BARCELONA / Joshua Bell y Alasdair Beatson, feliz alianza para la música de cámara

Barcelona. Palau de la Música Catalana. 12-II-2026. Joshua Bell, violín. Alasdair Beatson, piano. Obras de Schubert, Grieg, Prokofiev.
La Franz Schubert Filharmonia sigue celebrando por todo lo alto el vigésimo aniversario de su primera temporada de conciertos. A lo largo de esta temporada, se va sucediendo la presencia de grandes solistas que han acompañado a la formación durante estos veinte años de trayecto. Si el pasado domingo el Palau vivía una espléndida interpretación del Concierto para piano nº 1 de Chopin en las manos de Yuliana Avdeeva, tres días después, el invitado fue el violinista Joshua Bell para ofrecer, junto al pianista Alasdair Beatson, un recital dedicado a obras de Schubert, Grieg y Prokofiev.
En marzo de 2023, Joshua Bell se puso al frente de la Franz Schubert en un recordado evento en el que se incluyó el Concierto para violín en Mi menor de Mendelssohn. Ahora, junto a Beatson, se adentró en un programa donde la pureza del sonido, la exquisitez de fraseo y la técnica infalible volvieron a ser señas de identidad de sus interpretaciones. El concierto estaba inscrito en la gira europea que les llevará a actuar en el Wigmore Hall de Londres y en la Ópera de Oslo.
Con el violín Huberman Stradivarius, Joshua Bell y Beatson iniciaron su recorrido ofreciendo la bellísima Sonata D 574 de Schubert. Más conocida como “Gran Duo”, fue escrita en 1817 y publicada póstumamente por Diabelli en 1851. La pureza de líneas melódicas mozartianas, un Scherzo con toda la opulencia beethoveniana y un ir y venir de cambios tonales y modales que se suceden desde el Allegro inicial, conviven dentro de esta sonata, reflejo de la atmosfera vienesa inherente a la música de Schubert. Bell y Beatson acoplaron sus ideas musicales para lograr una perfecta simbiosis de equilibrios sonoros, de realización de dinámicas, de planteamientos estilísticos. La potencia rítmica con la que impregnaron el Scherzo, la bellísima dicción en el onírico Andantino en Do mayor y la energía con la que se desempeñaron en el finale, configuraron un Schubert tendente a la brillantez, más dinámico que interiorizado, dotado de toda la energía que desprende esta obra contemporánea a su Sinfonía nº 6, a “Die Forelle” o a las cinco Sonatas para piano incluidas entre la D 537y la D 575. Joshua Bell conquistó al público del Palau con su técnica y musicalidad; también con su simpatía y naturalidad que ha mostrado sobre la escena desde que a los 14 años debutó bajo las órdenes de Muti.
El violinista norteamericano desprendió a lo largo del recital un constante torrente de musicalidad. Su relato de la Sonata de Grieg se inició con vehemencia y fuerza pasional, bajo una lectura dramática en el Allegro inicial. La serenidad, las melodías que a la manera de “piezas líricas” evocaban una visión nostálgica de la Noruega, plasmada en la música de Grieg, brotaron con gran naturalidad expresiva. Relato lleno de contrastes, brillante por la variedad de dinámicas y que concluyó con una explosión de radiante virtuosismo en una colorista versión del Allegro animato en Do mayor.
La música de la Sonata para violín y piano nº 2 de Prokofiev ocupó la segunda parte del concierto. Bell ya se había ganado por completo al público con sus interpretaciones altamente comunicativas, contrastadas, con una perfección técnica que provocaba un sinfín de efectos sugestivos. También con la buena sintonía que tenía con Alasdair Beatson, un pianista muy dotado para la música de cámara y que nunca quedó a la sombra ante el talento que derrochaba Bell. Esta sincronía se mantuvo en la Sonata de Prokofiev, obra concebida en la plenitud de la Segunda Guerra Mundial. El planteamiento hacía hincapié en el carácter neoclásico que planea a lo largo de la composición. Sonoridades nítidas, tempos perfectamente medidos que evocaban aquellos instantes inolvidables del Romeo y Julieta, planteados con un control de sonido que atendía a la serenidad y elegancia que envuelven esta sugestiva composición. Bell y Beatson disfrutaron con los juegos virtuosísticos del Scherzo, con la bravura del Allegro final; pero su talento afloró por igual en los pasajes más reflexivos e intimistas plasmados en una bellísima interpretación del Andante.
El recital no podía terminar sin los correspondientes bises dedicados a la Melodía del Op.42 de Chaikovski, al Scherzo-Tarantelle de Wieniawski y una melancólica versión para violín y piano del onírico Nocturno en Do sostenido menor op. póstumo de Chopin. Un final delicioso para un concierto donde Bell y Beatson se congeniaron para lograr los grandes instantes que demanda un gran concierto de música de cámara.
Lluís Trullén
Fotografía: Paula Moreno Jurada


