BADAJOZ / El fuego estebaniano de Josu de Solaun

BADAJOZ / El fuego estebaniano de Josu de Solaun

Badajoz / Campillo de Llena. XVIII Ciclo Esteban Sánchez. 5/7-II-2020. Alberto Rosado, Josu de Solaun, Alicia Sánchez Reyes, Gonzalo Mariñas  y Jorge Rubio, piano. Obras de Messiaen, López López, Brahms, Falla, Albéniz, Granados, Debussy, Schumann y Schubert

Un año más, y van ya dieciocho, Badajoz y su dinámica Sociedad Filarmónica rinden tributo y recuerdo a la figura inolvidable del pianista extremeño Esteban Sánchez (1934-1997). El “Ciclo de conferencias y conciertos” en su homenaje es una tradición que se repite rigurosamente desde 2003, siempre en febrero, precisamente el mes en el que el corazón grande del eterno intérprete de Iberia se rompió cuando se trasladaba en taxi de su pueblo natal –Orellana la Vieja- a Mérida para dar clases en el Conservatorio que hoy lleva su nombre. Fue el 3 de febrero de 1997, y solo seis años después sus alumnos y paisanos pusieron en marcha estas jornadas en las que ya han participado amigos y compañeros como Alfonso Aijón, Guillermo Alonso Iriarte, Antonio Baciero, Miguel del Barco, Teresa Berganza, Manuel Carra, Gustavo Díaz Jerez, José María Duque,  Antonio Gallego, Antón García Abril, Enrique García Asensio, Julio García Casas, Elena Gragera, Tomás Marco, Javier Perianes, José Peris, José María Pinzolas, Andrés Ruiz Tarazona y un largo etcétera.

En esta edición el invitado que con la palabra recordó al “genio oculto del piano español” (Enrique Franco) fue el director de orquesta Jorge Rubio, alumno -como Esteban Sánchez- de Julia Parody, quién apuntó la “falta de ambición” como la clave de que no hiciera la carrera que por su modo de tocar, debería de haber hecho. “Podría haber sido uno de los más grandes pianista del siglo XX, pero por falta de ambición, optó por volver a Extremadura y vivir en su grato entorno natal, alejado del cualquier ajetreo”. Jorge Rubio recordó el impacto que produjo en la afición madrileño el debut de Esteban Sánchez con la Orquesta Nacional, cuando el 12 de diciembre de 1954, con 20 años, tocó el Cuarto de Beethoven dirigido por quien fue uno de sus maestros, Carlo Zecchi. “En aquel Madrid de los años cincuenta, todos sabíamos que él era el mejor, el más dotado y talentoso, el número uno, pero Esteban siempre antepuso su vida privada a la profesional”.

Tras la charla de Jorge Rubio, el pianista Josu de Solaun (1981) ofreció un recital que hubiera dejado boquiabierto al propio Esteban Sánchez: por contenido y por la forma en la que el pianista valenciano de origen vasco resolvió un programa ciclópeo en extensión y dificultades. Josu de Solaun demostró –una vez más- ser uno de los grandes del piano español contemporáneo. Dispone de unos medios técnicos apabullantes y hasta espectaculares, que le permiten materializar lo mucho que sugiere su rica imaginación musical. Su temperamento, abrasador, impetuoso y arrollador, impone ley y gobierno en cuanto toca, que él lleva a su extremado universo expresivo, de dinámicas que se expanden del más intenso fortísimo a unos pianísimos sin límite con el silencio. El fraseo, los tempi, se precipitan o ralentizan fieles más que a tradiciones impuestas, al dictado de una personalidad artística perfilada por el conocimiento estético y un temperamento y medios pianísticos que –esto sí- arraiga en la mejor escuela, que él ha heredado de sus grandes maestros Nina Svetlanova y Horacio Gutiérrez. ¡Y de la vida!

Las casi tres horas de música que duró el personalizado homenaje de Josu de Solaun a Esteban Sánchez se iniciaron con el Brahms postrero de los Tres intermezzi opus 117 y de las Seis piezas opus 118, que se escucharon sin solución de continuidad, a lo Sokolov, como configurando una suite única. Arrebato, fuego abrasador, lirismo, precipitación, calma, sorpresa, colores y casi perfumes fueron distintivos del encendido y singularísimo Brahms de Solaun, cuya fuerte impronta personal parecía evocar el impulso y vitalidad que el siempre original Esteban insuflaba al juvenil Scherzo opus 4 o a las Variaciones Händel del hamburgués.

Fue el preludio que sirvió de puerto de partida a la más visceral versión imaginable de la Fantasía Baetica de Falla. Fogosa casi hasta el incendio y cargada de telúrica energía -¡La consagración de la primavera!-. Únicamente un pianista de los medios y solera artística de Solaun puede llevar a buen puerto sin naufragar semejante visión. Si Esteban, en su famosa grabación londinense de 1976, ahonda en los perfiles más ásperos y vehementes de la obra maestra de Falla, Solaun da aún un paso más y extrema sus más áridos contornos. Fue una interpretación en la que virtuosismo, arrojo, vértigo y folclore se amalgamaron de modo asombroso e inesperado. Quizá irrepetible. El capítulo español del recital se cerró con una Maja y el ruiseñor de Granados de apasionado aliento romántico y una Córdoba de Albéniz que tras una introducción que se sintió más como preludio que como pórtico ensoñador, se regodeó en sus acentos líricos y el distinguido populismo gongorino con que Albéniz impregna el que es su mejor Canto de España.

De Debussy, Josu de Solaun incluyó en su casi interminable recital extremeño tres preludios –Ondine, Fuegos de artificio, Minstrels– de los que plasmó lecturas inapelables, de decidida entidad pianística y expresiva, iluminados por la capacidad de Solaun de imaginar y expandir los mil y un colores de su paleta de registros tímbricos. Sin solución de continuidad llegó otro de los compositores de bandera de Esteban Sánchez, Schumann. Primero con la Arabesca –inolvidable la cantable versión del extremeño- y luego con una Sonata en fa sostenido menor que evolucionó desde el templadamente entendido Allegro vivace inicial hasta un Finale sobrecogedoramente dicho, de un fuste pianístico de primer orden, próximo al de las memorables versiones de Sokolov, Guilels, o Sofronitski, y, en otro sentido, de Pollini o Ciani.

Fue el final centelleante de un recital cargado de contrastes, intensidad y prodigalidad pianísticas, apto solo para un pianista tan de primera como De Solaun y para por un público también de primera, como el que el jueves llenó el romántico Salón Noble de la Diputación de Badajoz, que con son aplauso y entusiasmo hizo que el recitalazo se prolongara con un inolvidable nocturno de Chopin –el primero de los opus 62, en Si mayor- y un Allegro de concierto de Granados que fue una chispeante orgía pianística. Josu de Solaun ha demostrado en este ciclo de conferencias y conciertos ser un coloso del piano tan personal y único como fue y por siempre seguirá siendo el cada día menos “oculto genio del piano español”.

Un día antes, el pianista salmantino Alberto Rosado interpretó en el mismo espacio un comprometido programa que confrontaba una selección de las Veinte miradas sobre el Niño Jesús de Messiaen con las músicas para piano siempre bien escritas, siempre interesantes, de José Manuel López López. La presencia extremeña llegó de la mano de la joven pianista emeritense Alicia Sánchez Reyes y de Gonzalo Mariñas, formado en Almendralejo y Badajoz. El viernes tocaron en la localidad badajocense de Campillo de Llerena obras Schubert (la en todos los sentidos inmensa Sonata en Si bemol mayor, D 960, en manos de Alicia Sánchez) y las Ocho piezas para piano opus 76 de Brahms, defendidas por Gonzalo Mariñas.

(Foto: Santiago García Villegas)