BARCELONA / El Liceu aplaude la poética visual de Romeo Castellucci en su versión del ‘Requiem’ de Mozart

Barcelona. Gran Teatre del Liceu. 18-II-2025. Anna Prohaska, Marina Viotti, Levy Sekgapane, Nicola Ulivieri. Coro y Orquesta del Gran Teatre del Liceu. Director musical: Giovanni Antonini. Director de escena: Romeo Castellucci. Mozart: Requiem y otras piezas.
Tras su estreno, no sin polémicas, en el Festival d’Aix-en-Provence en el verano de 2019, el Palau de les Arts se apuntó un gran éxito al inaugurar su temporada 2020/21 con el estreno en España del montaje del Requiem de Wolfgang Amadeus Mozart escenificado por Romeo Castellucci. Esta singular propuesta del director de escena, filósofo y arquitecto italiano llega ahora al Gran Teatre del Liceu bajo la experta dirección musical de Giovanni Antonini.
La factura teatral del montaje es impecable, con un despliegue de recursos visuales de gran efecto con los que Castellucci, en su debú en el Liceu, propone una reflexión sobre lo efímero de la vida, sobre la extinción, en todos los sentidos, de seres humanos, animales y plantas, culturas, lenguas, obras de arte, y lo hace utilizando la música de Mozart como banda sonora de su reflexión sobre el ciclo de la vida. La belleza plástica de algunas escenas impacta en la retina del espectador, aunque no siempre conecten con las esencias espirituales de la célebre e inacabada partitura mozartiana; para alargar el espectáculo, se añaden otras piezas sagradas y profanas del genio de Salzburgo, seleccionadas por Raphaël Pichon que Castellucci anima con buenas dosis de imaginación teatral.
Hay momentos antológicos, desde la primera escena ‒una anciana en camisón que simboliza el ciclo de la vida pero a la inversa, desde la muerte al nacimiento‒ a la última, con el coro desnudo y arrinconado en una esquina del escenario, y después, el demoledor impacto visual de un suelo que se levanta y arroja todo lo que contiene. El contraste con la poética y esperanzadora aparición de un bebé solo, en la inmensidad del escenario, es pura magia teatral.
El derroche de ideas es constante, pero no todo es magia: en su relato, hay espacio para el tedio que provoca la repetitiva coreografía de Evelín Facchini en su recreación de bailes pseudofolclóricos. Más monótona resulta la proyección de listados de pueblos y especies extintas, de monumentos y edificaciones destruidas, bien el paso del tiempo o por las guerras. La lista, que se adapta a cada ciudad que acoge el montaje, incluye en el caso de Barcelona la desaparición, entre otras, del Mercado de la Boquería, la playa de la Barceloneta, el propio Liceu y, por lógica, de todos nosotros.

La celebración, a veces festiva, de la muerte, de lo inexorable que es el paso del tiempo, y de que, en el fondo, no somos nada, y que todo, incluida la belleza, tiene un ineludible final, sostiene un relato que Castellucci ‒autor de la escenografía, el vestuario y la iluminación‒ nos cuenta como una celebración ritual comunitaria.
El montaje lo exige todo al coro, obligado a cantar en continuo movimiento, lo que dificulta la cohesión y proyección de las voces. Ese “bailar cantando” pasa su ineludible factura al coro del Liceu, que sale airoso del reto, aunque no siempre idemne en la coordinación con el foso. Junto al Requiem se intercalan otras piezas, desde la austeridad del canto gregoriano que abre la representación ‒el gradual Christus factus est a capela, a cargo de un niño soprano de la Escolanía de Montserrat‒ al resto del catálogo mozartiano, en una selección que incluye la Meistermusik K 477b, Miserere mei, K 90, Ne pulvis et cinis K Anh.122, Solfeggio K 393/2, Quis Te comprehendat K Anh.110 y O Gottes Lamm K 343/1.
Giovanni Antonini lleva las riendas musicales con cuidado en el estilo y hábil manejo de las dinámicas, ofreciendo una lectura ágil, transparente y de potentes contrastes al frente de una orquesta tan entregada como el notable equipo de solistas vocales; la soprano Anna Prohaska, de impecable estilo y atractivo vocal; la mezzosoprano Marina Viotti, de gran expresividad; el tenor Levy Sekgapane, con un canto de delicados matices; el bajo Nicola Ulivieri, de sólidos medios y el aplaudísimo niño soprano David González, que estuvo especialmente brillante en sus intervenciones.
Javier Pérez Senz
(fotos: David Ruano / Gran Teatre del Liceu)


