BARCELONA / El refinado sonido de Bavouzet se adueña del ‘Concierto para piano nº 3’ de Bartók

Barcelona. L’Auditori. 1-II-2026. Jean-Efflam Bavouzet, piano. OBC. Ludovic Morlot, dirección Obras de Miller, Bartók, Dvorák.
El pianista Jean-Efflam Bavouzet se convirtió en el gran protagonista del nuevo concierto integrado dentro de la temporada de la OBC. Tras una lesión del pianista Andreas Haefliger acaecida días atrás, el rol de solista para interpretar el Concierto para piano nº.3 de Bartók recayó en el afamado pianista francés. La OBC ya había invitado diez años atrás a Bavouzet como solista para ofrecer el Concierto para piano en Sol de Ravel, uno de sus compositores fetiche de quien ha grabado su integral pianística. El pianista francés, desde sus primeras actuaciones con Solti treinta años atrás, atesora un sinfín de reconocimientos gracias a su pianismo de texturas bellísimas y técnica depuradísima, que se amolda a infinidad de estilos. Bavouzet pertenece a la excepcional generación de pianistas franceses nacidos en la década de 1960 — Cassard, Tharaud, Thibaudet, Grimaud…— y de su pianismo, si bien puede resultar dogmático, emana una riqueza de timbres excepcional. El control rítmico, el gusto por el matiz, la seguridad técnica y una paleta de colores que emerge cuando aborda el repertorio francés, son aspectos que Bavouzet adecua en su justa medida cuando afronta un estilo tan distinto como el de Bartók, de quien se ha convertido en uno de los principales interlocutores de sus obras para piano.
Junto a la OBC dirigida por su titular Ludovic Morlot, Bavouzet fue el solista invitado para interpreta el Concierto para piano nº 3 de Béla Bartók, la última obra escrita por el compositor húngaro y que fuera estrenada en 1946, por György Sandor y la batuta de Eugene Ormandy. Bavouzet comprende a las mil maravillas las cualidades del Concierto para piano nº 3, que, alejado de las dificultades rítmicas y técnicas contenidas en los dos primeros conciertos, apuesta por la diafanidad temática. El Allegretto se inicia con una profusión de temas melódicos netamente magiares, interpretado por Bavouzet con un sentido interiorizado, controlado en el color, con diálogos precisos con una sección de madera que prácticamente él mismo parecía dirigir desde el piano. Y esta serenidad, los colores propios de las escalas pentatónicas, la atmósfera plácida, los diálogos con las distintas secciones orquestales destacaron también a lo largo del movimiento central. Mayor variedad de timbres emanó en el rondó final, movimiento cuyo dinamismo puede invitar a una eclosión sonora desproporcionada. Pero Bavouzet y Morlot —director cuyo dominio de la música francesa y del siglo XX y XXI resulta incuestionable— optaron por un mesurado y apropiado control, impregnando la versión de unas sonoridades reservadas, muy acordes con el relato ofrecido en los movimientos precedentes. Como no podía ser de otro modo, Bavouzet interpretó fuera de programa música de Ravel, concretamente una deliciosa versión de Jeux d’eau.
Antes, la OBC ofreció el estreno nacional de la obra Swim de la compositora canadiense Cassandra Miller. Escrita en un ámbito netamente tonal, la obra se basa en la repetición de unas texturas sonoras extraídas de dos acordes del tercer movimiento de la Sinfonía Renana de Schumann y que los despliega creando un clima apacible y onírico. Acordes que, en sus palabras, “se repiten y van difuminándose como si estuvieran bajo el agua”. Página sinfónica que utiliza la misma orquestación que la Tercera de Schumann, y cuya escritura ofrece una audición fácil y apacible para el público.
El concierto de la OBC incluía también la Sinfonía nº 9 de Dvorák, obra cuya programación sigue llenando auditorios, como fue el caso del pasado domingo. El Auditori con un lleno prácticamente absoluto, fue escenario de una Sinfonía del Nuevo Mundo que tuvo ciertos altibajos. La excesiva expansión sonora del último movimiento, la escasa diferenciación en la apreciación de matices en el primer y tercero, tuvieron como contrapunto el buen hacer de la sección de madera, que en todo momento se implicó con el torrente de melodías que brotan de esta obra maestra. Morlot ofreció un Dvorák rotundo, excesivamente contundente en los movimientos extremos, y el buen hacer de los solistas —flauta, corno inglés, clarinete— propiciaron los instantes más bellos de una versión que será recordada por su onírico Largo.
Lluís Trullén
(Foto: May Zircus)


