BARCELONA / Bomsori y Blechacz, sumergidos en la esencia de la música de cámara

Barcelona. Palau de la Música Catalana. 24-XI-2025. Bomsori, violín. Rafal Blechacz, piano. Obras de Mozart, Beethoven, Paderewski, Szymanowski.
La violinista Bomsori Kim y el pianista Rafal Blechacz iniciaron en el Palau la gira de conciertos que les llevará a actuar por cinco ciudades españolas. Perfección interpretativa elevada al más alto grado técnico y expresivo, como ejemplo de una complicidad artística admirable. La unión entre estos dos talentos no es fruto del azar. El encuentro entre Bomsori y Blechacz tuvo lugar cuando la violinista participaba en la Competición Wieniawski celebrada en 2016.
Blechacz es el ejemplo de pianista refinado, de una sensibilidad extrema, de técnica infalible y ganador de la edición del Concurso Chopin de Varsovia en 2005. Atraído por la filosofía y el pensamiento, dedicó su tesis al concepto de identidad dentro de la obra musical. En sus interpretaciones de Bach –magistral es su versión del Concierto Italiano– hasta la música del siglo XX, todo está rodeado por un trabajo de una profundidad estética fuera de lo común, servida además con unas cualidades técnicas pianísticas que rayan la perfección. Junto a él, la surcoreana Bomsori, que, recordemos, ha actuado este noviembre junto a la OBC, tanto en el Auditori de Barcelona como en la gira que realizó la orquesta por Alemania. Pareja artística ideal para Blechacz, premiada en infinidad de concursos internacionales, poseedora de una técnica desbordante análoga a sus cualidades expresivas y siempre atendiendo a la búsqueda de la profundidad del hecho musical, factor innegociable para sus interpretaciones. Encuentro artístico que irremediablemente desembocó en conciertos, giras, grabación discográfica para Deutsche Grammophon… interpretaciones que han recibido elogios por la complicidad existente entre pianista y violinista, loadas por su luminosidad y magnetismo.
Desde las luminosas primeras notas de la Sonata nº 17 KV 296 de Mozart con la que se abría el concierto, hasta el virtuosismo desplegado en el Nocturno y Tarantela de Szymanowski, el Palau vivió una noche de música de cámara asombrosa, eso sí, una magia interrumpida en todos y cada uno de los movimientos de las distintas sonatas, por los aplausos de cierta parte del público, atraído, además del concierto, por los encantos de la sala modernista.

Bomsori y Rafal Blechacz nos brindaron un Mozart radiante, bellísimo en las líneas, con una pulsación pianística refinadísima y un violín que desgranaba con un fraseo impoluto la delicadeza clásica de la obra. Del Do Mayor de Mozart, pasamos al Do menor de la Sonata nº 7 Op. 30 nº 2 de Beethoven, iniciada en 1802 y completada en la estancia del compositor de Bonn en Heiligenstadt. El dramático primer movimiento, la riqueza ornamental del sublime Adagio cantabile, la espontaneidad del Scherzo y los contrastes producidos en el Finale Allegro, con su mezcla de turbulencia y luminosidad, propician un sinfín de sensaciones complejas transmitidas sin una ruptura del discurso. Y es aquí cuando el relato planteado por los intérpretes cobraba una significación especial. En el plano técnico, cada ataque, crescendo contraste dinámico, ornamentos realizados con una sincronización prodigiosa, se iban perfilando con una naturalidad absoluta, creando una versión en el punto justo de apasionamiento, dulzura, intensidad y de una profunda carga interiorizada, transmitida con la personalidad interpretativa propia de unos pocos escogidos. Sincronía absoluta en un perfecto amalgama interpretativo entre los intérpretes.
El apasionamiento mostrado en la Sonata en La menor op. 13 de Paderewski resulta complejo de obtener por las propias exigencias técnicas que demanda la obra. Pero este aspecto está del todo alejado de la interpretación escuchada. La naturalidad, facilidad aparente con la que transmitieron esta música arrebatadora, también poética ‒sensacional el Intermezzo‒, fue admirable en la versión de esta página dedicada a Sarasate. Y como fin de una noche de música de cámara antológica, el virtuosismo que nos sugiere el Nocturno y Tarantela de Szymanowski. Explosión técnica bien comprendida, sin desmesuras, fuegos de artificio perfectamente elaborados para hacer brotar la musicalidad que contiene una obra de notoria dificultad. Sincronización expresiva y técnica de nuevo llevadas a lo más alto. Grandes aplausos para un público que llenó platea y anfiteatro del Palau y que tuvo como recompensa el onírico Nocturno nº 20 en Do sostenido menor, Op. póstumo en el arreglo para violín y piano realizado por Nathan Milstein, y que Bomsori y Blechacz ya grabaron para Deutsche Grammophon.
Lluís Trullén
(Fotos: Toni Bofill)


