BARCELONA / De una comedida Midori con Mendelssohn, a un triunfal Treviño con Chaikovski

Barcelona. Palau de la Música Catalana. 18-V-2026. Midori, violín. Franz Schubert Filharmonia. Robert Treviño, dirección. Obras de Mendelssohn, Chaikovski.
La celebración del vigésimo aniversario de la Franz Schubert Filharmonia continúa deparándonos conciertos que cuentan con la participación de solistas y directores de renombre. Tras haber actuado como solista afrontando los conciertos de Chaikovski y Brahms, la violinista japonesa Midori volvía con la Franz Schubert para sumergirse en el Concierto Op.64 de Mendelssohn. La Sinfonía nº 5 de Chaikovski, dirigida por el maestro norteamericano Robert Treviño, completaba este programa de campanillas que dejó sin prácticamente entradas el aforro de la sala modernista del Palau.
Midori sigue atesorando las facetas propias de una violinista completísima: técnica, sensibilidad, elegancia de fraseo, refinamiento. Su Mendelssohn resultó desbordante en cuanto a expresividad, ayudada por los efectistas juegos de contraste sonoro en la elaboración de las de dinámicas; rehuyó del sonido opulento, a momentos incluso pecó en exceso de los pianissimi. Plenamente absorbida por una música que ha interpretado en decenas de ocasiones, tocaba innumerables pasajes con los ojos cerrados, concentrada en un relato intimista, consecuente con la delicada poética que imprimía a su discurso. La precisión técnica con la que abordó la cadencia del primer movimiento y las agilidades del tercero, llenas de frescura y de matizados colores, quedaron eclipsadas por la sublime interpretación del pasaje central, lánguido, con notas cuidadas en su ejecución, siempre bajo precisión extrema. Midori mostró su vertiente más lírica e intimista, completada ya fuera de programa con el Largo de la Sonata para violín nº 3 de J.S.Bach.
Dejando a un lado los conflictos acaecidos el pasado año entre Robert Treviño y la Euskadiko Orkestra, que desembocaron en la recisión del contrato del director americano de forma abrupta tras ocho años de relación, el trabajo en estos días junto a la Franz Schubert ha deparado unos resultados espléndidos. Tras servir un acompañamiento delicioso a Midori, pese a que en algunos momentos se echó en falta mayor empaque entre solista y orquesta, nos brindó una triunfal versión de la Sinfonía nº 5 de Chaikovski. Treviño tenía ante sí una orquesta plenamente maleable y predispuesta a entregarse a todas sus indicaciones. La opacidad solemne que brota del angustioso motivo cíclico introductorio era el inicio de un relato repleto de intensidad. La comedida luminosidad de los temas líricos planteados –con un metal impecable–, encaminaba el relato hacia la nueva aparición del motivo inicial, preámbulo del onírico Andante cantabile. La nobleza del inolvidable tema melódico expuesto por la trompa y el carácter melancólico que supieron imprimir cuerdas y clarinete permitieron disfrutar de un segundo movimiento repleto de dulzura y cuidadoso en sus texturas. La idea de Trevino se enfocaba a realizar una lectura “in crescendo”, y la elegancia imprimida en el Vals actuó como bisagra entre los dos primeros movimientos y el Andante maestoso final. Enfocado como un triunfal coral –de nuevo el metal estuvo espléndido–, la majestuosidad no estaba reñida con la premura de los tempi. La fortaleza y robustez sonora, la idea triunfal de la coda final, desembocaron en una elección del tempo trepidante y efectista. Un Chaikovski luminoso con el que se hizo patente una plena sintonía entre los profesores de la orquesta y Treviño.
Lluís Trullén
Fotografías Martí E. Berenguer.


