul a juego, que remitía a las cavas existencialistas de Saint Germain des Prés, cual Juliette Gréco, pero de la mélodie para cantantes líricos. la clase se desplegó nada más abrir la boca. Gens a su edad mantiene una voz cálida, perfectamente dúctil, manejada con total dominio y llevada por todas las alturas del pentagrama sin esfuerzo. Las canciones de Fauré —Le papillon et la fleur, Au bord de l’eau, Lydia y Les berceaux— encontraron un perfecto medio de desplegar las diferentes atmósferas, aunque la temperatura emocional subió y de qué manera con Debussy y su Nuit d’étoiles L.2 y Fleur des blés, L.7. El impresionismo desgranado por Gens y la escritura pianística, con acordes arpegiados que remiten a la lira, en esa noche estrellada cargada de sensaciones como de recuerdos de amores pasados, fue muy bien expresado por un soberbio Joseph Middleton, perfectamente compenetrado con el paradigmático saber decir cada palabra y extraer toda la carga de imágenes y sentimientos contenidos en los textos parnasianos y presimbolistas de Théodore de Banville.
Fue en Duparc donde Véronique Gens nos hizo tocar el cielo y asomar la lágrima ante tal cúmulo de belleza vocal y conmovedora interpretación. La chanson triste, op. 2, nº 4 destapó el frasco de las mejores esencias, pero el summum se alcanzó con L’invitation au voyage sobre texto de Charles Beaudelaire recogido de sus Fleurs du mal, donde no hay viaje geográfico, sino hacia su musa. Uno ha escuchado esta pieza a Jessye Norman, Régine Crespin o Felicity Lott en disco y en directo a diversos cantantes, pero con Véronique Gens las palabras del poema traspasaron la sala y llegaron al interior del público, extasiándonos en Là, tout n’est qu’ordre et beauté, luxe, calme et volupté. Nunca un silencio fue tan atronador, ya que estábamos en mitad de un ciclo de un mismo compositor y no se suele aplaudir hasta el final. Aunque merecía una ovación, el público liederista pocas veces se tiende a esas extroversiones más propias de la ópera y se esperó al final. La siguiente pieza, Au pays où se fait la guerre, fue un tocar de nuevo los pies en el suelo, ante la esperanza y la angustia de la mujer que desea el regreso de su movilizado amante. En Romance de Mignon, op. 2, nº 3, con un texto de Goethe que era muy similar al de la ópera homónima de Ambroise Thomas, en el aria Connais-tu le pays?, esa belleza de los paisajes y de la ilusión que genera su recuerdo fueron idealmente expuestos por Gens.
La media parte fue marcada por Josephn Middleton en Bruyères, perteneciente al segundo libro de los Preludios de Debussy, donde el pianista desplegó toque, dinámicas y hasta esas notas suspendidas al final. Cambiada de vestido regresó la soprano para abordar una serie de piezas de Reynaldo Hahn, en las que hubo una inteligente alternancia de tonos, desde lo melancólico a lo más vivo, siempre elegante, pero más ligero, del que merecería destacarse Néère por su solemnidad grave o Tyndaris por sus armonías transparentes y canto conversacional, procedentes ambas de los Études latines.
El ciclo Banalités FP 107, de Poulenc, con piezas como “Hôtel”, “Fagnes de Wallonie”, “Voyage à Paris” o “Hyde Park”, permitieron de nuevo disfrutar de esa versatilidad de acentos y de caracteres, todos bien mostrados por una Gens camaleónica, natural, sin la más mínima artificiosidad, amén de una dicción y articulación de nativa que además se preocupa por ser entendida. No podía acabarse el recital sin esa joya que es Les chemins de l’amour, FP 106, llevada a un tiempo algo más rápido que sin embargo concluyó con una muestra deslumbrante de frase elongada al final, lejos de dejarla morir como un suspiro.
Tras los merecidísimos aplausos, el único bis fue el À Chloris de Hahn, un sutil homenaje al barroco, en sus tres secciones de contenida emotividad. Entre el público había jóvenes sopranos, que estaban absorbiendo el talento como esponjas, pues Véronique Gens impartió una clase magistral de interpretación de la mélodie, con la virtud añadida del calmado virtuosismo de Joseph Middleton al piano.
Un recital inolvidable de esos que resuenan en la cabeza de los asistentes horas e incluso días después y que fue el mejor homenaje posible a otra gran diseuse, Felicity Lott, que nos dejó no hace mucho. Si tienen ocasión de escuchar en directo a Véronique Gens en recital o concierto, no se la pierdan porque saldrán felices y reconciliados con la belleza en un mundo tan convulso como el actual.
Josep Subirá
(fotos: Elisenda Canals / LIFE Victoria)


