BARCELONA / El Palau fue testigo de los cincuenta años de idilio de Hewitt con las ‘Goldberg’

Barcelona. Palau de la Música Catalana. 1-X-2025. Angela Hewitt, piano. Bach: Variaciones Goldberg.
La pianista Angela Hewitt mantiene desde hace cincuenta años una estrecha relación con las Variaciones Goldberg. Para conmemorar aquella première acaecida en la Catedral de Christ Church de Ottawa en marzo de 1975, la artista canadiense está interpretando por diversos escenarios del mundo la obra bachiana que ha marcado de manera decisiva su trayectoria artística. Entre los hitos “bachianos” de su carrera hay que destacar la grabación de la integral para teclado (entre ellos, dos registros dedicados a las Goldberg publicados en 1999 y 2015), los recitales inscritos en la Bach Odyssey y multitud de reconocimientos, entre ellos la Medalla Bach del Festival de Leipzig en noviembre de 2020.
Hewitt retornaba al Palau para entregarse a las Goldberg con una energía que parece renovarse cada vez que las interpreta. En ella siempre apreciamos un sello inconfundible: el mesurado uso del pedal, la articulación milimétrica que permite discernir las voces con una claridad prístina, el gusto por la majestuosidad sonora que llegaba a su zénit en la decimosexta variación –la Overture dispuesta justo en mitad de la obra– o la perfecta gradación de las dinámicas obtenido en la sublime y melancólica Variación 25 en Sol menor.
Hewitt regulaba sabiamente la dirección que quería ofrecer para su versión. Mantenía una línea discursiva sabiamente trazada, objetiva, controlada, que desembocaba de manera casi sigilosa a la Variación 15, canone a la Quinta, donde por primera vez aparece el tono de Sol menor. A partir de este momento su pianismo desplegó mayor variedad de colores; electrizante resultó la vibrante tocata de la Variación 20 o el Canone alla Settima, donde los colores sombríos creaban una atmósfera sugestiva. Hewitt, entregada desde el Aria inicial, alcanzaba los puntos álgidos de la versión en este segundo apartado de las Variaciones, rebosante de contrastes y una colorista plasticidad de sonidos. Piano mayúsculo que nos condujo al contrapunto del Quodlibet y al remanso de paz que supone el retorno al Aria inicial, turbado por un inoportuno sonido de móvil. Sin apartar las manos del teclado, hizo del silencio, prolongado durante un minuto, la continuidad de la música escuchada. La pianista canadiense había vuelto a alcanzar en su obra fetiche el más alto grado de trascendencia y espiritualidad interpretativa.
Lluís Trullén
(foto: Toni Bofill)


