BARCELONA / Anna Netrebko impone su Aida en el montaje antibelicista de Shirin Neshat que abre la temporada del Liceu

Barcelona. Gran Teatre del Liceu. 25/09/2026. Anna Netrebko, Ivan Gyngazov, Ekaterina Semenchuk, Artur Ruciński, Alexander Köpeczi, George Andguladze, Moisés Marín, Carmen Buendía. Coro y Orquesta Sinfónica del Gran Teatre del Liceu. Dirección de escena: Shirin Neshat. Dirección musical: Antonello Manacorda. Verdi: Aida.
La gran baza mediática de la inauguración de la temporada del Gran Teatre del Liceu es el regreso de la soprano rusa-austriaca Anna Netrebko al coliseo lírico barcelonés tras cinco años de ausencia. La presencia de la diva más cotizada del planeta lírico como esperadísima protagonista de Aida, de Giuseppe Verdi, fue recibida a las puertas del teatro por poco más de una docena de personas, en su mayoría ucranianos, que lanzaron gritos, insultos y descalificaciones por su relación con Vladimir Putin, agitando pancartas e increpando al público que accedía al teatro: eran muy pocos, pero muy ruidosos gracias a los pitidos de sus silbatos.
Como sucede en toda velada inaugural que se precie, no faltó la alfombra roja y el desfile de autoridades, políticos, vips y famosos que acudieron un evento marcado por un significativo cambio en el timón liceista: la empresaria y directiva barcelonesa Helena Guardans se estrenaba como primera mujer presidenta del patronato del Gran Teatre del Liceu, cargo que asume tras presidir desde 2024 el Consejo de Mecenazgo. Cambio de ciclo, pues, tras una década en el cargo de Salvador Alemany. Ambos estuvieron rodeados en el palco de autoridades por el presidente de la Generalitat Salvador Illa, los ministros Ernest Urtasun (Cultura) y Jordi Hereu (Industria y Turismo) y el presidente del Parlament Josep Rull. No asistió a la inauguración, por indisposición, Jaume Collboni, alcalde de Barcelona. Quienes no se perdieron el evento fueron los expresidents Jordi Pujol, José Montilla y Pere Aragonès.
Tras décadas anclados en la histórica y ensoñadora Aida de telones pintados de Josep Mestres Cabanes, Víctor Garcia de Gomar ha apostado por el moderno y polémico montaje antibelicista y feminista de la artista visual iraní Shirin Neshat, estrenado en 2017 en el Festival de Salzburgo, con Netrebko en el papel estelar y dirección de Riccardo Muti. Tras una revisión en la Ópera de Paris-Bastille, recala ahora con más retoques en el coliseo de la Rambla. En los repartos que harán frente a las 18 funciones programadas hasta el 25 de octubre, destacan las voces de Anna Pirozzi, Piotr Beczala, Ludovic Tézier y Amartuvshin Enkhbat.

Convertir Aida en un grito contra el horror de las guerras no es nada nuevo. Hay varios montajes con esta visión escénica en el circuito lírico y, aunque algunos casi lo consiguen, nunca acaban de arruinar la grandeza musical y teatral de Verdi. Ópera inmensamente popular -lidera el ranking liceísta con 468 funciones- en su esencia es, a pesar de las espectaculares escenas de masas del segundo acto, un drama intimista que retrata sentimientos y situaciones a través de un magistral arte vocal y orquestal. La fuerza teatral nace en la orquesta y en una ciencia vocal que exige a los cantantes penetrar en la psicología y el alma de los personajes.
En la propuesta de Neshat, que huye del exotismo, la monumentalidad y el despliegue escénico de ese Egipto faraónico tan del gusto de la grand opèra francesa, hay fuerza y poesía visual. También hay mucho de confesión autobiográfica como mujer iraní que sufre el exilio y construye una vida nueva en Estados Unidos sin olvidar ni sus raíces identitarias ni su miedo al horror de la guerra, el fanatismo religioso, la voracidad destructora del poder político y la violencia extrema contra la mujer. Todo ese esfuerzo por concienciar al público ante los horrores de la guerra es muy loable y necesario en en estos tiempos de guerra, migraciones y tensiones geopolíticas. Lo que ya no es tan loable es la antiteatralidad de su propuesta visual, sin dirección de actores ni un perfil bien trabajado de la gestualidad y el movimiento de los cantantes. De hecho, quien firma la dramaturgia es Yvonne Gebauer, quien tampoco parece muy preocupada por la dirección de los cantantes, que deambulan por el escenario con palmario estatismo y exagerada gestualidad. Tampoco acaba de funcionar la redefinición de los ballets en la coreografía de Dustin Klein.
Las exigencias del arte visual de Neshat encuentran cobijo en la escenografía de Christian Schmidt, un gran cubo en cuyas paredes se proyectan sus vídeos. En la fuerza de las imágenes hay aciertos y desaciertos -lo mismo sucede con la iluminación de Felice Ross, muy pobre en algunas grandes escenas-, con momentos de gran sensibilidad poética y una tensión permanente, acompañada por escenas de maltrato, violación, ejecuciones y masacres. Participan nada menos que 34 figurantes y bailarines, tanto en el escenario como en la grabación de los vídeos, en el montaje antibelicista de la artista iraní.
Las performances añadidas, a modo de entreactos rituales, alargan la duración del espectáculo sin aportar nada relevante, y resultan tediosas. No faltan los excesos, como ver a Radamès cortando la cabeza de una prisionera en la escena de la invocación, o la culminación del triunfo militar en el segundo acto con una masacre. La visión de cadáveres, la presencia de una especie de ángeles de la muerte, la negrura general que preside la concepción visual del montaje, con un muy atractivo vestuario de Tatyana van Walsum, acaban distorsionando el relato musical, por no hablar de una evidente carga ideológica y política muy afín al discurso woke en su escoramiento antisemita.

Verdi exige a los cantantes explorar la verdad psicológica de los personajes y transmitirla al público siguiendo la lógica de las situaciones dramáticas que acontecen en el escenario. Pero la propuesta de Shirin Neshat, tan volcada en la denuncia de las guerras y la violencia que imposibilita el triunfo del amor, altera las esencias líricas del drama verdiano.
El tratamiento vocal es magistral en esta gran ópera de madurez protagonizada por Aida, princesa etíope cautiva en Egipto, Radamés, guerrero egipcio enamorado de Aida, y Amneris, hija del faraón y rival en la lucha por el amor del valiente héroe. Verdi explora con sabiduría y sutileza sus respectivos caracteres: la ternura de Aida, el heroísmo de Radamés y los celos de Amneris, a los que añade la fiereza y el fanatismo de Amonasro, padre de Aida y rey de los etíopes.
El director italiano Antonello Manacorda, que en la temporada 2027/28 asumirá la dirección de la formidable orquesta Les Siècles, ofrece una lectura muy atractiva y llena de hallazgos en el detalle orquestal, la transparencia, el equilibrio y el juego de contrastes dramáticos. La respuesta de la orquesta y el coro del Liceu, guiado con pericia por Pablo Assante, fue óptima, con especial acierto en los maravillosos matices corales del cuadro de Vulcano.
Aunque empezó con una emisión algo inestable, Anna Netrebko fue afianzando una caracterización vocal de Aida de altos vuelos. Toda su actuación en el tercer acto fue gloriosa por la calidez e intensidad del fraseo, el brillo en los agudos y la entrega. Tocó el cielo en una memorable O patria mia y elevó la temperatura de sus dúos con Amonasro y Radamès con un carisma que entusiasmó al público. Como actriz, y aunque domina el personaje como pocas, se movió como alma en pena con una gestualidad tan exagerada como trasnochada.
Como ya sucedió con su caballero Des Grieux en la pucciniana Manon Lescaut de la pasada temporada, el tenor ruso Ivan Gyngazov saca adelante el papel de Radamès con mucha potencia vocal y solidísimos agudos, pero con pobres matices expresivos y escaso refinamiento. Como actor, permaneció estático y mostró poca química con la diva rusa. El canto, mucho más elegante y cuidado, y el aplomo técnico de la mezzosoprano bielorrusa Ekaterina Semenchuk fue de lo más atractivo del reparto, en una actuación que fue a más hasta culminar en su conmovedora escena final.
De voz muy bella, el Amonasro del barítono polaco Artur Ruciński fue notable en su pulido fraseo, pero quedó algo corto de carácter. Muy bien, por la calidad de sus medios, el bajo húngaro-rumano Alexander Köpeczi como potente Ramfis; muy justo en cambio el Rey de Egipto a cargo del bajo georgiano George Andguladze. Completaron el reparto de forma notable dos voces andaluzas, el tenor granadino Moisés Marin (Mensajero) y la soprano jienense Carmen Buendía (Sacerdotisa).
Javier Pérez Senz


